Hace unos días tuve la suerte de peregrinar a Tierra Santa con unos amigos de la universidad y el viaje resultó estar lleno de regalos y consolaciones. Sin embargo, al regresar a casa, después de haber recibido tanto, temía no ser capaz de hacer frente al nuevo día a día e intentaba refugiarme en los recuerdos de aquellos días tan plenos.

Nos dice el Evangelio que justo antes de la Pascua,

Tomó Jesús consigo a Pedro, Santiago y Juan, y los llevó, a ellos solos, aparte, a un monte alto. Y se transfiguró delante de ellos.  Marcos 9, 2

Este hecho sirve como preparación para la subida a Jerusalén, que Le llevará del Domingo de Ramos al Calvario. Dios quiso que antes de la experiencia de la Cruz, se le adelantase fugazmente a sus amigos la experiencia de la Gloria. Como un acto libre de amor, decidió mostrarles Su divinidad para que cuando llegaran los momentos de tinieblas en la Pasión, reconocieran a Dios en el ecce homo. Pero no era algo necesario para la salvación que Cristo se transfigurara, fue un regalo a sus amigos, un acto para reconfortarles antes de la tribulación y no porque ellos lo merecieran, al igual que nosotros no merecemos las gracias que recibimos, sino por amor.

Jesús sabe que el sufrimiento de la Pasión va suponer un escándalo, va a ser signo de contradicción. Sube con los tres apóstoles que estarían también con él en Getsemaní; les revela su Gloria a aquellos que Le verían sudar sangre, que Le oirían suplicar:

Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya. Lucas 22, 42

Dios sabe cuándo mostrar la Cruz y cuándo la Gloria, sabe cuánto y cuándo podemos soportar cada cosa. En el fondo Él trata de mostrarnos que es en la Cruz donde está Su Gloria, y que es la sangre derramada en la Pasión lo que compra nuestra entrada a la Vida Eterna.

El Tabor es reflejo de la plenitud celestial. Es el momento en el que los apóstoles contemplarían en ese momento el Bien, la Verdad, la Belleza y lo Uno. Por amor a sus amigos Se manifiesta en belleza suprema. La visión de Cristo transfigurado sería la plenitud de todos aquellos destellos que contemplamos en el arte, la creación, los saberes humanos… Es entonces lógico que Pedro, al ver el gozo en el que estaba envuelto, exclamara:

Rabbí, bueno es estarnos aquí. Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías. Marcos, 9, 5 

Es bonito comprender ese deseo profundo del hombre, pues experimenta algo tan bueno que entiende que desde el principio había estado hecho para ello. La experiencia de bien es tan grande que Pedro se olvida de sí mismo, se le ocurre hacer tres tiendas pero no para él y sus compañeros sino para Jesús y los profetas. Es en el Cielo donde la experiencia de Dios será tan grande que supondrá el olvido de nosotros mismos. Olvidarnos de nosotros mismos y volcarnos en servir a los demás es la experiencia más cercana que podemos tener del Cielo.

En ese momento todo da igual, el cansancio de subir a la montaña ha desaparecido, la brisa es suave, los grandes profetas del Antiguo Testamento también están reunidos con Jesús en calidad de amigosDios, Verbo Encarnado, por fin puede mostrar Su rostro. En eso consiste la consolación, tal y como San Ignacio trata en sus Ejercicios; ver con claridad la Verdad, gozar en ella y sentir a Dios en un momento inesperado de gracia y misericordia.

Sin embargo, no hay que olvidar que aunque la Transfiguración fue reconfortante, Pedro Le negó tres veces, incluso después de saber lo bien que estaba con Dios. Por ello, tampoco hay que desesperar en momentos de desolación, aun cuando pueda parecer que el Bien, la Verdad y la Belleza hayan desaparecido, y que la oscuridad lo impregna todo.

La Transfiguración debería ser un episodio de especial piedad para los artistas, para los llamados a la vida contemplativa, al estudio de la verdad, porque es el punto de encuentro de lo humano con lo trascendental y la Belleza infinita. No deberíamos pasar por alto que este no es el único momento en el que Dios está transfigurado; lo está en el vientre de María, en la cueva de Belen, en la figura del cordero sin mancha ni pecado que da su vida en sacrificio, en el momento de la Resurrección, y especialmente en la Eucaristía, donde permite que el momento de Tabor llegue hasta nosotros y podamos decir qué bueno es estar con Él.

El Cielo no ha llegado, pero no estamos como Elías y Moisés; nosotros sí tenemos las puertas abiertas. Jesús ya ha comprado nuestra libertad y salvación por medio de Su sangre, aunque algunos sigamos en la falda del Tabor, viendo solo destellos de la eternidad. Por ello ante la consolación hay que mantener una actitud humilde, y saber que no es mérito nuestro ver a Dios. Es Él quien se nos muestra por misericordia, para que seamos felices gozando de Él y luego esperando en Él.

En todo momento, incluso a la vuelta del Tabor, en momentos de sequedad espiritual, hay que vivir en Fe, Esperanza y Caridad. Porque, si no, olvidamos lo que nos hace libres y felices. Dios anhela mostrarse a ti, tiene sed de mostrar Su amor, de ganar almas para la eternidad, para gozar en el bien último, para deleitarnos con la Belleza perfecta. Ahora te encuentras, como Dante al inicio de la divina Comedia,

Me encontraba solo en una selva oscura. Canto I, Divina Comedia

Tras el viaje a Tierra Santa, aparecen cruces con las que no es sencillo convivir, y cuesta aceptar el sufrimiento, sobre todo habiendo vislumbrado la Gloria, pero sin duda las cosas suceden según los planes del Señor. Recomiendo leer el artículo sobre el sentido del sufrimiento. Deja que Dios te guíe campo a través, hacia la cima de la montaña, y que el deseo de quedarte allí sea lo que te conduzca a la santidad.

G. Belmonte

Publica desde marzo de 2019

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De mayor quiero ser juglar, para contar historias, declamar poemas épicos, cantar en las plazas, vivir aventuras... Era broma, solo soy aspirante a directora de cine, mientas estudio Humanidades y disfruto con todo aquello que me lleva Dios.