Una vez, mientras disfrutaba un buen mate amargo, leí lo siguiente: “Tu vida no se acaba dentro de casa. Hay otros aspectos, otros deberes, en los cuales tu vida cristiana ha de resplandecer como “luz del mundo y sal de la tierra”. ¿Lo habías pensado?

Cuando cada uno de nosotros vive intensamente el espíritu cristiano y no sólo se detiene a considerarlo, sino que lo hace propio con todo lo que implica, todas las actividades reflejan y comunican la Caridad de Dios, es decir, el Amor de Nuestro Señor y Creador. Y no sólo las actividades (como el estudio, el trabajo, la recreación, etc.) sino también las relaciones que entablamos con los demás, con nuestros hermanos. Estas, deben tener un tinte distinto, el color y aroma del Eterno.

Estimado lector, el día glorioso en que fuimos bautizados pasamos a ser Hijos de Dios y por tanto herederos del Cielo, además quedamos marcados con el bellísimo sello cristiano. ¡Un don verdaderamente inmerecido!

Vos y yo, todos, estamos llamados a una aventura, a una tarea del todo especial… estimo que sospecharás a cuál me refiero. Sí, a la santidad, por pura gracia. Por esto, nuestra vida cristiana no puede resumirse únicamente en “ir a Misa los domingos” y “rezar las oraciones mandadas”.

No es que no sea importante, pues lo es y mucho, pero ciertamente que hay muchísimo más en la vida cristiana, y sería una verdadera lástima que nos lo perdiéramos por “comodidad o costumbre”.

Se nos invita a la íntima unión con Nuestro Dios, por medio de los sacramentos que nos ha dado; a la relación personalísima con Él en amistad; a vivir las virtudes al máximo; a cumplir los mandamientos que nos plenifican; a vivir de la Fe, de la Esperanza y en la Caridad perfecta.

Como cristianos, se nos abre la puerta de la Felicidad verdadera de par en par, pero el Señor jamás atropella nuestra libertad. Él quiere que vos y yo lo elijamos, vivamos sólo de Él y le entreguemos toda nuestra vida.  Está tan enamorado de nuestras almas que las quiere para sí, pues las creó “a su Imagen y Semejanza”, como leemos en Génesis 1, 27.

Debido a que no podemos ver a Cristo, no podemos expresarle nuestro amor; pero a nuestro prójimo siempre podemos verlo, y podemos hacer por él, si lo vemos, lo que nos gustaría hacer por Cristo…

Madre Teresa

Hermano, el sello cristiano podemos y debemos imprimirlo en cuanto hagamos, por pequeño o sencillo que parezca, en el día a día. Ahí también se esconde la santidad. Ser piadoso, ser de Cristo, no es algo más, accesorio, debe ser un estilo de vida, un criterio para obrar.

¡A eso estamos llamados! A que en todo se manifieste que somos de Cristo y María, nuestra Madre amada, y por tanto comunicar tal delicia. La belleza de la vida cristiana no puede ni debe ocultarse.

Sé que cuesta, y que por momentos nos sentimos desganados o débiles, pero sobre todo Dios nos comprende a la perfección. Pero nos abraza, nos levanta y fortalece, ¡que nada nos haga creer que estamos solos en esta aventura y tarea!

Ya te lo he ordenado: ¡Sé fuerte y valiente! ¡No tengas miedo ni te desanimes! Porque el Señor tu Dios te acompañará dondequiera que vayas

Josué 1:9

¿Qué es la Caridad, el Amor del que venimos hablando? Es un don que recibimos de Dios, es la virtud reina, el mandamiento nuevo que Cristo nos dio, por el cual debemos distinguirnos. Es la base de toda espiritualidad cristiana.

La caridad es la virtud sobrenatural por la que amamos a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos por amor a Dios. Es la virtud por excelencia porque su objeto es el mismo Dios y el motivo del amor al prójimo es el mismo: el amor a Dios.

La caridad es más que el amor romántico que estamos acostumbrados a ver en las películas. El amor es natural. La caridad es sobrenatural, algo del mundo divino. La caridad es poseer en nosotros el amor de Dios. Es amar como Dios ama, con su intensidad y con sus características.

Podríamos también decir que es mirar como Dios mira, sentir como Dios siente, pensar como Dios piensa, en definitiva “tener el Corazón de Dios”. Y esto porque el Amor unifica. Poco a poco podemos ir adentrándonos en el Corazón que tanto nos amó, y en él descansar. Qué hermoso, ¿verdad?

Este don de Dios nos permite amar en medida superior a nuestras posibilidades humanas. La caridad es amar como Dios, no con la perfección que Él lo hace, pero sí con el estilo que Él tiene. A eso nos referimos cuando decimos que estamos hechos a Imagen y Semejanza de Dios. ¡Que se note que amamos a Dios, que se note que somos cristianos!

El amor es paciente, es servicial; el amor no es envidioso, no hace alarde, no se envanece, no procede con bajeza, no busca su propio interés, no se irrita, no tiene en cuenta el mal recibido, no se alegra de la injusticia, sino que se regocija con la verdad. El amor todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.

El amor no pasará jamás. (…) En una palabra, ahora existen tres cosas: la fe, la esperanza y el amor, pero la más grande de todas es el amor.

1 Corintios 13, 4-13

Como cristianos, estimado lector, se nos invita a vivir estas palabras de manera auténtica. ¡No puede haber cristianos con caras largas! Deben conocernos en el amor que nos tengamos unos a otros… pues así manifestamos a Cristo Vivo y Verdadero, que transforma hasta los corazones más endurecidos, pero necesita nuestro testimonio fiel.

Demos a los demás el amor con que Dios mismo nos ama: alegre, sacrificado, compasivo, desinteresado, generoso, paciente, sincero, total… no demos lo que nos sobra, demos todo.

“Amar como Dios ama”

Recuerdo que una vez, luego de una discusión con mis amigas, una propuso que, desde ese momento, todos los días rezáramos lo que dice San Pablo a los Corintios, pero en lugar de decir “el amor”, pusiéramos nuestro nombre… a modo de examen de conciencia. Siempre le voy a estar agradecida por eso. Te invito a hacerlo también, guarda una belleza especial.

Muchas veces vivimos tan ensimismados, egocéntricos y superficiales, que olvidamos el modo de actuar de nuestro Maestro, quien por Amor entregó su vida, sufriendo toda clase de tormentos hasta la Cruz.

Se dio por completo, donó su Ser para nuestra salvación. Ese debe ser el espejo de cada uno, viviendo esa donación con Dios en nuestros hermanos.

El que dice: Amo a Dios, y no ama a su hermano, es un mentiroso. ¿Cómo puede amar a Dios, a quien no ve, el que no ama a su hermano, a quien ve? Este es el mandamiento que hemos recibido de él: el que ama a Dios debe amar también a su hermano.

1 Juan 4:20

No siempre vamos a ser tratados de buena manera, no siempre va a ser sencillo perdonar una ofensa o dar algo valioso, como el tiempo, pero es necesario tener presente siempre que todo aquello que soportemos con amor, y por amor, Dios lo ve, no se le escapa nada.

Pero vivir en el Amor todos los días de nuestra vida es una gracia, pidámosla pues y esperemos confiados en el Padre.

Aunque yo hablara todas las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo amor, soy como una campana que resuena o un platillo que retiñe. Aunque tuviera el don de la profecía y conociera todos los misterios y toda la ciencia, aunque tuviera toda la fe, una fe capaz de trasladar montañas, si no tengo amor, no soy nada. Aunque repartiera todos mis bienes para alimentar a los pobres y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo amor, no me sirve para nada.

1 Corintios 13, 1-4

De este nuevo mandamiento, que nos renueva haciéndonos sembradores de fraternidad, “depende toda la Ley y los Profetas”: “Amarás  a tu prójimo como a ti mismo” (Mateo 22, 39-40) Y podemos hacernos pues una serie de preguntas para vernos en este punto, siendo totalmente sinceros con nosotros mismos y con Dios, que todo conoce: ¿Cuánto me fijo en los defectos de los demás, más que en sus virtudes?, ¿Cómo trato a los demás?, ¿Albergo rencor y odio por alguien en mi corazón?, ¿Pongo límites al perdón?, ¿Busco reconciliarme con los demás?

Sé la expresión viva de la bondad de Dios, bondad en la cara, bondad en los ojos, bondad en la sonrisa, bondad en tu saludo cordial y afectuoso.

Madre Teresa

No olvidemos nunca que, “la caridad es cosa que el Señor recompensa siempre”, como gustaba decir la Madre Maravillas de Jesús. Él hace que nuestros actos den frutos de Eternidad, por eso, por medio de la vida de oración (https://focus.cathopic.com/vida-interior/ser-un-alma-de-oracion/) y los sacramentos, estemos íntimamente unidos a su Corazón, y allí encontremos cobijo. ¡Ave María y adelante!

Guadalupe Araya

Publica desde octubre de 2020

"Si de verdad vale la pena hacer algo, vale la pena hacerlo a toda costa", decía el gran Chesterton. Pienso que a eso estamos llamados, a hacer el Bien hasta dar la vida si es necesario; a buscar la Verdad, que nos hace verdaderamente libres; y a manifestar la Belleza a nuestros hermanos, si primero nos hemos dejamos encontrar por esta. ¡No hay tiempo que perder! ¡Ave María y adelante! Argentina, enamorada del mate amargo, el campo y las guitarreadas. Psicóloga en potencia. La Fe, ser esclava de María, y mi familia, son mis mayores regalos.