“Toutes les grandes personnes ont d` abord été des enfants. (Mais peu d`entre elles s`en souviennent): “Todas las personas mayores han sido niños antes. (Pero pocas lo recuerdan.)” Antoine de Saint Exupéry.

Cuántas veces hemos escuchado frases como “los niños no entienden nada”, “déjalos, si no saben” y otras similares. Por definición, la infancia o niñez es un término amplio aplicado a los seres humanos que se encuentran en fases de desarrollo comprendidas entre el nacimiento y la adolescencia. Es un momento de crecimiento en el cual la recepción de información referente a los sentidos y a su entorno es clave.

Es una época de curiosidad notoria. Todo es maravilloso para los pequeños, la realidad los impacta enormemente e incluso les resulta “mágica”. Dice Romano Guardini, en “Las etapas de la vida”, que “el mundo resulta extraño al niño. La pregunta que formula una y otra vez: «¿qué es eso?» que se dirige a lo que es extraño. La madre traduce lo extraño al mundo de intuiciones y sentimientos del niño, y las respuestas que le da, por tontas que a veces puedan parecer, son las únicas correctas, puesto que son las únicas que el niño comprende.”

Todo en su persona va tomando forma, la capacidad de distinguir entre lo hostil y lo amistoso se va desarrollando muy lentamente, y de ahí que los niños sean tan confiados. Está en ellos la inocencia, “esa impresión es correcta si con ella se alude a lo inmediato de los sentimientos y de los movimientos vitales de los niños, al modo en que se acercan a las cosas”, continúa Guardini.

Lo maravilloso de la infancia es que cualquier cosa es en ella una maravilla.

Autobiografía. G.K. Chesterton.

Los pequeños conservan la pureza y el candor en su mirada, confían en lo que se les dice, y anhelan conocer aquello que los rodea. No necesitan demasiado, ni grandes lujos; un parque o jardín les es suficiente para explorar. Viven alegres, sin pensar en el mañana. Se asombran una y otra vez, guardan una sencillez y simpleza que los mayores vamos pasando por alto… olvidamos que la condición para entrar en el Reino es “hacerse como niños”. Pasan los años y podemos ir alejándonos de las cosas de Dios, con el pretexto de que ya no son para nosotros, que son cosas de la infancia.

(…) podría decir que el sol se levanta regularmente porque nunca se cansa de levantarse. Podría observarse lo que quiero decir, por ejemplo, en los niños, cuando descubren un juego o una broma que les proporciona especial alegría. Un niño se golpea rítmicamente los talones, a causa de un desborde y no de una carencia de vida. Porque los niños rebosan vitalidad por ser en espíritu libres y altivos; de ahí que quieran las cosas repetidas y sin cambios. Siempre dicen “hazlo otra vez”; y el grande vuelve a hacerlo aproximadamente hasta que se siente morir. Porque la gente grande no es suficientemente fuerte para regocijarse en la monotonía. Pero tal vez Dios sea bastante fuerte para regocijarse en ella. Es posible que Dios diga al sol cada mañana: “hazlo otra vez”, y cada noche diga a la luna: “hazlo otra vez”. Puede que todas las margaritas sean iguales, no por una necesidad automática; puede que Dios haga separadamente cada margarita y que nunca se haya cansado de hacerlas iguales. Puede que Él, tenga el eterno instinto de la infancia; porque pecamos y envejecimos, y nuestro Padre es más joven que nosotros. La repetición en la Naturaleza puede no ser un mero recomenzar; puede ser un teatral “todavía”. El Cielo puede decir “todavía”, al pájaro que puso un huevo.

Ortodoxia, G.K. Chesterton

Dicho esto, ¿a qué nos referimos cuando decimos que es necesario “hacerse como niños” para encontrar la Belleza?  Bien, hay cosas que van manchando la infancia espiritual: la ambición, el egoísmo, la lujuria, la soberbia, etc. Estas, poco a poco van haciendo que cada uno considere que sólo se necesita a sí mismo para desarrollarse y alcanzar su plenitud, es decir, acometen la dependencia respecto de nuestro Padre. Es como si nos bajásemos de sus brazos porque “ya solos podemos, somos mayores, y nos sentimos capaces de cuidarnos solos.”

Jesús propone una infancia que no es infantilismo, lo cual es sinónimo de inmadurez, capricho, egocentrismo. Aquí no se trata de retroceder en lo que es completamente natural en el desarrollo. Es más bien la reconquista de la inocencia, de la limpieza interior, de la mirada pura de las cosas y de las personas, sin prejuicios, de esa sonrisa sincera y cristalina, de ese compartir generosamente lo que poseo y mi tiempo, así como los talentos que he recibido gratuitamente por Amor.

Infancia significa sencillez espiritual, el no complicarme innecesariamente, no ser retorcido, no buscar segundas intenciones. Infancia espiritual significa confianza ilimitada en Dios, mi Padre, fe serena y amor sin límites. Es no dejar envejecer el corazón, conservarlo joven, tierno, dulce y amable. Se trata de no pedir cuentas ni garantías a Dios, sino creer y confiar ciegamente.

Y le traían niños para que los tocara; y los discípulos los reprendieron. Pero cuando Jesús vio esto, se indignó y les dijo: Dejad que los niños vengan a mí; no se lo impidáis, porque de los que son como éstos es el reino de Dios. En verdad os digo: el que no reciba el reino de Dios como un niño, no entrará en él. Y tomándolos en sus brazos, los bendecía, poniendo las manos sobre ellos.

Marcos 10:13-16

Ahora bien, la infancia espiritual no significa ignorancia de las cosas, sino el conocerlas, el mirarlas, el pensarlas, y juzgarlas como Dios lo haría. La tergiversación de las cosas, la manipulación, los prejuicios y las reservas, ya traen consigo la malicia de quien se cree inteligente y se aprovecha. Y esta malicia da muerte a la infancia espiritual.

La infancia espiritual no significa vivir sin Cruz, de espaldas a la Cruz; no significa escoger el lado más agradable y fácil de la vida, ni tampoco escondernos y vendar nuestros ojos para que no veamos el mal que pulula en nuestro mundo. No. Supone ver los males de modo más profundo, y tratar de solucionarlos con la oración y el sacrificio, haciendo hasta donde podamos. Y ante la Cruz, poner un rostro sereno, confiado e incluso sonriente. Saber que nunca se nos pedirá algo que no podamos, con auxilio de la gracia, sobrellevar.

Las características de la infancia espiritual son cuatro; estas las podemos ver en Santa Teresita, por ejemplo: primacía del amor, confianza y filial abandono, humildad y sencillez, fidelidad a lo pequeño . De este modo, imitar a los niños, nos predispone para recibir al Eterno.

Esto va cultivando en el alma un vacío de sí, una búsqueda constante y llena de expectativa de la Belleza, la cual sacia y da plenitud.

San Isidoro de Sevilla, en el libro primero de las Sentencias, después de considerar la belleza finita de las criaturas y la belleza infinita del Creador, en la cual todo lo hermoso tiene la razón y el principio de su hermosura, dice: “Por la belleza de las cosas creadas nos da Dios a entender su belleza increada, que no puede circunscribirse, para que vuelva el hombre a Dios por los mismos vestigios que le apartaron de Él; en modo tal que, al que por amar la belleza de la criatura se hubiere privado de la forma del Creador, le sirva la misma belleza terrenal para elevarse otra vez a la hermosura divina.”

“Vestigia Dei”, huellas de Dios, son las que el hombre halla en la armonía de la Creación. Por las huellas se alcanza a Quien las dejó. El hombre debe ser rastreador de lo divino, y para ello debe hacerse como niño, para que su corazón vuelva a ser simple y su mirada dé con las huellas divinas.

Si es dado mirar las bellezas terrenales, no es útil correr tras ellas, sino aprender que son imágenes, vestigios y sombras. Si corriéramos tras las imágenes para tomarlas como si fuesen reales, seríamos como aquel hombre (Narciso) que queriendo alcanzar su imagen retratada en el agua, se sumergió en ella y pereció.

Plotino, en “Sobre la belleza”, Eneada I

Cuando enredamos y complicamos las cosas, sólo nos adentramos en un laberinto sin salida, que nos turba y entristece. Nos perdemos miles de oportunidades para dejarnos sorprender.

Estimado lector, empecemos a transitar esta vida fugaz, “que pasa como una hora”, con un corazón sencillo, cautivado por los vestigios divinos, por la belleza escondida en la esencia de la flor, en el sonido del agua, en al trinar alegre de las aves, en las sonrisas sinceras, en el calor del hogar, en el abrazo de un amigo y el aroma matutino.

Pregunté a la tierra y me dijo: “No soy yo”; y todas las cosas que hay en ella me confesaron lo mismo. Pregunté al mar y a los abismos y a los reptiles de alma viva, y me respondieron: “No somos tu Dios; búscale sobre nosotros.” Interrogué a las auras que respiramos, y el aire todo, con sus moradores, me dijo: “Engáñase Anaxímenes: yo no soy tu Dios.” Pregunté al cielo, al sol, a la luna y a las estrellas. “Tampoco somos nosotros el Dios que buscas”, me respondieron. Dije entonces a todas las cosas que están fuera de las puertas de mi carne: “Decidme algo de mi Dios, ya que vosotras no lo sois; decidme algo de él.” Y exclamaron todas con grande voz: “Él nos ha hecho.” Mi pregunta era mi mirada, y su respuesta, su apariencia.

Confesiones X, San Agustín de Hipona

Una canción que me recomendaron hace poco, muy bella, lo expresa así: “quien tiene ideales altos en su vida, con muy poquita realidad le basta para ser feliz. Quién tiene ideales pequeños o bastardos, no encontrará jamás la felicidad, cada día se sentirá más insatisfecho y desesperado.”

Ser como niños nos prepara para que la Belleza nos encuentre y nosotros a Ella, nos abre paso a la felicidad perdurable, nos aliviana para entrar en el Reino, porque nos quita el peso que resulta de depender de nuestras fuerzas, de nosotros mismos.  ¡Ave María y adelante!

Guadalupe Araya

Publica desde octubre de 2020

"Si de verdad vale la pena hacer algo, vale la pena hacerlo a toda costa", decía el gran Chesterton. Pienso que a eso estamos llamados, a hacer el Bien hasta dar la vida si es necesario; a buscar la Verdad, que nos hace verdaderamente libres; y a manifestar la Belleza a nuestros hermanos, si primero nos hemos dejamos encontrar por esta. ¡No hay tiempo que perder! ¡Ave María y adelante! Argentina, enamorada de la naturaleza, el mate amargo y las guitarreadas. Psicóloga en potencia. La Fe, ser esclava de María, y mi familia, son mis mayores regalos.