José de Nazaret es, sin dudas, una figura intrigante en la historia de la Salvación y en la propia vida de Cristo. Estamos ante un hombre especialísimo que destaca por el prudente equilibrio de su vida, de su persona, de su palabra. Estamos ante un hombre que siendo un “simple” trabajador supo ser padre para el que fuera hombre y Dios y esposo de la que hoy alabamos como Madre y Reina de todo lo creado.

La figura de José ha sido resaltada muchas veces –aunque de una manera quizá silenciosa– por sus numerosas cualidades y virtudes: humildad, laboriosidad, paternidad, honestidad, entre tantas otras. Sin embargo, por su brillo y fuerza resalta enormemente su confianza en Dios y en la providencia.
José no tenía modo de saber a qué se enfrentaba cuando María concibe en su vientre al Redentor, tanto así que decidió abandonarla silenciosamente hasta que en sueños aparece el Ángel para manifestar la Voluntad del Altísimo de que este carpintero fuera esposo de Ella y padre de Aquel. Y él, confió. Él no hizo más que levantarse para volver al lado de María… aún sabiendo que no era el padre, sin certezas de dónde ir o qué hacer, de cómo afrontar tamaña misión, debiendo escapar luego de la matanza de Herodes, teniendo que ocultarse, buscando sitio para que naciera Jesús.

Y el testimonio de José no sólo es tremendo por ese abandono total en la Voluntad Divina y esa confianza casi cegada en la Providencia, sino por la viril valentía de un hombre adulto que decide posponer todo lo que es y lo que hace por una encomienda mayor que viene de lo Alto. Es decir, José representa también la entrega apostólica total y desinteresada a los planes del Señor. Pero no bajo una mirada calculadora o racionalista sino esperanzada y de fe, de profunda fe y convicción de que todo –absolutamente todo– estaba en manos de Dios y no podía existir un mejor escenario para su vida y la de su familia, de aquella Familia Sagrada. No hablamos tampoco de una actitud pasiva o evasiva de la situación, como un dejarse llevar y que el destino de la Salvación universal quedase en manos de un mal entendido azar o de un incierto conjunto de decisiones mal tomadas. No, lo verdaderamente valiente es la actitud humilde que comprende cabalmente que quien lleva esto es Dios, y no él, o yo, o cada uno de nosotros. La belleza de este misterio también la ha sabido expresar San Josemaría Escrivá de la siguiente manera:

Me has dicho: Padre, lo estoy pasando muy mal. Y te he respondido al oído: toma sobre tus hombros una partecita de esa cruz, sólo una parte pequeña. Y si ni siquiera así puedes con ella, … déjala toda entera sobre los hombros fuertes de Cristo. Y ya desde ahora, repite conmigo: Señor, Dios mío: en tus manos abandono lo pasado y lo presente y lo futuro, lo pequeño y lo grande, lo poco y lo mucho, lo temporal y lo eterno. Y quédate tranquilo. Vía Crucis, San Josemaría Escrivá de Balaguer, VII Estación

Esta actitud ante las cosas de Dios y de la vida requiere una tremenda lucha interior, un desprendimiento de lo propio y un abrazar la Voluntad del que sin ningún tipo de dudas conoce profunda y completamente tu alma, y ergo conoce donde debe estar puesto tu sendero y felicidad.

Digamos entonces que este abandono es a la vez un acto inteligente en sí mismo, pues supone entender y confiar en quien sí tiene la fuerza y el poder para llevar adelante las grandes proezas espirituales de nuestra vida, y quitar parcialmente el peso de la espalda nuestra, meros hombres miserables que aunque amamos, vivimos en el juego del intento y el reintento por vivir una santa existencia. Quitamos el peso de nuestra espalda para entregar esta corta vida al Creador, para que Él haga y conduzca la misma a buen puerto, al puerto santo del Reino Eterno de los Cielos.

Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados. Romanos 8:28

Tal como señala el libro a los Romanos, las cosas cooperan para el bien de los que aman a Dios. Aunque no lo entendamos de primera, aunque nuestro analítico instinto pretenda comprender lo incomprensible y abarcar lo inabarcable. El valiente acto de confianza y abandono nos dará luego las certezas y conclusiones que al momento se nos hace imposible vislumbrar. Porque lo caminos de Dios son insondables y misteriosos a primera vista.

El ejemplo de José es, por último, tremendamente actual. Podríamos cometer fácilmente el error de pensar o convencernos de que “era otra época”, “las cosas eran diferentes”. Y está claro que eso es así, es real que eran otros tiempos. Pero la figura viril, serena y prudente de José como padre y esposo es hoy un testimonio urgentemente necesario e inspirador; y es tan simple que pareciera casi insólito que fuera el padre del Salvador. Nunca se le conocieron milagros o grandilocuencias de predicación, al punto que el autor Jan Dobraczyński lo llama “la sombra del Padre”, y es que el viejo carpintero entendió que no era él, que no se centraba en él, que la misión era por demás mayor, superadora, agigantada y eterna, y que él solo era un elegido de Dios para participar diminutamente en la belleza de aquel plan. Así también estamos nosotros parados en este mundo, mirados, elegidos y amados por un Dios que escoge detalladamente a cada uno de nosotros para una misión, para un envío, para un mandato evangélico. Pero no pretende Dios que nos coloquemos en el centro, no pretende Dios que creamos que somos lo esencial, pues lo único verdaderamente esencial es Su Amor.

Animémonos a confiar, animémonos a perder el control de las cosas para que tome Dios la rienda de nuestra vida y de nuestros planes, animémonos a ser otro José, que abandonado en Dios y en ese Amor infinito, supo ser nada más -¡y nada menos!- que la sombra del Padre Celestial.

Agustín Osta

Publica desde noviembre de 2019

Católico y argentino! Miembro feliz de Fasta desde hace 12 años. Amante de los deportes, la montaña y los viajes. Amigo de los libros y los mates amargos. Mi gran Santo: Pier Giorgio Frassati. Hijo pródigo de un Padre misericordioso.