Cuando nos sentimos con poco ánimo, tristes, desconsolados, abrumados o “solos”, buscamos reanimarnos, estar mejor; quizá salimos a caminar, vemos una película, disfrutamos de ese libro que hemos empezado, charlamos con un amigo, y muchas cosas más. Pero… ¿no te ha pasado de “sentirte bien” por un rato, unos días, semanas incluso, y luego retorna el malestar? Es como si hubiésemos tomado algún anestésico, pero cuando el efecto desaparece, volvemos al estado anterior…

A cualquiera puede ocurrirle, porque muchas veces fallamos en las soluciones, en los remedios y seguimos sin administrarnos lo más importante, lo que verdaderamente nos puede sanar, consolar, purificar, animar, en definitiva, cambiar nuestra vida si disponemos nuestra libertad, “hacernos nuevos”.

Pero los que esperan en el Señor renovarán sus fuerzas: emprenderán vuelo como si tuvieran alas de águilas, correrán y no se cansarán, caminarán y no desfallecerán. Isaías 40, 31

¿Cuál es esa medicina? Seguramente la conocemos ambos, o hemos oído hablar de ella; tal vez la hayamos empleado en algún momento; incluso quizá sea algo diario en nuestra vida y por eso no nos detenemos a considerar el valor infinito que posee, a agradecer por ella https://focus.cathopic.com/vida-interior/la-oracion/

Esta medicina es la oración. “A mi parecer no es otra cosa, oración, sino tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama”, decía Santa Teresa de Jesús, monja carmelita (Doctora de la Iglesia, Vida 8, 2)

La oración debe ser un trato de amigos, con el Amigo, que no deja de ser Rey y Señor, Padre y Maestro. Hace poco, escuché a un gran sacerdote decir: “Con Jesús y María Santísima nadie se puede tener por huérfano; quien se siente solo y triste, que se acerque al trono de María Santísima y al trono de Jesucristo, y ellos se darán por completo, al unísono.”

No esperemos el momento perfecto para orar, pues podemos hablar con Dios desde la intimidad de nuestro corazón en cualquier momento. ¡Sólo hagámoslo, y veremos las maravillas y bellezas que se obran en nuestra vida!

He aquí este Corazón que tanto ha amado a los hombres. Para ver el amor de Dios ya no es menester saber leer: basta mirarle, tener ojos para ver su Corazón; lo mire un español, lo mire un ruso, lo mire un chino, todos ven lo mismo escrito, todos leen y entienden lo mismo, aunque lo pronuncien con sonidos diferentes; todos ven y entienden, y gustan que <Dios es amor>. Rdo. P. Antonio Pacios López, en su libro “El Amor”

La oración no es un talismán, ni Cristo un mago. Siempre está en juego nuestra libertad, nuestras decisiones, nuestra búsqueda personal del Señor. Somos nosotros, libremente, quienes nos acercamos a la Fuente de la Vida, de la Paz, de la Gracia… al manantial del Amor inagotable. Como en las Bodas de Caná (Jn 2, 1); Cristo obra el milagro, pero pide al servidor que ponga algo de su parte, en este caso, agua. En la oración sucede algo análogo, nosotros ponemos la menor de las partes y Dios hace el “todo”.

Duermo, pero mi corazón vela. Cantares 5, 2

¡Él nos ama, a cada uno! Con las virtudes que nos regala, con lo bueno que tenemos, con nuestras buenas obras, nuestras renuncias; pero también con nuestras fallas, con nuestros miedos, con los propósitos que nunca comenzamos, con los defectos que cada uno tiene. Somos un “todo” amado por Dios, desde toda la Eternidad, y nos quiere en el Cielo; nos ama tal cual somos, no espera a que seamos perfectos, es Su Amor el que nos vuelve santos. Hoy quiere que nos acerquemos a su Amor, a su Palabra, con lo que somos y tenemos. Hoy, no mañana ni en un par de años, ¡ahora!

Volviendo a la oración, nos dice sobre ella Teófano, el recluso en El arte de la oración: “lo esencial consiste en presentarse ante Dios con el intelecto encerrado en el corazón, y perseverar así noche y día hasta el fin de la vida”. Es decir, aquietar nuestros pensamientos para que podamos dejar hablar y obrar a Dios en el centro del alma.

Él da la gracia y realiza la obra, pero quiere que le busquemos, que lo necesitemos, que sintamos anhelo de su presencia. Tiene sed de ti, de mí, de cada alma que pensó y desde siempre. Él siempre nos confirma su Amor, pero debemos estar atentos para notarlo.

En cada amanecer, en cada puesta del sol, en los cielos estrellados y el rocío matinal; en la variedad de las flores, ¡todas bellas y peculiares!, en los frutos de los árboles, en el canto de las aves (como San Francisco de Asís), en la sonrisa de alguien, en el buen gesto de un desconocido, en la compañía de un amigo y el buen consejo de un padre o profesor; en cada confesión recibida y en cada Santa Eucaristía; en la presencia maternal de nuestra Madre María, en el poder caminar, oír y ver, en el tener manos para abrazar y hacer el bien, en el poder hablar para comunicar a otros este Amor inmenso e inmerecido.

Toda oración debe venir del corazón. Siempre es una gracia, solos no podemos, y si lo intentamos lo comprobaremos rápidamente. La oración es maravillosa; se trata de un trabajo, un esfuerzo, de un ejercicio, como al mismo tiempo de un don, una gracia que recibimos. El Creador y nuestra libertad se encuentran.

El Amor de Dios es un regalo del cual jamás vamos a ser dignos, es un don para todos y cada uno. Esa es la belleza que guarda. Se da todo, y espera una sincera respuesta. Exige nuestro corazón, nuestros pensamientos, obras y trabajos, nuestra vida, no para hacernos esclavos, sino para darnos la verdadera libertad: la de los Hijos de Dios.

Nos quiere dueños de nosotros mismos, de nuestras pasiones y malas inclinaciones, nos quiere plenos en donde sea que estemos, en cualquier cosa que hagamos. No se trata de hacer mucho, sino de amar con todo lo que somos siempre, sobre todo en lo pequeño, en lo que nadie ve, pero sí el Señor.

Amamos porque Él nos amó primero. Juan 4, 19

Su Amor está presente, aún en medio de tantas cosas tristes y malas que ocurren en el mundo; Él sigue actuando en las almas, aunque percibamos todo gris, no se ha desentendido de cada uno de nosotros, al contrario, nos fortalece a diario. No te dejes vencer por el desánimo, por la tentación de la desesperanza. ¡Creamos, confiemos, esperemos, amemos! https://focus.cathopic.com/vida-interior/caminando-en-los-tiempos-de-dios/

Es la Cruz en la que se muere para vivir; para vivir en Dios y con Dios, para vivir en la verdad, en la libertad y en el amor, para vivir eternamente. San Juan Pablo II

Un padre oriental dijo: “Aquel que no ve nada en la oración, ve a Dios”. “Nuestro intelecto, habitualmente disperso en una gran diversidad de pensamientos y de ideas, debe ser “unificado”, llevado de la multiplicidad a la simplicidad y al vacío, de la “diversidad” a la “sobriedad”; debe ser purificado de toda imagen mental, de todo concepto intelectual, hasta que ya no sea consciente de nada, salvo de la presencia de Dios invisible, e incompresible” (El Arte de la oración; Teófano, el recluso).

Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá. Porque cualquiera que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se abrirá. ¿Qué hombre hay de vosotros, a quien, si su hijo pidiere pan, le dará una piedra? ¿Y si le pidiere un pez, le dará una serpiente? Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos, dará buenas cosas a los que le piden? Mateo 7, 7-11

Nuestra vida consiste en dar una respuesta, aunque no tengamos todo absolutamente claro ahora mismo. Caminamos, por momentos a tientas, y no comprendemos, pero el que persevera hasta el fin no se verá defraudado. Nuestro Señor se deja encontrar aún por los que no lo buscan, ¡Cuánto más por quienes le buscan con sincero corazón!

Guadalupe Araya

Publica desde octubre de 2020

"Si de verdad vale la pena hacer algo, vale la pena hacerlo a toda costa", decía el gran Chesterton. Pienso que a eso estamos llamados, a hacer el Bien hasta dar la vida si es necesario; a buscar la Verdad, que nos hace verdaderamente libres; y a manifestar la Belleza a nuestros hermanos, si primero nos hemos dejamos encontrar por esta. ¡No hay tiempo que perder! ¡Ave María y adelante! Argentina, enamorada de la naturaleza, el mate amargo y las guitarreadas. Psicóloga en potencia. La Fe, ser esclava de María, y mi familia, son mis mayores regalos.