Ante el hombre actual, ¿encontramos una crisis de valores o más bien de modelos? No mucho tiempo atrás, bastaba con demostrar que una cosa era cierta para que todo el mundo la tuviera por tal. El hombre conectaba el pensar con el obrar y estaba preparado para introducir cambios en su vida a la razón. En las escuelas y en las universidades se enseñaba al hombre a pensar y a expresarse (dialéctica, retórica…).

Búsquela en el silencio, búsquela en la calma, búsquela en medio de la noche y búsquela también en la aurora… No se sorprenda si descubre que ella no vive en los museos ni se esconde en los palacios… Si descubre finalmente que la belleza no es solo un qué, sino también un Quién.

Eduquen a los niños y no tendrán que preocuparse de los hombres.  ¿Se han perdido las referencias? ¿Acaso nuestros mayores carecían ya de las mismas? ¿Quizá no nos las han sabido transmitir? Dicen que a tiempos recios, hombres recios y que a tiempos de holganza, hombres de holganza. En cualquier caso, es claro que ningún viento es bueno para el árbol que va a la deriva.

En aquella comunidad eran las familias, cada una en función de su perfil, su ambición y sus posibilidades, las encargadas de formar intelectualmente a sus hijos.

Esta frase queda muy bien reflejada en el libro de Harper Lee, To kill a Mockingbird -basado en los casos que resolvía su padre, abogado -cuando Atticus Fynch, también abogado y padre de familia, le dice al sheriff del condado de Maycomb que silenciando el caso en que se encuentran inmiscuidos destruirían todo lo que había hecho para educar a sus hijos.

¿Crees que de otro modo podría volver a mirarlos a la cara? Confío nada más en que acudirán a mí para resolver sus dudas en lugar de prestar oídos a la población… Jem me mira a mí, y yo he procurado vivir de forma que siempre pueda devolverle la mirada sin desviar los ojos… En fin, si no se fían de mí no podrán fiarse de nadie… No puedo vivir de un modo en público y de un modo diferente en casa…

En un mundo dominado por la propaganda del éxito y del placer, donde como falso sueño aletea la autodeterminación -el serpentino “seréis como dioses”-, se ha perdido la realidad de la ciudad como bien común (koiné) y yace el individuo sin prójimo (kaló). Perdido el bien humano, se esfuma la ciudad –comunidad de vida y bien social y político-. La cultura tecnológica forja cárceles confortables, inmensos laberintos sin horizontes, hechos de cemento, hierro y cristal. Ya no hay ciudades, hay aglomeraciones urbanas.
Acodados tras el fallido estado del bienestar, y aletargados por el veneno inoculado año tras año en los libros de los escolares, el hombre actual va cavando palmo a palmo su sentencia, espolvoreando al viento su nada.

 José amaba el silencio desde su más tierna infancia. El silencio le hablaba con más claridad que las voces. Exigía siempre lo mismo: esperar. A su lado transcurría la vida intranquila y ruidosa. Se oían tantas palabras innecesarias, tantas quejas dichas a la ligera, tantas certezas que no significaban realmente nada… Estaba sumergido en esta corriente con su silencio como piedra en medio del torrente. Esperaba, aunque la verdad sea dicha, no sabía que estaba aguardando. Esperaba lo que le iba a decir el silencio.

Como si nunca fuera a morir, hoy el hombre es ruido. Música en el metro, radio en el coche, televisión en casa, y dieciséis horas de trabajo al día. Sale de la oficina y el ruido de la ciudad no le deja pensar. ¿Cómo reconectar? ¿Cómo volver la mirada al yo interior? Es un hombre solitario, ajeno a su propio pensar, sin alma, sin arraigo.

¿No sorprende la capacidad de viajar de hoy en día, siempre de aquí para allá, sin echar raíces en ningún sitio? Cuatro años en una big four en Londres, dos en Yokohama, tres en Chicago… Recorre el mundo en el intento de huir de sí mismo, antes de escuchar la voz que le susurra a gritos en su interior que se detenga, que descanse, que contemple la belleza inscrita en su corazón . Será inútil su empeño en acallarla, pues está implícita en la condición humana. Su humanidad aguarda y espera. ¿Escuchará su silencio?
Pero cabe, pues, morir sin haber vivido; porque todos los hombres mueren, pero no todos viven realmente, como le diría Malcolm Wallace a su hijo William, antes de ser asesinado junto con gran parte de la mejor nobleza de Escocia por parte de la pérfida Albión.

¿Dónde estás cuando no estás contigo? Y después de haber discurrido por todas las cosas ¿qué has ganado si de ti te olvidaste? Todas las contrariedades de los hombres provienen de no saber permanecer tranquilos en su habitación. ¿Qué más quieres si tienes una biblioteca que se abre a un pequeño jardín?

Sin fin, sobrevive para servir al Estado –Rechtsstaat-, Leviatán cuyos tentáculos abarcan cada vez más, en un sistema que se va perfeccionando y blindando para esclavizar toda vida humana en cuerpo, corazón y alma.
Si estuviese convencido de que el mundo ha olvidado cómo pensar y educar, si creyese que ha arrinconado la belleza de la literatura y el arte, si pensase que ha ahogado la fuerza de la verdad, ¿permitiría que ese mundo enseñase algo a sus hijos?

Este artículo fue publicado originalmente en el blog de su autor y se reproduce aquí con su consentimiento.

Joe P. Morgan

Publica desde marzo de 2019

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Abogado, me apasionan las humanidades. Disfruto mucho leyendo a los clásicos y fumo en pipa. Intento vivir en presencia de Dios en mi día a día y trasportar mis pensamientos y ocurrencias a los artículos que voy escribiendo.