Hace unos días, después de despedir a una persona querida, experimenté una cierta tristeza o pena, pero cuando me dijo que apenas pudiese regresaría, volvió la alegría y la paz. Podría decir que guardé la esperanza del reencuentro. ¿Lo has experimentado?

Normalmente las despedidas nos resultan difíciles, nos cuesta el desapego de las personas a quienes amamos, queremos que estén cerca, que vengan para quedarse…

Los Apóstoles lo vieron elevarse, y una nube lo ocultó de la vista de ellos. Como permanecían con la mirada puesta en el cielo mientras Jesús subía, se les aparecieron dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron: Hombres de Galilea, ¿por qué siguen mirando al cielo? Este Jesús que les ha sido quitado y fue elevado al cielo, vendrá de la misma manera que lo han visto partir. Hechos 1, 9-11

Después de la Resurrección, Jesús permaneció un tiempo con sus apóstoles como nos cuentan las Escrituras, pero debía partir, lo que no significa que iba a dejarnos solos. Nuestro Señor fue anticipando esto. En el “Sermón Despedida” lo podemos leer cuando anuncia a sus apóstoles la persecución inevitable, pero promete cinco veces al Espíritu Santo y, como consecuencia de su venida y morada en nosotros, la eficacia de nuestras oraciones y el “gozo que nadie nos podrá quitar”.

Pero cuando venga el Consolador, a quien yo os enviaré del Padre, el Espíritu de verdad, el cual procede del Padre, él dará testimonio acerca de mí. Pero también vosotros daréis testimonio, porque estáis conmigo desde el principio. Os he dicho esto para que no os escandalicéis. Os expulsarán de las sinagogas. E incluso llegará la hora en que todo el que los mate piense que da culto a Dios. Y esto lo harán porque no han conocido ni al Padre ni a mí. Os he dicho esto para que, cuando llegue la hora, os acordéis de que ya os lo había dicho. Juan 15:26 – 16:4.

Era necesario que Cristo ascendiera a la casa del Padre para prepararnos una morada, pero envió al Paráclito, al Consolador, al Huésped del alma, para que nos confirmara en la Fe, nos fortaleciera y animara. Recordemos que después de la escena relatada al comienzo, los discípulos comenzaron a prepararse para el anuncio de la Buena Nueva hasta los confines de la tierra, una vez pasado Pentecostés.

Estimado lector, la vida de un cristiano no es “fácil”, ni debería serlo; vivir el Evangelio, hacerlo propio, nos traerá consecuencias distintas según la misión de cada uno. ¡PERO NO ESTAMOS SOLOS, NUNCA!

“Milicia es la vida del hombre sobre la tierra”, nos dice el libro de Job, y de igual modo Jesús lo advierte a quienes quieren seguirlo. Pero la paradoja está en que al perder nuestra vida aquí, ganamos la Vida Eterna.

Todos tenemos una cruz, unas son bien grandes, otras no tanto, pero sabemos que cada una tiene la medida y el peso perfecto para su portador. No se nos da más de lo que pueden soportar nuestros hombros, de hecho, tenemos a Cristo al lado, siendo amigo, compañero de viaje. A los que perseveren hasta el fin se les dará a Dios mismo en herencia.

Fidelidad al Evangelio significará para algunos dejar ciertas compañías, cortar con una relación que no acerca a Dios y perjudica, decir con firmeza lo que se cree, batallar con el respeto humano o la vergüenza de mostrarse cristiano, aconsejar a un amigo que está desorientado, vivir mejor la caridad con los hermanos…

Para otros será cultivar más la vida de oración, cuidar ese momento del Rosario donde se habla con la Buena Madre, concentrarse en la Santa Misa donde nos hacemos uno con Cristo Eucaristía, las tres Ave Marías en la mañana y al acostarse, en fin, cada uno sabrá lo que hay que reforzar.

¿Has subido una montaña alguna vez? Primero arrancas con todas las fuerzas, te sientes animado y deseas llegar rápido a la cima. Después de unos minutos, o incluso horas, las piernas comienzan a doler un poco, los pies se cansan también, el calor puede incluso marearnos (y ni hablar si se te acaba el agua a mitad de camino). Hay espinas, te resulta lejana la meta, y puedes llegar a pensar que hubiese sido mejor no alistarte para tal empresa.

A fin de cuentas, se hace pesado el ascenso y nos concentramos tanto en las incomodidades del camino, en las piedras y abrojos, que podemos perdernos la belleza que nos está rodeando.

Hasta que llegas a la cumbre… allí cualquier malestar se desvanece. No puedes creer no haberte percatado de tanta hermosura, te avergüenza haberte quejado o arrepentido, inclusive, anticipadamente. A esas alturas sólo puedes disfrutar y dejarte asombrar, pues la Belleza misma se te manifiesta.

Eso mismo ocurre en la vida. Podemos estar tan dispersos en preocupaciones, en las cruces, en las burlas o desprecios de quienes no creen en nuestro Señor, en los infortunios que padecemos, que nos perdemos las pequeñas alegrías, los consuelos pasan desapercibidos, y los regalos de la Providencia para acompañarnos no los consideramos.

Terminamos viviendo tristes, viendo la vida cristiana como una serie de reglas a cumplir pero que no me proporcionan más que amarguras, todo es “aburrido” … cuando, en realidad, decirle SÍ a Dios es experimentar la alegría más sincera, la paz que brota de un corazón pleno, la plena libertad de gozar de todo cuanto existe, lejos del pecado que nos esclaviza, y la lista podría seguir. Con los pies en la tierra, pero con la mirada fija en nuestra Patria Celestial, ahí está la clave. ¡Y siempre con una sonrisa!

Vivir con la esperanza de ver a Cristo, vivir de cara al cielo, le da valor de Eternidad a los dolores, a las contrariedades y tribulaciones, como a los gozos y alegrías. Todo cobra un nuevo sentido, pero eso sólo se experimenta… Por eso debemos decidir cómo queremos vivir, qué buscamos hacer con nuestras vidas, en qué cosas vamos a gastar nuestros esfuerzos, a qué vamos a darle el corazón, en dónde buscamos belleza.

¿Esperamos al Señor? ¿Sabemos que puede llegar en cualquier momento? ¿Estamos preparados para presentarle nuestra vida? ¿Qué obras le daremos? Como decíamos antes, no estamos solos, pero debemos abrirnos al Consolador, darle lugar para que actúe. ¡Ave María y adelante!

Guadalupe Araya

Publica desde octubre de 2020

"Si de verdad vale la pena hacer algo, vale la pena hacerlo a toda costa", decía el gran Chesterton. Pienso que a eso estamos llamados, a hacer el Bien hasta dar la vida si es necesario; a buscar la Verdad, que nos hace verdaderamente libres; y a manifestar la Belleza a nuestros hermanos, si primero nos hemos dejamos encontrar por esta. ¡No hay tiempo que perder! ¡Ave María y adelante! Argentina, enamorada de la naturaleza, el mate amargo y las guitarreadas. Psicóloga en potencia. La Fe, ser esclava de María, y mi familia, son mis mayores regalos.