En el Génesis, Dios tras crear el universo termina diciendo la frase “Vio Dios todo lo que había hecho, y era muy bueno”. Esto nos deja constancia de que nosotros somos parte de esa Gran Obra de arte que el Señor realiza, en la que todo tiende al bien y tiene todas las capacidades necesarias para llegar a su plenitud.

El Señor quedó contento, quedó satisfecho al crearme, porque tal como soy, a imagen y semejanza Suya, es como quiere que sea, es como me quiere.

Aún así, aún sabiendo que, tal como soy, formo parte de su creación, me puedo preguntar: ¿cuál es mi belleza? ¿Qué me hace ser único?

¿Mis trabajos? ¿Mis calificaciones? ¿Mi físico?

Mirando la Cruz, mirando Su rostro, me pregunto qué tendré, qué me hará especial. ¿Por qué Alguien murió en la cruz por mí? Decidió que mi vida estaba llena de dignidad, y que merecía vivir. Pero yo, que soy tan egoísta, tan poco sensible, que doy tan poco de mí, no me doy cuenta de esta gran verdad: somos hijos de Dios, la Tierra está impregnada de su Gracia, y como tal, tenemos belleza propia.

Encuentro la belleza en la creación, en el arte, en un libro… pero quizá pasa desapercibido el buscar la belleza que hay en mí. La belleza que me hace ser única e irremplazable.

Pero, a ver, ¿cómo es posible que encuentre mi belleza si me quiero tan poco? Si me machaco con mis pecados, si soy duro y negativo conmigo mismo. Si me veo como un pecador lleno de defectos y me estanco en esa imagen sobre mí. Y no me veo como un ser creado para ser salvado, para resplandecer y salir victorioso de las oscuridades que nos retienen.

No encuentro mi belleza porque no soy consciente de que estoy constantemente en la mente de Alguien, de que tengo luz propia porque Alguien lleva mi nombre, mi vida en sus Heridas, inscritas en su corazón.

No encuentro mi belleza porque no me valoro lo suficiente, porque no me veo lo suficientemente digno. Y entonces, me busco en la aprobación de la gente, en las redes sociales, en discotecas, en relaciones que no me llevan a la plenitud de mi alma. Y dejo de lado a Aquel que me conoce, que sabe para lo que estoy creada, y que está deseando que le de un “sí” sincero para que venga a mi lado a socorrerme.

Con Él no hace falta que me maquille, no hace falta parecer perfecta, ni es necesario ocultar mis tristezas. Porque para Él mi belleza soy yo, con mis heridas, con mis circunstancias, con mi pasado. Dios acoge todo esto de mí y ve a lo que estoy llamada a Ser.

Siendo creados a imagen y semejanza de Dios, nuestra belleza renace en tanto estamos en contacto con nuestro Creador. ¿O no es cierto que un niño solo es conocido realmente por su madre y solo consigue ésta tranquilizarle y sacarle una sonrisa? Así es nuestra relación con Cristo, solo Él hace que nuestra alma florezca y tienda a la plenitud. San Agustín nos lo hace ver diciendo:

Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti.

El pecado ensucia nuestra alma, pero también nos aleja de Dios y del convencimiento de que somos Hijos Suyos, y de que por esto tenemos una dignidad y un valor inalcanzable. El demonio hace que dejemos de confiar en Dios, en las aptitudes que nos ha regalado para hacer el bien. Y todo esto hace que nos queramos menos, y en consecuencia, queremos menos al prójimo. Porque si tenemos que “amar al prójimo como a uno mismo”, pero no nos amamos, no nos reconocemos como hijos de Dios, ¿qué bien vamos a querer para el otro? Si no soy capaz de ver lo bueno que hay en mí, no seré capaz de ver lo bueno que hay en el otro.

El hombre se asemeja a un cielo estrellado: a primera vista puede parecer que está todo oscuro y que no hay ninguna estrella, pero conforme pasan los minutos, si seguimos observando con paciencia, aparecen a nuestra vista un montón de ellas, cada vez más luminosas. Lo mismo cuando miramos a las personas que tenemos al lado, si sabemos mirar bien encontraremos en ellas virtudes y muestras de Cristo.

Si nos miramos a nosotros como nos mira Cristo, si somos conscientes de que somos creados por Él, y de que es nuestro Redentor, encontraremos nuestra belleza como aquel ciego que recobró la vista gracias a su fe.

¿Sabes que nuestra propia belleza se manifiesta cuando cumplimos la misión para la que hemos sido creados?

Beatriz Azañedo

Publica desde marzo de 2019

Soy estudiante de humanidades y periodismo. Me gusta mucho el arte, la naturaleza y la filosofía, donde tenemos la libertad de ser nosotros mismos. Procuro tener a Jesús en mi día a día y transmitírselo a los demás. Disfruto de la buena compañía.