Tenemos muchas fiestas en las que celebramos y alabamos a la Virgen María, pero la del 1 de enero es la más especial: la Maternidad divina de la Santísima Virgen. Además, esta celebración nos lleva a meditar algunos de los misterios centrales de nuestras fe: la Encarnación del Verbo, obra de las tres Personas de la Trinidad Santísima; María, Hija de Dios Padre, por la Encarnación del Señor es Esposa de Dios Espíritu Santo y Madre de Dios Hijo.

Cuando la Virgen respondió que , libremente, a aquellos designios que el Creador le revelaba, el Verbo divino asumió la naturaleza humana: el alma racional y el cuerpo formado en el seno purísimo de María.

Y así la naturaleza divina y la humana se unían en una única Persona: Jesucristo, verdadero Dios y, desde entonces, verdadero Hombre; hijo verdadero de María: por eso Nuestra Señora es Madre del Verbo encarnado, que ha adquirido la naturaleza humana. Podemos alabar a la Virgen Santa, con esas palabras que expresan su más alta dignidad: ¡Madre de Dios!

Dios al haber elegido a María como Madre de Cristo, que es Hombre como nosotros, nos ha puesto a cada uno bajo la belleza de su manto maternal: es Madre de Dios y Madre nuestra.

Está llena de gracia, es siempre virgen, subió en cuerpo y alma a los cielos, y ha sido coronada como Reina de la creación entera, por encima de los ángeles y de los santos.

La Redención no solo nos libra del pecado y nos reconcilia con el Señor: nos convierte en hijos, nos entrega una Madre, la misma que engendró al Verbo según la Humanidad. Cuando Jesús estaba crucificado le dice a su apóstol San Juan: “Hijo, aquí tienes a tu Madre” (Jn 19, 25-34). Nos entrega a su Madre, para que Ella nos salve del pecado.

De aquí brota otro motivo por el que somos amados por María, y es porque sabe que nosotros somos el precio de la muerte de Jesús. Si una madre viera a uno de sus siervos rescatado por su Hijo querido, ¡cuánto amaría a este siervo por este motivo! San Alfonso María de Ligorio

En las letanías nos dirigimos a Ella como Santa, Madre, Virgen, Reina… “Madre de la Iglesia, Madre del Salvador”.

Es la Madre del Amor Hermoso, del temor, de la santa esperanza. Nos da lecciones de amor eterno, de vida limpia, sin pecado, de un corazón sensible, apasionado, y a la vez firme, humilde.

Cuando Jesús de niño se perdió por Jerusalén, María y José le estuvieron buscando durante 3 días, y al encontrarlo, experimentaron una gran alegría; nos enseñan así la paz que uno siente cuando vuelve a Dios.

También es Madre de la ciencia, porque nos enseña la lección que más importa: que nada vale la pena si no estamos junto al Señor, de nada sirven todas las maravillas de la tierra, todas las ambiciones colmadas si no arde en nosotros la llama de amor vivo.

Ella es la seguridad, el Amor que nunca abandona, el refugio constantemente abierto, la mano que acaricia y consuela siempre. Si acudimos a Ella, desata nuestros nudos de la tierra. Nos allana el camino hacia la verdadera Belleza.

Con cuánta ternura y con cuánta delicadeza María y José se preocuparían de Jesús durante su infancia y, en silencio, aprenderían mucho y constantemente de Él.

María, esperanza nuestra, míranos con compasión, enséñanos a ir continuamente a Jesús, y si caemos, ayúdanos. San Juan Pablo II

Sus almas se irían haciendo al alma de aquel Hijo, Hombre y Dios. Por eso la Madre, y después de Ella, José, conocen como nadie los sentimientos del Corazón de Cristo, y los dos son el mejor camino para llegar a Él.

Y así, si imitamos las virtudes de nuestra Madre, y la tenemos como ejemplo de conducta, podremos lograr que Cristo nazca, por la gracia, en nuestra alma. En el silencio, siguiendo el testimonio íntegro y coherente de una conducta cristiana.

¡Bienaventurada Tú, que has creído! Lc 1, 39-56

Al nacer Jesús tienen que huir a Egipto, y en Galilea viven treinta años de vida sencilla, ordinaria.

El Evangelio nos facilita el camino para entender el ejemplo de Nuestra Madre: María conservaba todas estas cosas dentro de sí, guardándolas en su corazón. Procuremos nosotros imitarla, tratando con el Señor, en un diálogo enamorado, de todo lo que nos pasa, hasta de los acontecimientos más mínimos. Para ver todo lo que nos ocurre con ojos de fe, y así descubrir la belleza y la voluntad de Dios.

Es maestra de la esperanza, de la espera, que muchas veces contrasta con nuestra impaciencia; del silencio, del sufrimiento, de la oración, nos enseña a aceptar y amar la Cruz que Dios nos da. ¿O creemos que fue fácil para ella entregar en una cruz a su Hijo amado? Solo es posible llevar tal sufrimiento si nuestro corazón cada vez se parece más al de Jesús, si llevamos una vida de oración, si tenemos un alma como la de la Virgen. 

La Virgen le sirve nuestras peticiones a su Hijo Jesús en bandeja de plata, ¿cómo Él no va a hacerla caso? ¡Aprovecha y pídeles!

Todo el equipo de Focus os desea de todo corazón un Feliz Año nuevo 2020. Jesús nos regala otro año para amar tanto como Él lo hizo y pasar por la vida como unos verdaderos cristianos. Que la Virgen, nuestra Madre, nos acompañe en este camino.

Nosotros seguiremos poniendo nuestro granito de arena para alcanzar esta meta. ¡Gracias por vuestra fidelidad!

Beatriz Azañedo

Publica desde marzo de 2019

Soy estudiante de humanidades y periodismo. Me gusta mucho el arte, la naturaleza y la filosofía, donde tenemos la libertad de ser nosotros mismos. Procuro tener a Jesús en mi día a día y transmitírselo a los demás. Disfruto de la buena compañía.