Parece ser que, aunque sepas leer y tengas buena comprensión lectora, cuando de la Biblia se trata no entiendes mucho. ¿Cuántas veces has empezado a leer la Biblia y después de haber pasado algunas hojas la has dejado de lado? La Biblia no es un libro cualquiera, ha sido escrita por hombres bajo inspiración divina. Junto a la Sagrada Tradición, la Biblia es parte de la revelación de Dios a los hombres.

Conocerla y entenderla es una tarea complicada, delicada y profunda. No es casualidad que Jesús haya confiado la Revelación a unos cuántos (los apóstoles) y ellos a la Iglesia. Es la Iglesia, iluminada por el Espíritu Santo, la encargada de interpretar, comunicar y enseñar la palabra de Dios. No en vano es el libro más vendido del mundo, el más regalado y ¡el más robado también! El tesoro de su contenido es infinito y eterno.

Como católicos es muy recomendable tener un buen conocimiento, cercanía y frecuencia con la Sagrada Escritura.

Ahora bien… ¿Cómo surge la biblia? Originalmente fue escrita en hebreo, en el siglo IV fue traducida al latín por San Jerónimo. La palabra Biblia, proviene del griego “biblos”, que quiere decir “rollo de escritura” o “libros”. Como Biblia, designan los judíos y los cristianos una colección de escritos sagrados surgida en un periodo de más de mil años, y ¿Qué es para ambos?: un documento originario de su fe. La Biblia cristiana (la que utilizamos) es mucho más amplia que la judía, porque además de los escritos de ésta, contiene los cuatro evangelios, las cartas de San Pablo y otros escritos de la primera Iglesia. La Biblia como vemos está divida en dos grandes libros: Antiguo y Nuevo Testamento.

Esto que les voy a decir es lo que suele llamar la atención de muchos: Dios para revelarse, habla en palabras humanas, la Palabra de Dios es Su Hijo Jesús, y Él habla con nosotros como un amigo más, nos hace todo más sencillo. En las Sagradas Escrituras también Nos está hablando, en palabras sencillas, en nuestro dialecto, en nuestras formas. La Escritura es alimento y fuerza para la Iglesia, y no hablo solo de la Iglesia como institución, sino de nosotros como Iglesia, como Templo vivo.

Volviendo para no dejar esto “en el tintero”, el Antiguo Testamento es una parte imprescindible. Sus libros dan testimonio de la divina pedagogía del amor salvífico de Dios, contienen muchas enseñanzas y sabiduría, encierra tesoros de oración y esconde el misterio de la salvación. El Nuevo Testamento está centrado en Jesucristo, el Hijo de Dios encarnado, en sus obras, sus enseñanzas, sus milagros, su pasión, resurrección y su glorificación, así como los comienzos de la Iglesia bajo la acción del Espíritu Santo. Los Evangelios son el corazón de las Escrituras por ser el principal testimonio de la vida y doctrina de la Palabra hecha carne, de Jesús.

Recuerden esto: Dios no deja ningún detalle al azar. El Antiguo Testamento prepara el Nuevo Testamento mientras que éste da cumplimiento al Antiguo; los dos se esclarecen mutuamente; los dos son verdadera Palabra de Dios.

Es válido que nos preguntemos por la utilidad de las Escrituras, así como vimos lo anterior, también la Biblia describe su utilidad:

Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra. 2 Tim 3, 16-17 

La Biblia es uno de los libros más influyentes en la historia de la humanidad, ha inspirado a muchas personas a hacer cosas asombrosas. De por sí tenemos los santos como ejemplo de esto, la Virgen María, y grandes personas como: Martin Luther King, Abraham Lincoln, los curas villeros para ir un poco al presente.

Santa Teresa del Niño Jesús lo expresa así:

Es sobre todo el Evangelio lo que me ocupa durante mis oraciones; en él encuentro todo lo que es necesario a mi pobre alma. En él descubro siempre nuevas luces, sentidos escondidos y misteriosos. Manuscritos Autobiográficos, A, 83v

Te puedes preguntar: ¿Con esto qué me estás queriendo decir? Pues quiero decirte que con las Sagradas Escrituras también podemos rezar.

Muchas veces leemos la Biblia y encontramos ese versículo que de repente me empezó a gustar, me tocó personalmente y lo hice mío, se volvió mi versículo preferido, puedo tener más de uno. Esa puede ser nuestra oración, nuestra pequeña oración.

Se pueden hacer lectios divinas, dedicarle un rato a la lectura de la Palabra de Dios, leerla y ver qué quiere decir Dios con ella, reflexionarla y eso que me quiere decir Dios llevarlo a la vida práctica.

Es tan grande el poder y la fuerza de la Palabra de Dios que constituye sustento y es alimento para los fieles, alimento del alma, alimento de la vida espiritual. Es un alimento saludable.

San Jerónimo, ese santo que nombre antes, dice:

Desconocer la Escritura es desconocer a Cristo.

Podríamos definir a la Sagrada Escritura mediante un Salmo: “Para mis pies antorcha es tu palabra, luz para mi sendero” (Sal 119, 105) Y el sendero es Jesús, Él nos lo dijo en los Evangelios: “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Jn 14,6)

Gabriel M. Acuña

Publica desde marzo de 2020

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Argentino. Estudiante de Psicología. Diplomado en liderazgo. Miembro de Fasta. Consigna de vida: "Me basta Tu gracia" (2 Cor 12, 9). Mi fiel amigo: el mate amargo. Cada tanto me gusta reflexionar y escribir, siempre acompañado del fiel amigo. ¡Totus Tuus!