De niña me daba miedo mirar la imagen de Jesús caído, me parecía inhumano su sufrimiento, no lograba comprender la razón de tal despiadado acto, que lo llevó a expirar en el Calvario. La Cruz es y siempre será escándalo para el mundo (cfr. 1 Cor 1, 23), solo se puede contemplar a Cristo sufriente con ojos de enamorado. La belleza de la Cruz está en que siempre será un misterio para el hombre, pero aun así, es el camino trazado por Dios mismo para nuestra redención.

El Viernes Santo se contempla la crucifixión y muerte de Jesús. Después de más de 2000 años, la Cruz sigue interpelándonos, siendo actual, como lo expresa el lema de la Orden de los Cartujos: “Stat crux dum volvitur orbis” (la Cruz estable, mientras el mundo da vueltas).

Cuando contemplamos la Pasión de Nuestro Señor es fácil percibir el sufrimiento físico; no obstante, el dolor de Jesús va más allá del dolor sensible. Santa Brígida de Suecia, una mística a la que le fue revelada la Pasión de Cristo, afirma que Su sufrimiento fue mayor en el Huerto de los Olivos que durante el resto de la Pasión, lo que lo llevó a sudar sangre (cfr. Lucas 22, 44). Así, la Pasión de Nuestro Señor empieza con el dolor emocional, que se produce en el momento en el que Él se hace consciente de lo que está por venir, de lo que implica llevar a plenitud la voluntad del Padre.

Pero más que por llevar a cabo el plan de Su Padre, Jesús sufre por los pecados de la humanidad, le duelen todos nuestros pecados, sabe que no será una carga fácil de llevar; más aún, padece por aquellos que nunca reconocerán Su sacrificio, por aquellas almas tan amadas que se perderán en el océano de indiferencia, que no restaurarán su belleza limpiándose con Su Sangre preciosa.

Aquello escapaba a toda descripción, hasta tal punto que sufristeis más allí que en el resto de Vuestra Pasión, porque ante Vuestros Divinos Ojos desfilaron aquellas terribles visiones de los pecados que se cometieron desde Adán y Eva hasta aquellos mismos instantes, los pecados que se estaban cometiendo en aquellos momentos por toda la faz de la tierra y los que se cometerían en el futuro, ¡siglos enteros! Hasta la consumación de los tiempos. Fragmento de la primera oración revelada a Santa Brígida

¿Te sigue doliendo, mi Señor? Seguramente sí, porque sigo pecando, te sigo coronando de espinas y dándote latigazos. El Venerable Fulton Sheen decía: “Cristo sufre más con nuestra indiferencia que en la Cruz”. Sufrió cuando Judas lo traicionó y sus discípulos lo abandonaron durante Su Pasión, aquellos que decían que le serían fieles; sufre cada vez que tú y yo pasamos por Su lado y no le miramos, cuando le rechazamos por respetos humanos, pero sobre todo por nuestros pecados, aquellos a los cuales no somos capaces de renunciar. Al pie de la Cruz, que es la vida misma, seamos como Juan y María, reposo para el Corazón sangrante de Cristo.

Muchas veces podemos preguntarnos, ¿por qué la Cruz? Si Dios siendo omnipotente pudo redimirnos por cualquier otro medio, o también pudo condenarnos eternamente por nuestros pecados, sin tener misericordia de nosotros. Puede sonar repetido, pero la Cruz es reflejo del amor del Padre por nosotros, Quien es capaz de ofrecer a Su Hijo, el predilecto, por redimir al hombre, quien había roto su alianza por el pecado original. Así, como por un hombre entró el pecado, por otro Hombre, el más perfecto de todos, sobreabundó la gracia y la salvación (cfr. Romanos 5).

En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que envió al mundo a Su único Hijo para que vivamos por medio de Él. Juan 4, 7-10

La entrega de Cristo en la Cruz no es una entrega cualquiera; al llevar los pecados de toda la humanidad en su espalda: los pasados, presentes y futuros, Cristo padeció todos los dolores que un hombre puede padecer, Su sacrificio fue el más grande de todos. De acuerdo a las revelaciones de Santa Brígida, nuestro Siervo Doliente recibió en Su Sagrado Cuerpo 5.480 latigazos. Todo lo sufrió, todo lo entregó, no dejando nada para Sí mismo, ni una gota de Su preciosísima Sangre nos negó.

La dolorosa Pasión de Nuestro Señor debe llevarnos a querer enmendar nuestras faltas, a consolar su Sagrado Corazón, el cual fue herido y abierto por medio de la lanza de Longinos, para que nosotros pecadores encontremos refugio en Él.

Ayúdanos, oh Señor, a tener siempre presente ante los ojos de nuestro espíritu, un fiel recuerdo de Tu Pasión, para que el fruto de Tus sufrimientos se vea continuamente renovado en nuestra alma… Fragmento de la duodécima oración revelada a Santa Brígida

El Viernes Santo es el día del silencio, del dolor; a la vez, es ese día santísimo en el cual el destino de la humanidad, previamente condenada por el pecado, cambió para siempre, día glorioso en que se nos fue restaurada la gracia. Como cristianos vivimos con profundo dolor y recogimiento el día de la muerte de Nuestro Señor, pero la belleza de la vida del creyente está en que por más oscuro que se vislumbre el horizonte, la luz de la esperanza nunca deja de brillar; aguardamos gozosamente en Sus promesas, sabiendo que nos espera la vida eterna. La Cruz no es solo un hecho histórico, la Cruz es nuestra realidad, que trasciende hacia el Padre, hacia lo eterno, es la vida diaria del cristiano.

Amado Señor, que en memoria de Tus cinco llagas dolorosas seamos preservados del pecado, para no herirte más, para enmendar Tu Corazón, que se nos entrega por completo en la Santa Eucaristía, que seamos limpiados por completo y ya no quede en nosotros ningún vestigio de pecado. Bendito y alabado sea Jesús, que con Su Sangre nos redimió.

María Paola Bertel

Publica desde mayo de 2019

Investigadora social en formación y misionera católica, llamada a servir por amor. Me apasiona escribir lo que Dios le dicta a mi corazón. Aprendí a amar en clave franciscana. ¡A Jesús por María!