Pedro estaba sentado fuera en el patio; y se le acercó una criada, diciendo: Tú también estabas con Jesús el galileo.

Mas él negó delante de todos, diciendo: No sé lo que dices.

Saliendo él a la puerta, le vio otra, y dijo a los que estaban allí: También éste estaba con Jesús el nazareno.

Pero él negó otra vez con juramento: No conozco al hombre.

Un poco después, acercándose los que por allí estaban, dijeron a Pedro: Verdaderamente también tú eres de ellos, porque aun tu manera de hablar te descubre.

Entonces él comenzó a maldecir, y a jurar: No conozco al hombre. Y en seguida cantó el gallo.

Entonces Pedro se acordó de las palabras de Jesús, que le había dicho: Antes que cante el gallo, me negarás tres veces. Y saliendo fuera, lloró amargamente. (Jn 18, 25-27). 

Este puede ser uno de los pasajes más humanos que podamos encontrar en el Evangelio. Me recuerda que Jesús se rodeaba de personas como nosotros, limitados e imperfectos.

Tuvo lugar en la noche más importante de la humanidad, donde una Entrega nos salvó la vida y dos traiciones que, mientras una de ellas nos acerca a la Belleza, la otra nos aleja.

Pedro, apóstol al que Jesús le confiará la misión de edificar la Iglesia, y el cual es plenamente consciente de la Santidad de Jesús, le niega en la noche del Jueves Santo, pocas horas antes de su Redentora muerte.

Pero no hay nada que escape de la Misericordia de Dios, incluso la negación de su gran amigo y apóstol.

Y Judas Iscariote, uno de los doce apóstoles que entrega a Jesús al Sumo Sacerdote por treinta monedas de plata.

Son las dos traiciones que le hacen a nuestro Señor en la misma noche. Pero no podemos comparar la una con la otra, la forma de reaccionar ante la traición puede ser un ejemplo para nosotros hoy en día: o arrepentirnos y volver hacia Jesús o al revés, alejarnos y sufrir el dolor que supone vivir sin Él. 

Pedro llora. Sabe perfectamente lo que acaba de hacer. No sabemos lo que le pasó a Pedro por la cabeza en ese momento, pero puede que hubiese recordado los momentos que pasó al lado de Jesús, los milagros que había observado con sus propios ojos, la de veces que Jesús le hablaba y le enseñaba, todas las veces que le tendió Su mano de Amigo, aquella vez que le salvó en la barca de la tempestad… Y entonces solo puede llorar, no le sale reaccionar de otra forma. De sus ojos salen las lágrimas que reparan el daño hecho a Su Señor. Pedro no sabe cómo reaccionar, es Jesús, su Gran Amigo, y se preguntaría cómo ha sido capaz de negarle.

El Espíritu Santo le da una fortaleza inmensa para no atascarse en el pecado, sino para levantarse y volver hacia Jesús, sin angustiarse pero sí con el arrepentimiento de no querer volver a hacerle daño.

El Cielo está lleno de grandes pecadores que supieron arrepentirse. Jesús nos recibe siempre y se alegra cuando recomenzamos el camino que habíamos abandonado. Francisco Fernández Carvajal 

El sacerdote Georges Chevrot nos dirá que San Pedro invirtió una hora para caer, un minuto en levantarse y subirá más alto de lo que estaba antes de su caída. 

Sus ojos aún lagrimosos y tristes se encuentran en ese momento con la bella mirada de Jesús, aquella mirada salvadora y reconfortante con la que acogió a tantos pecadores. Una mirada en la que Pedro no se sintió condenado sino infinitamente amado. Más tarde se encontraría con aquella mirada dulce, serena, acogedora, amorosa… de la Virgen María, algo que le caló tan profundamente para que su arrepentimiento fuera total y absoluto.

Dice Pedro: “Yo daré por ti mi vida”. Respondió Jesús: “¿Darías por mí tu vida? En verdad, en verdad te digo que no cantará el gallo antes que tres veces me niegues”. Jn 13, 37-38

Nos refleja Pedro un espíritu entusiasta, con un grandísimo amor hacia su Señor y fruto de ese amor es el arrepentimiento tan sincero que tuvo después.

Cuántas veces tenemos ese espíritu magnánimo de Pedro, esa certeza tan fuerte de no querer volver a pecar, pero entonces Jesús siempre nos recordará con dulzura que somos limitados, que somos imperfectos, pero que de Su mano llegaremos a la santidad.

Hacer daño a Jesús y alejarnos de Él es el camino hacia la desesperación que tomó Judas. Es el reflejo del camino que podemos tomar en tantas ocasiones: pecar y huir de la Belleza y de la Salvación. Pero ni a Judas podemos juzgar, dónde se encuentra ahora se lo tenemos que dejar a Dios, a Sus planes y a Su misericordia.

Siguiendo este camino de la Santidad imitemos a Cristo en que jamás juzgó ni criticó a Su apóstol Pedro, nosotros también miremos con compasión a aquellos que tropiezan y caen, sabiendo que cada uno de nosotros lo hacemos constantemente.

Dante en la Divina Comedia cuando sale del Infierno para ir al Purgatorio lo primero que hace es observar el cielo y alzar la mirada, cae en la cuenta de la positividad, de la belleza de lo real; no le da importancia a su propia suciedad ni a su negrura, sino que se da cuenta de su necesidad de lavarse y purificarse. (Franco Nembrini). Igual le ocurre a Pedro, su arrepentimiento se convierte en un manantial de lágrimas que encuentra su purificación en la mirada de Jesús.  

Jesús le pregunta a Pedro tres veces si le ama más que los demás; de esta forma le da la oportunidad de reparar su pecado.

Digamos cada día a Jesús como Pedro: ¡Señor, Tú lo sabes todo, Tú sabes que te amo! (Jn 21,15).

Beatriz Azañedo

Publica desde marzo de 2019

Soy estudiante de humanidades y periodismo. Me gusta mucho el arte, la naturaleza y la filosofía, donde tenemos la libertad de ser nosotros mismos. Procuro tener a Jesús en mi día a día y transmitírselo a los demás. Disfruto de la vida, el mayor regalo que nos ha dado Dios.