Seguro que muchos de vosotros os habéis encontrado en la situación de ver a alguien en peligro, llorando, o caído en el suelo… y habéis sentido un impulso tan fuerte dentro de vosotros para ir a ayudarle que nada ni nadie os ha podido frenar.

Pues esto le pasó a aquella mujer que recibió el nombre de “la Verónica” cuando vio a Jesús sufriendo en su camino al Calvario.

No le importaron los soldados que rodeaban a Jesús para que nadie se acercara a Él, ni tampoco la paró el hecho de que la tradición judía prohibiera llorar por los condenados a muerte. Su amor era mucho más fuerte.

Seguramente sería una de aquellas mujeres que llevaba tiempo siguiendo a Jesús y escuchando su palabra. Triste, sufriendo por su Señor, seguía a la muchedumbre que se dirigía al Calvario para su crucifixión. Vería de lejos a su Santa Madre y a María Magdalena llorando, pero consoladas. La Virgen sabía la belleza que había detrás de todo esto.

Pero su mirada solo se podía centrar en Jesús, necesitaba contemplar su rostro, sus ojos que tantas veces la habrían mirado de aquella forma tan misericordiosa. Todo un Dios cansado, sudando sangre, dolorido, humillado por todos… y no pudo evitar ir corriendo a darle lo poco que ella podía ofrecerle: limpiarle su rostro. 

No hay en él parecer, no hay hermosura que atraiga las miradas, ni belleza que agrade. Despreciado, desecho de los hombres, varón de dolores, conocedor de todos los quebrantos, ante quien se vuelve el rostro, menospreciado, estimado en nada. Is 53, 2-3

El ejemplo de la Verónica lo podemos llevar a nuestros días. ¿Limpiamos nosotros su Santo Nombre de tantas blasfemias, de tantas humillaciones? ¿Nos convertimos en reparadores de Cristo al igual que ella, o al revés, ensuciamos su rostro con nuestra actitud que no corresponde a hijos de Dios?

El Santo rostro de Jesús que había estado siempre iluminado, que había sido fuente de esperanza y de salvación para todos aquellos que se acercaban a Él en busca de un milagro, está ahora sucio, llorando. Somos la humanidad entera los que lo ensuciamos, y solo una mujer tuvo la valentía de limpiarlo y de devolvernos así la Belleza.

Jesús no se quedó ante tal acto indiferente. Por muy pequeño que sea el detalle, Él siempre nos regala mucho más.

Al limpiarle la Verónica el rostro con un paño, quedó grabado en él el rostro de Cristo. Pero no un rostro sucio, le regala lo mejor de Él: su rostro limpio y perfecto, reflejo de su naturaleza divina.

No lloréis por Mí, llorad más bien por vosotras mismas y por vuestros hijos. Porque si esto se hace con el leño verde, con el seco ¿qué se hará? Lc 23, 28-31

Para la Verónica hubiera sido más fácil pasar desapercibida, darse la vuelta y seguir la corriente a la masa de gente. Pero ella no actuó así, fue a contracorriente y nos enseña cómo debemos actuar nosotros en medio del mundo: se vio llamada por Cristo y actuó fiándose de lo que le decía su corazón, mostrando su fe y defendiendo a Jesús, porque si estamos en Gracia de Dios siempre sabremos cómo actuar.

Aquella mujer recibió el nombre de “la Verónica” (con el significado de “verdadero icono”), fue aquel gesto que tuvo con Cristo el que le dio ese nombre. Así se forma nuestra identidad de hijos de Dios, con gestos y actitudes que tenemos con Él y con los demás.

Te invito a que te grabes el rostro de Cristo en tu alma. Tengamos como estandarte a esta mujer sencilla, humilde, que sin miedo a todo un ejército romano y a todo un pueblo, salió entre la muchedumbre a limpiar y a defender a Nuestro Señor, al que le quedaban escasos minutos para morir por ti y por mí.

Beatriz Azañedo

Publica desde marzo de 2019

Soy estudiante de humanidades y periodismo. Me gusta mucho el arte, la naturaleza y la filosofía, donde tenemos la libertad de ser nosotros mismos. Procuro tener a Jesús en mi día a día y transmitírselo a los demás. Disfruto de la vida, el mayor regalo que nos ha dado Dios.