“Tibio: aquel que se comporta con indiferencia y se muestra poco afectuoso. Sinónimos de tibio: indiferente, insensible, desapasionado”.

En la vida elegimos, tomamos decisiones, que quizá hacen que nos equivoquemos o que triunfemos, pero siempre levantándonos e intentándolo.

Pero, ¿qué pasa con aquellos que no actúan, que tienen una actitud pasiva en la vida? Que ni actúan ni se dejan hacer por Dios, incluso que no hacen uso del don que nos ha sido regalado: la libertad.

Tenemos la libertad para hacer el bien; incluso para abusando de ella, hacer el mal. Pero no para no hacer nada. El papa Francisco se refiere a esto cuando nos dice: “ser enemigos del sillón”. Enemigos de no actuar, de no “hacer lío”, de no tomar iniciativa en una sociedad que nos necesita. Porque Dios nos necesita participativos para establecer la belleza de Su Reino en la tierra.

El tercer canto de la Divina Comedia, el canto de los ignavos (el canto más duro de toda la obra), es una condena despiadada de los que no deciden, no toman partido. No dan motivo alguno para que se hable bien de ellos ni motivo alguno para que se hable mal.

Puesto que eres tibio y ni frío ni caliente, voy a vomitarte de mi boca. Ap 3,16

Dante Alighieri, autor de la Divina Comedia, nos dice que “están mezclados con aquel odioso coro de ángeles que ni se rebelaron contra Dios ni le fueron leales, sino que permanecieron apartados.”

Permanecieron apartados, expectantes a ver quién saldría victorioso y entonces ponerse de su parte. Pero no es cuestión de mantenerse neutro y elegir un “bando” en el último momento para tener asegurada la victoria (aunque ya sabemos Quién es el vencedor), porque en esto, ¿qué mérito hay? Apartados, sin actuar, sin pensar por ellos mismos.

Franco Nembrini en sus ensayos sobre la Divina Comedia nos dice que los tibios son los más miserables de todos. No pueden estar en el Paraíso porque no han hecho ningún bien. Quizá se sorprenderían cuando San Pedro a las puertas del Cielo les dijera: “No, tú aquí no entras”; a lo que ellos responderían: “¿Pero qué mal he hecho yo? No he robado, no he matado, no he, no he…”. Eso es: no has. No has vivido.

El cristianismo no es no hacer nada malo, es ELEGIR, igual que Jesús se puso a nuestro lado, eligió estar con nosotros.

La pregunta correcta no es: ¿qué hay de malo?; sino: ¿qué hay de bueno?, ¿qué bien persigues en tu vida?, ¿qué bien y belleza afirmas?

Aunque caigas mil veces, ¿estás dispuesto a levantarte para llegar a la meta?

Dante quiere dar la idea de que los tibios ni siquiera son dignos de estar en el infierno, ni el diablo los quiere, no sabe qué hacer con ellos. Algún pecador sensato diría: “por lo menos yo hice algo, no como esos inútiles”.

El mundo no guarda recuerdo de ellos. No se han fatigado, no han derramado sudor ni lágrimas por nadie.

¡Qué difícil es para los tibios encontrarse con Cristo Resucitado! Si le vieran, probablemente le dejarían pasar de largo. Ap 3, 16

La tibieza muestra la cobardía de no buscar a Cristo, de no arriesgarse a seguirle con todo lo que conlleva.

“Aquellos desventurados que nunca vivieron de verdad” (también de Dante), porque se puede estar biológicamente en el mundo, como lo puede estar una planta o un animal, pero sin estar vivos de verdad, sin vivir humanamente, a la altura de nuestro deseo de belleza: el que Dios pone en nuestro corazón.

Cuanto más acudamos a los Sagrados Sacramentos y a la oración, Dios nos dará la Gracia para despertar nuestro corazón cansado, desanimado, tibio. 

¿A qué esperas para elegir?

Beatriz Azañedo

Publica desde marzo de 2019

Soy estudiante de humanidades y periodismo. Me gusta mucho el arte, la naturaleza y la filosofía, donde tenemos la libertad de ser nosotros mismos. Procuro tener a Jesús en mi día a día y transmitírselo a los demás. Disfruto de la buena compañía.