Hace un tiempo, estaba con un amigo meditando sobre aquellas cosas de las que nos avergonzábamos, aquellas malas decisiones que nos habían apartado del bien y la belleza. Él, desde su posición agnóstica, me decía que le gustaría pensar que alguien le podría perdonar todo eso.

Yo partía con ventaja, según él, porque tenía la confesión, porque mi corazón estaría en paz sabiendo que Dios me perdonaba incondicionalmente todo lo que había hecho si me acogía a Su misericordia.

Me hizo falta hacer memoria de mi vida junto a alguien totalmente alejado de Dios para que entendiera profundamente el tesoro que tenía, la belleza del amor de mi creador, el pilar sobre que edificar mi fe: la misericordia de Dios.

Misericordia es la vía que une a Dios y el hombre, porque abre el corazón a la esperanza de ser amados para siempre no obstante el límite de nuestro pecado. Francisco, Misericordiae vultus, 2

El misterio de la misericordia atraviesa al hombre de tres formas distintas: el arrepentimiento, la conversión y la misericordia por el otro.

Es el deseo de no haber hecho nunca eso que nos pesa en el alma, arrepentirse, sentir pena por traicionarse a sí mismo y no hacer bien que nos habría hecho verdaderamente felices…

El arrepentimiento, por lo tanto, lleva a la conversión porque te hace sentir deseos de un bien mayor, de reconocer al que te creó y no separarte nunca más.

Después de sentirte amado y perdonado por Dios es cuando puedes mirar a los ojos a quien te ha hecho daño, al que te ha hecho daño de verdad, aquel quien por lógica humana no merecería recibir nada tuyo. Lleno de la misericordia de Dios puedes mirar con ojos nuevos, puedes querer con un corazón de carne y no de piedra.

Porque el perdón es un amor que goza en comunicarse, que experimenta una alegría enorme en el reencuentro, que devuelve la dignidad perdida, que hace nuevo el corazón del perdonado.

En el evangelio de San Lucas encontramos las tres grandes parábolas de la misericordia: la oveja perdida, el hijo pródigo y la moneda perdida.

El Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido. Lc 15, 10

La pérdida es la ocasión para la oveja de experimentar un cariño especial y personal del pastor, qué la levanta de su condición normal y la lleva sobre Sus hombros.

O Felix culpa! que ha supuesto recibir tanto amor. Se ve claramente en la historia de los santos, pues Dios no ama según lo que merecen sino que ama lo maximo que puede, para manifestar en ellos Su poder.

La Iglesia es como un hospital de campaña, de manera especial en nuestro tiempo, porque el hombre necesita entender que Dios quiere abrazarle porque, antes que pecadores o justos, somos hijos suyos.

En la Suma Teológica (II-II, q.30), Santo Tomás coloca la misericordia bajo el amparo de la caridad, virtud teologal, y no sobre la justicia, como muy frecuentemente percibimos el perdón.

Por eso Cristo, el Buen Pastor, cuando deja a las 99 ovejas y va en busca de la perdida no es un pastor insensato o irresponsable. No es que deje abandonados a los justos y solo quiera cuidar a los pecadores, es que en realidad todos somos esa oveja perdida, TODOS. Somos la oveja más indigna de su redil, la más desobediente y la más patosa.

Cristo nos ama tanto que no quiere perder un alma que desde la eternidad pensó para el Cielo, para estar entre el número de los escogidos. Por eso paga a precio de Su Sangre nuestra vida y libertad. Es el pastor que lucha frente temibles lobos por su oveja más ingrata y orgullosa, sabiendo que no necesita otra más porque ya guarda muchas en el redil.

En el cielo nunca faltará sitio, todas las ovejas perdidas y halladas gozaremos de la belleza de la fiesta de la eternidad para la que hemos sido creados.

G. Belmonte

Publica desde marzo de 2019

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De mayor quiero ser juglar, para contar historias, declamar poemas épicos, cantar en las plazas, vivir aventuras... Era broma, solo soy aspirante a directora de cine mientas estudio Humanidades y disfruto con todo aquello que me lleva Dios.