El padre Agustín se encontraba apesadumbrado. La aprensión dibujaba una línea de amargura en su rostro. Los últimos acontecimientos pintaban mal. El avance del Islam suponía la calamidad mayor de una enrarecida Europa y la baja tasa de natalidad, unida a las políticas de ideología de género, auguraban un futuro terrible para el viejo continente.

La persecución de la Iglesia se había acrecentado y no era casualidad que se hubieran reunido en secreto en el subsuelo. Los clérigos tenían puesto un precio a su cabeza. El mejor cura era el cura muerto. O mejor aún, el cura renegado en favor de una religión laica al servicio del Estado moderno. Nada nuevo bajo el sol.

Tras marchar en silencio del lugar donde momentos antes había tenido la reunión, entró en su casa y cerró la puerta con llave. Se dirigió a un pequeño oratorio que ocupaba el espacio comprendido entre la cocina y una sala contigua que hacía las veces de dormitorio y, arrodillado, se hizo cada vez más pequeño, recogido mientras su mirada y su corazón se iban elevando a lo alto. El silencio le envolvía y se adentró cada vez en un silencio mayor.

¡Oh dialecto de mi aldea interior,
Dulce hablar de los campos imaginarios,
Jerga ribereña de mi río invisible,
Lengua de mí país, de mi patria espiritual!
¡Oh idioma más querido que el propio,
Oh mi silencio! Yo te hablo y te recito.
Mil veces te canto para deleite de mi alma
Y como a órganos triunfales te oigo resonar.

Oró al Padre sumido en sus pensamientos. Señor que no se haga mi voluntad sino la tuya. La tuya. Su corazón se fue abriendo sumido en la oración y se dejó consumir por el Amor de Dios que iba emanando de su interior. Poco a poco sus pensamientos  fueron aletargándose hasta quedar reducidos a un leve susurro que como un gota a gota iban marcando una respiración más lenta. La fuerza de Dios irrumpió como torrente de agua viva y el Padre Agustín fue elevándose poco a poco inflamado de amor, detenido en el tiempo mientras entraba en la intimidad del diálogo con Dios.

La vida está formada por ritmos. Actualmente, el mundo se encuentra sometido a un compás arbitrario y frenético, bajo amenaza de ostracismo a los desertores. Muy por debajo de la superficie de este canibalismo ideológico, porosidad del consumismo y el laissez faire actual, fluye un río en nuestro interior. Bajo el bullicio y el ajetreo diario, la memoria se llena de arena y el remanso de la corriente se convierte en una respiración asistida, sostenida por un hilo en el tiempo, del que solo somos conscientes cuando contemplamos con los ojos del alma, y se hace silencio en el corazón.

Monjas paseando por la tundra siberiana

Somos un todo unitario, formado por alma y cuerpo, no compartimentos estancos. En nuestro día a día, lo físico afecta a lo espiritual y lo espiritual a lo físico. Por eso se dice aquello de Orandum est ut sit mens sāna in corpore sānō. Estamos conectados en alma y cuerpo.

En nuestra vida debe haber buenos hábitos, así como momentos dedicados a la oración, de una manera incuestionable. Esto requiere una lucha inicial, pero a continuación encontraremos mucha alegría. Dios no se manifiesta en el ruido, sino en el silencio.

Es muchas veces en el silencio de la oración donde podemos escuchar la voz de Dios hablándole a nuestro corazón. Y es entonces, cuando el hombre escucha en silencio, que la voluntad se ordena a lo que Dios quiere. Parecen cosas más difíciles siempre, ¿verdad? La realidad es sencilla, porque Dios es sencillo. Somos nosotros los que la complicamos. La solución está, no en rezarle a un Dios que está fuera, sino a un Dios que está dentro de ti, en invocar al Espíritu Santo que habita en nosotros.

¿Cuántas veces pensamos que recorriendo el mundo o pasando por esta o aquella experiencia nos encontraremos a nosotros mismos y todo será distinto, para volver como nos fuimos? No hay mayor escuela que el silencio, porque buscando a Dios y desde Él, nuestra vida encuentra su sentido.

Pastor con sus ovejas

¿Qué ruido hace el sol al elevarse, un niño al crecer o las flores al brotar en primavera? Son cambios lentos y silenciosos, que discurren en el tiempo sin que nadie los perciba, porque las cosas más bellas y verdaderas son las que ocurren al abrigo del corazón, en el silencio de nuestro interior, ocultas en el castillo del alma. Los santos se forjan en el arte de saber esperar, y Dios, que no se deja ganar en generosidad, siempre responde.

José Palomar

Publica desde marzo de 2019

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Abogado, me apasionan las humanidades. Disfruto mucho leyendo a los clásicos y fumo en pipa. Intento vivir en presencia de Dios en mi día a día y trasportar mis pensamientos y ocurrencias a los artículos que voy escribiendo.