La princesa levantó las cejas sorprendida. Era el vigésimo tercer día que el soldado la aguardaba a los pies de su balcón. Habían ido sucediéndose lentamente, mientras él esperaba su señal, la que habían acordado el día que se habían sincerado y él le había revelado el secreto más íntimo de su corazón. La amaba profundamente.

La señal acordada sería su respuesta. Durante los próximos cien días el aguardaría fielmente esperando bajo su balcón que ella dejara la ventana entreabierta, eso significaría su sí.

Fueron pasando los días, y ella observaba entre las rejas cómo iba sucediéndose el cambio de estación y llegaba el invierno. Allí seguía él, impertérrito, mientras venía el frío y se acortaban los días.

Ella seguía sin darle una respuesta, cerrando la ventana todos los días, y el día noventa y nueve a la noche, tras el repicar de las campanas de la iglesia, el soldado se fue.

Había comprendido que cuando alguien ama, es sin límites, y que si ella le hubiera querido, no le habría hecho esperar al último día para corresponder a la señal secreta.

Esta historia de Cinema Paradiso tan romántica, y que cuenta con un toque de nostalgia, está francamente bien ambientada en la película, narrada en primera persona. Uno se sitúa rápidamente ante todas aquellas ocasiones en las que por unos motivos o por otros ha aguardado un tiempo al corazón de su amada, acomodándose a un compás que nunca llegó. Pero la espera estaba ahí y el corazón se iba preparando. Dicen que una derrota amorosa es una victoria a largo plazo, cuestión de perspectiva supongo. En cualquier caso, es cierto que pasado el tiempo de duelo, necesario, el corazón sale fortalecido y ahí está la belleza. El tiempo hace madurar y crecer.

Los tiempos han cambiado y siguen cambiando, como cantaba Bob Dylan en sus canciones revolucionarias del sesenta y ocho, se viene la inmediatez en contraposición del ritmo natural de las cosas. ¿Cómo quedarían antes para verse sin whatsapp, sin teléfono? ¿Cúando hablarían a lo largo del día o de la semana, cómo se comunicarían? ¿Tendrían que esperar a que la otra persona estuviera disponible? Quizá se dieran cita ante la belleza de un atardecer, por ejemplo, al salir del trabajo, y allí se contarían como había ido el día, si había ocurrido algo especial, se enviarían cartas en los viajes, la afluencia del transporte no sería la misma, quizá se vieran menos… las distancias también serían distintas… Eran otros ritmos.

¿No sentimos a veces que caminamos a marchas forzadas en un mundo de locos mientras nuestro corazón va a otro ritmo? El ritmo de las cosas, el ritmo de la naturaleza, el ritmo de nuestro castillo interior. A mí me lo pide, necesito detenerme en una iglesia a rezar, dar un paseo, en definitiva, salir del tren de la rutina que va a toda velocidad para tomar control de mi vida. Es difícil ordenar los pensamientos en medio de una vorágine que lucha por arrastrarte a la gran bola mundial. Siempre de aquí para allá, siempre de un lado a otro. Sin descansar, sin detenerse, sin contemplar la belleza de las cosas. Sin disfrutar.

Hay un momento para todo y un tiempo para cada cosa bajo el sol: un tiempo para nacer y un tiempo para morir, un tiempo para plantar y un tiempo para arrancar lo plantado; un tiempo para matar y un tiempo para curar, un tiempo para demoler y un tiempo para edificar; un tiempo para llorar y un tiempo para reír, un tiempo para lamentarse y un tiempo para bailar; un tiempo para arrojar piedras  y un tiempo para recogerlas, un tiempo para abrazarse  y un tiempo para separarse; un tiempo para buscar  y un tiempo para perder, un tiempo para guardar y un tiempo para tirar; un tiempo para rasgar y un tiempo para coser, un tiempo para callar  y un tiempo para hablar; un tiempo para amar y un tiempo para odiar, un tiempo de guerra y un tiempo de paz. Eclesiastés 3

Me gusta mucho cómo quedan reflejadas tantas estampas de la vida, tantos ritmos distintos, tantos tiempos para tantas cosas… Recuerdo una conversación con un compañero del colegio al que le decía, chico, ¡no todo en la vida es divertirse! Uno aquí no viene a pasarlo bien, eso está claro. Si no, ¿por qué existe el sufrimiento?¿Qué sentido tendría la redención de Cristo? Lo importante no es el tiempo del que se dispone, si no en qué lo empleamos. ¿Somos dueños de nuestro tiempo? No lo somos, y por tanto no disponemos de él en tanto quisiéramos, sino ordenado a sus circunstancias naturales, esto es, al deber. Hay que enfocarlo lo mejor posible a los fines para los cuales fuimos creados, alabar y dar gloria a Dios, y mediante esto, ser salvados.

En las primeras escenas de la película Nuestros años en la Borgoña, un campo va sucediéndose en sus estaciones (15″), mientras el blanco del invierno va cayendo, el campo se viste y comienza a florecer. El amarillo de la luz solar toma fuerza en la pantalla y se va viendo el acontecer de las cosas, lento a nuestros ojos, pero que es en realidad el tiempo que tienen, ni rápido ni lento, sino el tiempo real que les lleva realizarlas, y que hace que vayan saliendo poco a poco, según su ritmo natural.

No sin esfuerzo, sino con la ley del máximo esfuerzo. Sólo con el resultado de haber dado lo mejor de nosotros mismos, podrá devenir la felicidad. Nunca buscada de forma directa, sino a través de las cosas que hacemos, a través del ritmo que susurra nuestro corazón.

Estamos acostumbrados a la inmediatez. La estadística de usuarios que abandonan una página web si esta no se carga rápidamente es de 2 segundos y pico. ¿Cuánto tarda una flor en florecer, una semilla en germinar, un árbol en crecer, una gota de agua desde que cae del cielo en forma de lluvia hasta que llega al mar, que distancia hay en las estrellas, cuánto tarda un niño en llegar a la vejez, una catedral en rematar sus cúpulas?

Como la rosa del Principito, las cosas más importantes y bellas en nuestra vida son aquellas a las que les hemos dedicado tiempo y esfuerzo. El ritmo de crecimiento del corazón no es lento, es el mundo el que va cada vez más rápido. Tenemos que volver a ese tiempo natural, el ritmo de verdad de las cosas. El ritmo que nos permite respirar, contemplar y vivir en plenitud.

José Palomar

Publica desde marzo de 2019

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Abogado, me apasionan las humanidades. Disfruto mucho leyendo a los clásicos y fumo en pipa. Intento vivir en presencia de Dios en mi día a día y trasportar mis pensamientos y ocurrencias a los artículos que voy escribiendo.