Hace unos días leía un cuento de Edgar Allan Poe, llamado “El gato negro”, un historia de ficción en la que el autor narra sus incontables esfuerzos por aliviar su alma tras haber cometido el asesinato de su mascota favorita: Pluto; lo que a la vez lo llevó al asesinato de su esposa. El personaje principal se ve envuelto en un remordimiento que no lo deja descansar ni de día ni de noche, pues el animal vuelve a aparecérsele tras sucesivos intentos de asesinarlo. La historia suena un poco grotesca, pero es la perfecta ilustración de cómo trabaja la conciencia.

Me sentí entonces más miserable que todas las miserias humanas. ¡Pensar que una bestia, cuyo semejante había yo destruido desdeñosamente, una bestia era capaz de producir tan insoportable angustia en un hombre creado a imagen y semejanza de Dios! ¡Ay, ni de día ni de noche pude ya gozar de la bendición del reposo! El gato negro, Edgar Allan Poe

Cuando procedemos de mala forma frente a las situaciones que se nos presentan en el día a día es fácil que se turbe nuestra mente y corazón, nos perdemos de disfrutar de la belleza que nos trae la paz interior. La conciencia es como un semáforo que se pone rojo para avisarnos que debemos detenernos, reconocer lo que hemos hecho y, si es posible, repararlo.

No obstante, en la sociedad actual, donde los estándares morales han decaído y se ve el pecado como algo normal, la conciencia recta es privilegio de unos pocos; el hombre se ha hecho capaz de justificar el pecado, aludiendo a razones externas a su voluntad, atribuyendo la culpa al otro, nadie quiere cargar con el peso de sentirse culpable. Por ello es conveniente educar la conciencia, dirigiéndola hacia lo que Dios desea en nuestras vidas, y no hacia intereses personales o propósitos del momento.

La recta conciencia también es una gracia, otorgada principalmente a esos corazones que logran adentrarse en los deseos de Dios, estar en comunión con Él, arder con su misma fuerza y contemplar verdaderamente Su belleza. Por lo tanto, al educar la conciencia debemos conocer, primero que todo, lo que desea Dios en nuestras vidas, y eso solo lo lograremos mediante el diálogo íntimo con el Señor, al escudriñar su Palabra, al frecuentar los sacramentos.

San Juan Bosco decía: “Si quieres una vida alegre y tranquila, procura estar siempre en gracia de Dios”; este gran santo sabía que el pecado nos roba la paz, nos aparta de vivir una vida plena, pues nadie es feliz cuando su conciencia está manchada, cuando hay remordimiento en el corazón. Ante estas situaciones de pecado es propicio acercarse prontamente al sacramento de la Reconciliación, expresión máxima de la misericordia de Dios en medio de su pueblo.

Hay que formar la conciencia, y esclarecer el juicio moral. Una conciencia bien formada es recta y veraz. Formula sus juicios según la razón, conforme al bien verdadero querido por la sabiduría del Creador. La educación de la conciencia es indispensable a seres humanos sometidos a influencias negativas y tentados por el pecado a preferir su propio juicio y a rechazar las enseñanzas autorizadas. CCE, 1783

Una conciencia bien formada no deja que su corazón se endurezca a las palabras de Dios (cfr. Heb 3, 8 ss), por el contrario, está siempre abierta a su voluntad y se conoce por sus frutos de amor y de paz.

Según el Catecismo de la Iglesia Católica la dignidad de la persona humana está ligada a la rectitud de la conciencia moral (cfr. CCE, 1780), lo que se refiere a la capacidad del individuo de apropiarse de los principios morales y hacerlos vida en los momentos en que lo requiera.

La conciencia “es una ley de nuestro espíritu, pero que va más allá de él, nos da órdenes, significa responsabilidad y deber, temor y esperanza […] La conciencia es la mensajera del que, tanto en el mundo de la naturaleza como en el de la gracia, a través de un velo nos habla, nos instruye y nos gobierna. La conciencia es el primero de todos los vicarios de Cristo”. San John Henry Newman, Carta al duque de Norfolk, 5

La ignorancia o desconocimiento de la Verdad es otro aspecto que atenta contra la formación de la conciencia moral, al igual que el pecado constante, que lleva a la persona a que se le nuble la razón y pierda el sentido de lo correcto. Todo ello lo aparta de la vida en el Espíritu y del propósito para el cual fue creado.

Ante estas situaciones en nuestro entorno, no podemos callar, estamos llamados a corregir al hermano que está tentado a caer en el pecado por falta de buen juicio en su conciencia. La belleza de la corrección fraterna está en que también es un acto de amor, caridad y misericordia, es ayudar al prójimo a conquistar el Cielo. Un buen consejo a tiempo hace la diferencia.

Que me sienta como sobre las brasas cuando alguien a mi lado está en peligro, tentado, confuso… Que rece por él, que trate de animarlo e infundirle seguridad y valentía. Que si es necesario sacudirlo y reprenderlo lo haga con firmeza y caridad, con sinceridad y respeto, alegre de poder servir de apoyo para que vuelva al Señor… Florecillas de San Francisco, Aldo Nucifora, Cap. XXII

La conciencia recta es necesaria para caminar en santidad, pues sin ella será fácil desviarnos del camino de la salvación. Pidamos a San José, hombre justo, que con su corazón dispuesto supo escuchar la voz de Dios y custodiar con paternal amor a Jesús y María, para que por su intercesión logremos cumplir con fidelidad la misión que Dios nos encomendó.

María Paola Bertel

Publica desde mayo de 2019

Investigadora social en formación y misionera católica, llamada a servir por amor. Me apasiona escribir lo que Dios le dicta a mi corazón. Aprendí a amar en clave franciscana. ¡A Jesús por María!