Seguramente alguna vez habrás oído hablar sobre la Comunión de los Santos, uno de los dogmas de nuestra Santa Iglesia Católica. En lo personal, me parecía algo lejano y encumbrado, un misterio en el que sólo participaban las almas triunfantes; un ideal más para nosotros, las almas peregrinas. Para contextualizar al respecto, el Catecismo de la Iglesia Católica define la Comunión de los Santos en el numeral 947, citando a Santo Tomás de Aquino de la siguiente manera:

Como todos los creyentes forman un solo cuerpo, el bien de los unos se comunica a los otros […] Es, pues, necesario creer […] que existe una comunión de bienes en la Iglesia. Pero el miembro más importante es Cristo, ya que Él es la cabeza […] Así, el bien de Cristo es comunicado […] a todos los miembros, y esta comunicación se hace por los sacramentos de la Iglesia. Santo Tomás de Aquino, In Symbolum Apostolorum scilicet «Credo in Deum» expositio, 13

Yendo más allá en lo que significa la Comunión de los Santos, hace unos meses me encontré con un libro de Scott Hahn que profundiza en la belleza de este misterio, titulado “Ángeles y santos”, leerlo me amplió la visión acerca de lo que implica para nuestra vida como cristianos la llamada “comunicación de los bienes espirituales”.

El autor empieza desarrollando la idea de que sólo Dios es Santo, como lo expresamos al rezar el Gloria: tu solus sanctus. No obstante, esta realidad no se opone al cumplimiento de la misión a la cual hemos sido llamados, ser santos porque Dios es Santo (cfr. 1 Pe 1, 16). Así, estamos llamados a participar de la Santidad de Dios, Quien se hace cercano al encarnarse en Jesucristo:

Jesús ha roto los límites que se habían establecido para separar lo “impuro” de lo “santo”. En otro importante texto del Evangelio de san Mateo, vemos cómo toca a un leproso (Mt 8, 2-3), un cadáver (Mt 9, 24-25) y una mujer con flujo de sangre (Mt 9, 20-22). Según la Ley de Moisés, cualquiera de esas acciones contamina a un hombre, por lo que le impide entrar en el Templo e incluso cruzar las puertas de la ciudad santa, Jerusalén. Pero Jesús no tuvo ningún reparo en romper esas barreras y el resultado fue que, en lugar de contraer alguna forma de «impureza» de esas gentes, pudo comunicarles su plenitud y curarles. Scott Hahn, Ángeles y santos, Capítulo 2

Adicionalmente, es común que San Pablo use el adjetivo de “santos” al dirigirse a las comunidades cristianas en sus epístolas, en múltiples versículos podemos evidenciarlo (cfr. Rm 1, 7; Rm 15, 26; 1 Cor 14, 33; Fil 1, 1); frente a esto Scott Hahn afirma que el apóstol utiliza el término santo como sinónimo de cristiano, debido a que esta se constituye en la cualidad principal que hace a los hombres miembros de la Iglesia, es decir, partícipes del Cuerpo místico de Cristo.

A todos los santos en Cristo Jesús que están en Filipos, con los obispos y diáconos. (Fil 1, 1)

Esta afirmación tiene fuertes implicaciones en nuestro rol dentro de la Comunión de los Santos, ya que no estamos excluidos de ella, sino que debemos ejercer una participación activa como Iglesia peregrina al cielo. Si vivimos en Cristo y nos mantenemos en la belleza de Su Gracia, mediante los Sacramentos, entonces somos santos desde hoy. Por lo tanto, tenemos el poder de ser intercesores ante Dios y ante la Iglesia triunfante de las necesidades de nuestros hermanos, colaboradores en la comunicación de bienes espirituales.

La Comunión de los Santos en lo cotidiano se realiza especialmente cuando oramos los unos por los otros. Estar inmersos en la Comunión de los Santos nos lleva a ser conscientes de la belleza que se desprende de las realidades divinas, realidades que hoy no podemos ver o captar por nuestros sentidos, pero que por medio de la fe, tenemos la certeza de que suceden. Estamos constantemente rodeados de una nube tan grande de testigos (cfr. Heb 12, 1), las almas triunfantes de todos los tiempos y orígenes, quienes gozan de la Presencia de Dios y no se cansan de interceder por nosotros.

¿Cuál es la mejor forma que tiene un santo de amar a otro? San Juan lo expresa muy bien: “Rezad unos por otros”. (Sant 5, 16) Scott Hahn, Ángeles y santos, Capítulo 4

Y es justamente la fe la que nos da el boleto de entrada a esta comunicación constante de bienes espirituales. Sin fe no participamos de esta comunicación de dones y carismas; pues no somos capaces de caminar sobre las aguas turbulentas de nuestra vida, nos hundimos como Pedro (cfr. Mt 14, 30 – 31); sin fe no podemos clamar con confianza infinita de que nuestras súplicas serán escuchadas y respondidas a tiempo oportuno: “sin fe es imposible agradarle, pues el que se acerca a Dios ha de creer que existe y que recompensa a los que le buscan” (Heb 11, 6).

La Comunión de los Santos está más cerca de nosotros de lo que pensamos. La Iglesia siempre nos recuerda que la forma más perfecta de la Comunión de los Santos se vive en el Santo Sacrificio de la Misa. En ella se hacen presentes la Iglesia Triunfante, la Iglesia Peregrina y la Iglesia Purgante, unidas todas mediante el Sacrificio de Cristo en la Cruz.

La Comunión de los Santos vivida en la cotidianidad, nos recuerda que no pertenecemos a esta realidad pasajera, que estamos en camino a la Patria Celestial, pero que desde hoy participamos de ella. También nos recuerda que es la antesala del Banquete Celestial. En pocas palabras, la Comunión de los Santos es vivir unidos a Cristo, Quien le da auténtica plenitud a nuestro peregrinaje en la Tierra.

María Paola Bertel

Publica desde mayo de 2019

Investigadora social en formación, alma militante, llamada a servir por amor. Me apasiona escribir lo que Dios le dicta a mi corazón. Aprendí a amar en clave franciscana. ¡A Jesús por María y José!