En la ciudad de Quito, Ecuador, encontramos el templo de San Agustín. Allí mismo, hace 370 años aproximadamente, decidió quedarse la imagen de Jesús de la Buena Esperanza, para ser más precisos, en la portería de dicho lugar; desde entonces, miles de fieles recurren al santuario a postrarse ante Él llenos de fe y esperanza. Le hacen numerosos obsequios y ofrendas como gratitud por su intervención. Así fue como llamaron la atención unas sandalias de oro que una piadosa señora había calzado en los pies de la imagen.

Nos vamos a detener en el hombre deudor, Gabriel, quien, desesperado, busco esperanzado en la mirada dulce y piadosa de Jesús de la Buena Esperanza, paz y tranquilidad para su angustia.

La paz que surge de la fe es sin embargo un don: es la gracia de experimentar que Dios nos ama y que está siempre a nuestro lado, no nos deja solo ni siquiera un momento de nuestra vida. Papa Francisco

No podemos pensar que la fe y la paz son independientes, ya que van de la mano. Por esto la esperanza cristiana es sólida y no decepciona. ¡La esperanza no decepciona! No está fundada sobre eso que nosotros podemos hacer o ser, y tampoco sobre lo que nosotros podemos creer. Su fundamento, es decir el fundamento de la esperanza cristiana, es de lo que más fiel y seguro puede estar, el amor que Dios mismo siente por cada uno de nosotros.

Gabriel, el hombre deudor, se encontraba en aprietos, siendo realistas no sabemos que había hecho antes de lo que conocemos en la historia, tal vez había recorrido otros lugares, o recurrió a otras opciones o posibles soluciones (que evidentemente no funcionaron). Lo que sí sabemos, es que hizo algo bien, recurrió al Señor Jesús, pongámonos en el lugar de este hombre de familia… Cuándo tenemos un problema ¿a quién recurrimos? ¿Cuántas veces recurrimos a posibles soluciones que no son Dios antes que a Él? ¿Cuántas veces dejamos a Dios de lado? ¿Cuántas veces nos olvidamos de que Él nos provee?

Alegraos de la esperanza que compartís; no cejéis ante las tribulaciones y sed perseverantes en la oración. Rom 12,12

No importa si fue la primera o la última opción el acudir a Dios en este caso, lo que quiero recalcar es que Gabriel lo entendió todo. Acudió a Jesús con esperanza, no sabemos si mucha o poca, pero esperanza al fin. Se acercó y le contó su problema financiero, y Él respondió. Gabriel entendió todo porque supo cómo rezar verdaderamente. Supo dónde depositar su confianza, donde dejar sus problemas, y donde buscar la solución.

Pero… ¿de dónde sale la esperanza?

De la cruz. Mira la cruz, mira al Cristo Crucificado y de allí te llegará la esperanza que ya no desaparece, esa que dura hasta la vida eterna. Y esta esperanza ha germinado precisamente por la fuerza del amor: porque es el amor que “todo lo espera. Todo lo soporta” (1 Cor 13,7). Papa Francisco

Esta imagen era llamada “el Señor de la portería”, y paradójicamente, la esperanza cristiana es la espera de algo que ya se ha cumplido; está la puerta allí, y yo espero llegar a la puerta.

Yo soy la puerta. Si uno entra por mí, estará salvo; entrará y saldrá, y encontrará pasto.  Jn 10,9

¿Qué tengo que hacer? ¡Caminar hacia la puerta! Estoy seguro de que llegaré a la puerta. Así es la esperanza cristiana: tener la certeza de que yo estoy en camino hacia algo que es, no que yo quiero que sea. Esta es la esperanza cristiana. La esperanza cristiana es la espera de algo que ya ha sido cumplido y que realmente se realizará para cada uno de nosotros.

Y al final, cuando Gabriel vuelve a “perderlo todo”, porque nadie le cree que Jesús le había dado su sandalia de oro para pagar sus deudas,  y cuando está a punto de ser condenado vuelve a confiar, vuelve a depositar su esperanza en Él, y nuevamente se postra a los pies de Jesús, y lo hace de corazón, Jesús lo escucha y le vuelve a responder, porque es Él quien nos dice: “pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá; Porque cualquiera que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se abrirá. ¿Qué hombre hay de vosotros, á quien si su hijo pidiere pan, le dará una piedra? ¿Y si le pidiera un pez, le dará una serpiente? Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas á vuestros hijos, ¿Cuánto más vuestro Padre que está en los cielos, dará buenas cosas a los que le piden?” (Mt 7, 7-11).  Una vez más, Jesús salva a un hombre y vence a la muerte.

San Josemaría Escrivá dijo: El obrará, si en El te abandonas. Ha pasado el tiempo, y aquella convicción mía se ha hecho aún más robusta, más honda. He visto, en muchas vidas, que la esperanza en Dios enciende maravillosas hogueras de amor, con un fuego que mantiene palpitante el corazón, sin desánimos, sin decaimientos, aunque a lo largo del camino se sufra, y a veces se sufra de veras.

Estamos llamados a transmitir esa esperanza, a vivir esa esperanza, a disfrutar de esa esperanza, y para lograr todo esto es necesario confiar, porque:

¡Bienaventurado quien se refugia en el Señor! Sal 2,12

Aquí estamos Señor, al igual que Gabriel, a tus pies. Ayúdanos a reconocer que solos no podemos, porque sabemos que en toda circunstancia, también en la más adversas, y también a través de nuestros mismos fracasos, Tu amor nunca falla. Y entonces, con el corazón visitado y habitado por Tu gracia y Tu fidelidad, vivimos “con la alegría de la esperanza” (Cf. Rm 12,12). Renueva en nuestros corazones continuamente este don, ya que estamos en el tiempo de la espera, el tiempo de un anhelo que va más allá del presente, el tiempo del cumplimiento de Tu Palabra.

Gabriel M. Acuña

Publica desde marzo de 2020

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Argentino. Estudiante de Psicología. Diplomado en liderazgo. Miembro de Fasta. Consigna de vida: "Me basta Tu gracia" (2 Cor 12, 9). Mi fiel amigo: el mate amargo. Cada tanto me gusta reflexionar y escribir, siempre acompañado del fiel amigo. ¡Totus Tuus!