No es casualidad que el año litúrgico cierre con la Solemnidad de Jesucristo, Rey del universo. Sabiamente en la Iglesia transitamos del Nacimiento de Nuestro Señor, pasando por su Pasión, muerte y Resurrección, hasta llegar al último domingo del Tiempo Ordinario, fecha en la que conmemoramos su Reinado que no tiene fin. Así, la revelación de Dios para con nosotros alcanza su culmen máximo, al ser su Hijo proclamado Rey del universo, reconociéndolo como Amo y Señor de toda la historia: Alfa y Omega. Esta solemnidad fue celebrada por primera vez en 1925 e instituida por el Papa Pío XI el 11 de marzo del mismo año.

Pero, ¿qué significa que Cristo es Rey del universo? Jesucristo es un rey nada convencional, pues parece absurdo que Él siendo Amo y Señor de todo lo creado haya escogido hacerse esclavo, hasta el punto de entregar su vida por nosotros en la Cruz. En la lógica humana es difícil encontrar razones que lo justifiquen; sin embargo, como Él mismo lo expresa en el capítulo 18 versículo 36 del Evangelio de Juan: su Reino no es de este mundo. La lógica divina nunca podrá ser totalmente comprendida por la limitada y viciada razón humana.

Pilato le dijo: “Entonces, ¿tú eres rey?”. Jesús le contestó: “Tú lo dices: soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz” Juan 18, 37

Desde la antigüedad el pueblo judío esperaba que su Mesías se revelara de manera gloriosa, portentosa, de acuerdo a la visión humana de lo que es un rey. Esto se comprueba en la Sagrada Escritura en los sucesivos eventos en los que los apóstoles esperaron del Señor exclusivamente la gloria, como la transfiguración en el Monte Tabor (cfr. Mateo 17), el castigo sugerido por Juan y Santiago de mandar fuego del cielo al no ser acogidos en una aldea samaritana (cfr. Lucas 9, 51-56), el alegrarse por hacer milagros como la expulsión de demonios (cfr. Lucas 11, 17-20), o el dejarlo solo en su Pasión y muerte (cfr. Marcos, 14, 50).

Ciertamente la libertad y la salvación esperadas por Israel no llegaron de la manera en que el pueblo creía. La belleza de la revelación culmen de Dios en Jesucristo viene a hacer nuevas todas las cosas. Era normal que el hombre esperara un Mesías justiciero, adornado de poder, que hiciera gala de su nobleza; no obstante, la imagen que el hombre tiene de Dios es perfeccionada en Jesucristo, quien no aparece solamente como Dios de castigo, sino que ante todo es Dios de amor y misericordia, capaz de hacerse pequeño por dar la auténtica libertad y salvación a su pueblo. Viene a darle el verdadero significado a la palabra rey.

Salta de júbilo, hija de Sión; alégrate, hija de Jerusalén, porque tu rey viene a ti: justo y victorioso, humilde y montado en un asno, joven cría de una asna. Zacarías 9, 9

Así mismo, Jesucristo nos hace partícipes de la belleza de su reinado, convocándonos a ser constructores del Reino de los Cielos desde nuestra realidad terrena. Para ello, ya no nos llama siervos sino sus amigos, pues nos instruye en la voluntad del Padre (cfr. Juan 15, 15), nos acoge como sus hijos amados y nos prepara el banquete de la vida eterna.

El Reino de los Cielos es una invitación abierta a todos, no es exclusiva de unos cuantos; basta tener un corazón sencillo, manso, limpio para acoger su mensaje, para dejarse transformar a semejanza de tantos que fueron sanados, liberados, tocados por la gracia de Nuestro Señor, como lo narran los Evangelios.

La belleza de la entrega de Nuestro Rey se plenifica en la Cruz, la cual se transforma en su trono, donde ejemplifica con su vida misma el servicio y su amor por nosotros; donde también es coronado de espinas, entre voces de burla que lo aclaman rey de los judíos, aquellos mismos que una vez lo aclamaron por sus milagros y gloria. Ahí en la Cruz le pone precio a nuestra vida, precio que solo podía ser pagado por Él. La deuda del pecado original, que había causado la ruptura entre Dios y el hombre, hoy está saldada con la misma Sangre de su Hijo, y sus cinco llagas preciosísimas jamás podrán ser compensadas, ni con todas las riquezas del mundo.

Pues ya sabéis que fuisteis liberados de vuestra conducta inútil, heredada de vuestros padres, pero no con algo corruptible, con oro o plata, sino con una sangre preciosa, como la de un cordero sin defecto y sin mancha, Cristo. 1 Pedro 1, 18-19

Después de la Cruz, la promesa de su Reino continúa con la Resurrección, en la cual aparece la figura de Cristo como Rey de vivos, porque aunque para nuestra humanidad exista la muerte, “para Él todos están vivos” (Lucas 20, 38).

Aprendamos de la docilidad y sencillez de Jesucristo, de su completo abandono en la voluntad del Padre, para lograr ser verdaderos constructores de su Reino de amor, paz y misericordia.

Acercándose esta importante Solemnidad para nuestra Iglesia quiero dejarte como reflexión esta pregunta: ¿qué significa para tu vida de creyente que Cristo sea Rey del universo? Que siempre estemos dispuestos a ser como el grano de trigo que cae a tierra, muere y da fruto abundante (cfr. Juan 12, 24), a no guardarnos nada por las promesas del Reino.

María Paola Bertel

Publica desde mayo de 2019

Investigadora social en formación y misionera católica, llamada a servir por amor. Me apasiona escribir lo que Dios le dicta a mi corazón. Aprendí a amar en clave franciscana. ¡A Jesús por María!