Me gusta imaginar a Jesús caminando entre nosotros; como lo hacía en compañía de Sus discípulos, predicando de pueblo en pueblo la Buena Nueva. Pensar al mismo Dios hecho carne, cercano, sin ínfulas de grandeza, ni mayor pretensión, me parece un gran misterio; Su belleza se nos revela en lo pequeño, llegando a pasar incluso inadvertido muchas veces por nuestro lado.

Y es que nuestro corazón, lleno del mundo, ansía la grandeza. No obstante, aunque suene paradójico, la única grandeza que logrará saciarnos habita en lo sencillo, porque no sigue lógicas humanas, sino una lógica divina, que a nuestra viciada comprensión se le hace difícil captar.

¿Me creerías si te digo que Jesús sigue pasando en medio de nosotros? No espero de tu parte una vacía respuesta afirmativa; te animo a que lo vivas, a que tengas la experiencia del encuentro con el Amor que pasa, que quiere hacerse conocido, pero más que eso, quiere ser tu amigo y que te refugies en Su Sagrado Corazón; a la vez, que Él haga morada en el tuyo.

Y estad seguros que yo estaré con vosotros día tras día, hasta el fin del mundo. Mateo 28, 20

Jesucristo pasa en múltiples ocasiones. Pero hoy quiero hablarte especialmente de la Solemnidad del Corpus Christi. En el centro de esta celebración se encuentra el mismo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo; para profundizar al respecto te invito a leer este artículo: “El alimento que da vida eterna”.

La tradición del Corpus Christi se inició a finales del siglo XIII, gracias a Santa Juliana de Mont Cornillón, quien notó la ausencia de esta Solemnidad en la Iglesia. Desde sus orígenes, el Corpus Christi ha denotado la Sacralidad de la Eucaristía y la necesidad de rendirle adoración, ya que es el Cuerpo y Sangre de Nuestro Señor Jesucristo, Quien se hace presente en medio de Su pueblo.

La Iglesia, agradecida por este inmenso don, se reúne en torno al santísimo Sacramento, porque en Él se encuentra la fuente y la cumbre de su ser y su actuar. San Juan Pablo II, Homilía Solemnidad de Corpus Christi, 2004

En el Corpus Christi, el Corazón del más grande de los amantes sale a caminar con nosotros. La celebración de esta Solemnidad en la actualidad nos llama a volver a poner la mirada en lo que es realmente sagrado para el cristiano, justamente hoy, cuando el valor de lo divino ha sido reemplazado por aspectos materiales y por filosofías que nos relajan espiritualmente. El Corpus Christi nos interpela, recordándonos nuestra identidad como herederos de la Belleza que trasciende, la cual se nos ha revelado al corazón, mediante la fe.

Así, el Corpus Christi es encuentro de Dios con Su pueblo, y del pueblo con sus semejantes, quienes hacen camino juntos en la tierra, con un destino común: la gloria eterna prometida por Nuestro Señor. Sin embargo, este encuentro no se limita a un espacio físico o a un momento, la celebración eucarística auténticamente vivida amerita que el alma entre en constante dialogo con el misterio que contempla, lo que implica un estado de adoración permanente: “La acción litúrgica sólo puede expresar su pleno significado y valor si va precedida, acompañada y seguida de esta actitud interior de fe y de adoración” (Benedicto XVI, Homilía Solemnidad de Corpus Christi, 2012).

De acuerdo al Papa Benemérito Benedicto XVI, la Solemnidad del Corpus Christi es prolongación del misterio contemplado el Jueves Santo:

En la procesión del Jueves Santo, la Iglesia acompaña a Jesús al monte de los Olivos: la Iglesia orante siente el vivo deseo de velar con Jesús, de no dejarle solo en la noche del mundo, en la noche de la traición, en la noche de la indiferencia de muchos. En la fiesta del Corpus Christi, reanudamos esta procesión, pero con la alegría de la Resurrección. El Señor ha resucitado y nos precede. Benedicto XVI, Homilía Solemnidad de Corpus Christi, 2005

Jesucristo es la auténtica Belleza que salva al mundo. En una sociedad que ha perdido el sentido de lo bello y verdadero, volver la mirada a Él nos hace recordar que, como criaturas hechas a Su imagen y semejanza, nuestra existencia debe estar ordenada a Él, buscando en todo ser reflejo de Su misericordia y justicia. En la procesión del Corpus Christi, el Hijo de Dios, Quien camina entre la gente, nos anuncia de manera pública que Él ha venido a salvarnos a todos.

Dios siempre está dispuesto a dar más por la redención del hombre; prueba de ello es la Eucaristía, Sacramento en el que Jesús se hace pequeño y frágil por quedarse con nosotros, se hace “Prisionero de amor”, aun cuando es inocente de toda culpa y pecado. Mi Amado Señor Jesús, ¡cuán profundo es el misterio que hacer arder Tu Sagrado Corazón!

Hay un Prisionero en una cárcel pequeña, el cautivo es Rey de reyes, Señor de señores. La cárcel menuda es el Sagrario: cárcel de amor es llamada. San Josemaría Escrivá, Forja, 827

Con ansias deseamos participar del banquete de Tu Cuerpo y Sangre, Señor (cfr. Lc 22, 14); quédate a pasar la noche y la vida con nosotros, para que siempre arda nuestro corazón por Ti (cfr. Lc 24, 13-35); pues el alma solo llena sus vacíos en Ti y solo en el silencio de Tu contemplación se hacen nuevas todas las cosas. Abre nuestros ojos, para que, al pasar por nuestra vida, te reconozcamos siempre.

María Paola Bertel

Publica desde mayo de 2019

Investigadora social en formación, alma militante, llamada a servir por amor. Me apasiona escribir lo que Dios le dicta a mi corazón. Aprendí a amar en clave franciscana. ¡A Jesús por María y José!