¿Lo quieres Señor?… ¡Yo también lo quiero! San Josemaría Escrivá, Camino, punto 762

Acabo de enterarme hace un rato que el padre de una amiga a la que quiero mucho está muy enfermo.

Esta chica ha sido, y es cada vez que vuelve a nuestra casa, como una hermana más de la familia. Durante años se convirtió en una compañera de cuarto, otro oído atento a las conversaciones nocturnas de 3 mujeres adolescentes que exponían sus problemas y secretos tras un largo día de colegio. Con ella, la tanda de los 4 mayores pasaba a ser de 5.

Siempre he tenido confianza con Dios, toda mi vida le he visto como Alguien bueno y, aunque pocas veces he caído en enfadarme ante sus planes más incompresibles, por culpa de mi limitada inteligencia humana, en ocasiones no puedo evitar sentirme por Él decepcionada.

Entonces, en vez de callarme, le expongo y le rezo las razones de mi malestar. Irónicamente, a pesar de saber dentro de mí que no tengo verdaderos motivos para enfadarme con Dios, siento que comprende mi dolor… es más, que incluso lo comparte.

Esa chica no había tenido una vida fácil. Desde pequeña había vivido el sacrificio de tener que renunciar a una situación normal, aferrándose a la esperanza que le traería el tiempo, que con indudable belleza, prometía la vuelta de muchas cosas.

Mientras fregaba la fuente de la pasta, y tras una comida muy silenciosa, no he podido evitar preguntar a Dios por qué permitía que su familia siguiera sufriendo. He buscado respuestas sobrenaturales para intentar entenderlo, y es entonces cuando he notado que una especie de voz que por dentro me decía: “tú no sabes por qué”.

Cómo humana que soy me parece escandaloso, pero efectivamente, yo no puedo saber el porqué. ¿Quién soy yo para juzgar la relación personal de Dios con cada alma?

Tras esto, he caído en la cuenta del “sí” tan valioso que debe ser el de una persona que, aun después de tanto dolor, no perece bajo los dardos del enemigo y sigue amando a Cristo, luchando por Él, y deseando que sus seres más queridos caminen siempre a su lado.

Ese tipo de personas que permanecen firmes en su fe, son las que dan el mayor testimonio de verdad porque, a pesar de tanto y tanto, comprenden la belleza del verdadero sentido de la vida. Si para ellas merece la pena, es que debe merecer realmente la pena.

El sí de un cristiano a Dios, es un sí completo. En lo bueno y en lo malo. Él no va a darnos cruces más grandes de las que podamos llevar, partimos de esa base.

Los bautizados podemos encontrar alegría e incluso belleza en el sufrimiento. Dios nos da la gracia de convertirlo en donación y la fortaleza de saber sobrellevarlo.

La fe más pura, más duradera, es la que se construye con esfuerzo y decisión, la que se trabaja más allá del sentimiento. Es una cuestión de confianza, de darle la mano a Aquel que sabe más, y está a tu lado mientras recorres la vida, aunque no puedas verle.

María es también un elemento clave. Nadie, después de Jesús, sufrió tanto en la Pasión como ella. Te comprende. Cuando más lo necesites, acudirá a tu llamada para consolarte de la manera más dulce y con el abrazo más cariñoso.

El dolor es, desde mi punto de vista, la batalla más palpable que se libra contra el mal porque se combate, principalmente, con alegría.

Buscad primero el Reino de Dios y su justicia y todo lo demás se os dará por añadidura. Mateo 6, 33

Mientras escribo, desde mi cuarto abuhardillado, observo a través de dos grandes ventanas un cielo muy gris. Todavía no llueve, pero los truenos y relámpagos a lo lejos adelantan una tormenta potente. No tengo ninguna luz encendida, no hace falta, pero el ambiente es igualmente apagado y soso. Si estuviera estudiando, que no es el caso, probablemente me molestaría y presionaría el botón del interruptor.

Lleva días haciendo muy mal tiempo y estoy deseando volver a disfrutar de la belleza de los atardeceres de mi pueblo. Empieza a chispear y los fuertes sonidos de tormenta imponen un poco.

Al tiempo que sigo asomada por la ventana y me empapo de sentimientos tan penetrantes, me doy cuenta de que no hay nada malo en sentir. Los sentimientos son regalos que nos recuerdan que estamos vivos, que queremos y soñamos. El problema residiría cuando en vez de dirigirlos hacia la confianza (Dios), los dirigimos hacia la desesperación.

Al mirar, ahora sí, la lluvia caer, me entran de repente una ganas enormes de dar gracias. Acabo de caer en la cuenta de que, al desear que vuelva el sol, tengo al mismo tiempo la certeza de que estos días de mal tiempo son pasajeros. ¿Por qué nos resulta tan fácil confiar a veces y es tan complicado otras tantas?

De qué tú y yo nos portemos como Dios quiere, no lo olvides, dependen muchas cosas grandes. San Josemaría Escrivá, Camino, punto 755

Mafalda Cirenei

Publica desde marzo de 2020

Suelo pensar que todo pasa por algo, que somos instrumentos preciosos y que estamos llamados a cosas grandes. Me enamoré del arte siendo niña gracias a mi madre, sus cuentos y las clases clandestinas que nos impartía en los lugares a los que viajábamos. Soy mitad italiana, la mayor de una familia muy numerosa y, aunque termino encontrando todo lo que pierdo debajo de algún asiento de mi coche, me dicen que soy bastante despistada. Confiar en Dios me soluciona la vida.