¡Cuán difícil se nos hace ser fuertes en determinados momentos! Somos tan frágiles y susceptibles ante las tormentas, que pretenden robarnos la belleza de la vida, que si hacemos un pare y miramos hacía atrás todo lo que hemos pasado y superado, seguro nos parecerá imposible que hoy estemos aquí, contando la historia, con las cicatrices de lo que una vez pensamos nos iba a vencer.

La vida es en todo momento una batalla, más allá de lo físico, es una confrontación espiritual que nos exige estar en pie de lucha ante el Goliat de nuestros problemas, enfermedades, sufrimientos… En la mayoría de los casos no estamos preparados para lo que nos trae el día a día, somos una pluma que vuela en el vaivén de las preocupaciones, del fuerte viento de lo que ha de venir. Sin embargo, no todo es tan oscuro cuando atamos nuestras incertidumbres a la belleza de la fe.

El mundo no nos quiere débiles, exige que seamos cada vez más competitivos, con mayores habilidades; es entonces cuando el débil se convierte en desechable, inservible, tanto así que aquel que aún conserva la capacidad de llorar es visto de mala manera, con lástima. Llorar es tan humano y tan necesario como reír, pues nos hace sensibles a la realidad, una sensibilidad que nos debe movilizar a comprender al hermano.

“Te basta mi gracia: la fuerza se realiza en la debilidad”. Así que muy a gusto me glorío de mis debilidades, para que resida en mí la fuerza de Cristo. 2 Corintios 12, 9

¿Cuántas veces hemos querido abandonar nuestra debilidad? ¿Ser fuertes ante las situaciones cotidianas? ¿Poder soportarlo todo y que no nos duela? Es en la debilidad donde el hombre comprende verdaderamente su fragilidad, sus limitaciones, lo efímero de su existencia.

Es a la vez la debilidad el instrumento preferido por Dios para llevarnos de la mano a la perfección de vida. A primera vista parece ilógico que Dios, Quien es la Fortaleza misma, se fije en la debilidad de sus hijos, cuando es tan despreciada por nuestros semejantes, nada valorada en el mundo.

Te amo, mi Señor, porque amas lo que nadie más ama de mí: mi debilidad, mi imperfección.

Tantos santos convirtieron la debilidad en su virtud heroica para transitar su camino de santificación. Por ejemplo, San Francisco de Asís le hablaba a su hermano Fray León de la perfecta alegría, que no consiste en hacer grandes milagros, lograr muchas conversiones, predicar fervientemente, hablar muchos idiomas o conocer las ciencias, sino en soportar todo con amor y alegría, pensando en los sufrimientos de Cristo:

Ya lo dice San Pablo: “¿Qué tienes que no lo hayas recibido? Y si lo has recibido de Dios, ¿por qué te glorías como si fuese tuyo?” En las cruces y aflicciones sí que podemos gloriarnos, porque son cosa nuestra. Así lo dice el apóstol: “Yo sólo quiero gloriarme en la cruz de Cristo”. Florecillas de San Francisco, Capítulo VII

Aprender a sufrir con amor y alegría es la tarea del cristiano; ello exige el dominio de las potencias del alma, las cuales según Santo Tomás son tres: la memoria, el entendimiento y la voluntad, pues la fortaleza de Dios nos viene por medio de estas. La fortaleza interior es también una gracia obtenida a través de la oración, ya que entre más nos acercamos a Dios en el diálogo íntimo, nuestro corazón estará más encendido por la belleza de su amor.

Es así como el amor debe ser la respuesta a todas nuestras debilidades, sean corporales o espirituales. Santa Rosa de Lima lo hizo su escudo frente al sufrimiento, la santa peruana durante su cruda enfermedad oraba: “Señor, auméntame los sufrimientos, pero auméntame en la misma medida tu amor”.

Dios mismo quiso hacerse débil por nuestra salvación. Por lo tanto, la fortaleza de Dios no se refiere a la ausencia del dolor o de la debilidad, es ante todo un aumento del amor, que nos transforma en pequeños Cristos, capaces de soportar el peso de la cruz a semejanza de nuestro Señor Jesús, pues no hay gloria sin calvario.

 Si alguno quiere venir en pos de Mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga. Mateo 16, 24

Si hoy estás sufriendo en pequeña o gran medida, es que Dios te quiere hacer muy santo. ¡Vamos a ofrecerlo todo, a quien ya lo dio todo por nosotros en la Cruz! En mi enfermedad, problema o herida me parezco más a Cristo. Unidos a su Santísima Cruz nuestro yugo se hará llevadero y nuestra carga ligera (cfr. Mateo 11, 30). Que Nuestra Señora de los Dolores, quien soportó los siete dolores de la pasión de su Hijo en su corazón, nos enseñe a soportar en silencio, con amor y paciencia las cruces de la vida.

María Paola Bertel

Publica desde mayo de 2019

Investigadora social en formación y misionera católica, llamada a servir por amor. Me apasiona escribir lo que Dios le dicta a mi corazón. Aprendí a amar en clave franciscana.