Hace unas semanas tuve la fortuna de dialogar con un sacerdote; entre tantos buenos consejos que recibí de él, me quedó resonando aquel en el que me decía que debemos “investigar” sobre nuestra fe, generar un discurso mediante el cual la podamos argumentar y fundamentar, porque aunque la fe es un don revelado directamente de Dios (cfr. CCE 153), más que un dogma, la fe como virtud teologal, es la experiencia diaria del caminar con Dios. La fe es entonces una continua búsqueda de la Verdad, pues esta nunca se desvela de forma total.

Si has comprendido del todo es que no es Dios lo que has encontrado. San Agustín, Sermón 52

Lo que es reafirmado en el Catecismo de la Iglesia Católica, el cual expresa que el hombre fue creado para conocer, amar y servir a Dios (cfr. CCE 356, 357, 358). No podemos amar algo que no conocemos, sería mentiroso decir que amamos a Cristo y a su Iglesia si no estamos continuamente interesados en conocerlo, en aproximarnos a la belleza de su verdad revelada durante más de veinte siglos de historia de la salvación; he aquí la importancia de la formación en el cristiano.

Pero ¿cómo llegar a conocer la verdad, sin desviarse de ella? Por su naturaleza la Verdad es una, afirmar la existencia de varias verdades sería negar la Verdad misma. Por lo tanto, llegar a aceptar la tesis que defiende la libre interpretación de los Textos Sagrados, es entonces desfigurar la revelación de Dios para con su pueblo. La misma Escritura afirma la existencia de “un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo” (Efesios 4, 5) y consecuentemente de una sola Verdad.

Ante todo sepan que ninguna profecía de la Escritura es objeto de interpretación personal. 2 Pedro 1, 20

Sin embargo, ¿es la Escritura el único depósito que guarda la revelación de Dios a los hombres? La respuesta es no; en los primeros siglos los cristianos no poseían una Biblia como tal: los libros del Antiguo Testamento se encontraban desagregados y los del Nuevo Testamento fueron escritos tiempo después de la muerte y resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. De esta forma, en los primeros años de la Iglesia primitiva las enseñanzas de fe eran transmitidas de forma oral. Es así como la Iglesia Católica tiene a la Sagrada Tradición como depósito de la fe, con igual importancia que la Sagrada Escritura.

Así, pues, hermanos, manteneos firmes y conservad las tradiciones que habéis aprendido de nosotros, de viva voz o por carta. 2 Tesalonicenses 2, 15.

Y, ¿cómo sabemos que la Tradición es fiel a la revelación de Dios, hasta hoy? Los primeros depositarios de la Tradición fueron los doce Apóstoles, sobre los cuales se fundó la Iglesia Católica (cfr CCE 857); son entonces ellos los garantes de la transmisión de la Sagrada Tradición hasta la actualidad, lo que se denomina Sucesión Apostólica, asegurando así la unidad del pueblo de Dios.

De esta forma, la Palabra de Dios está constituida por la enseñanza transmitida en forma oral y escrita. Ahora, teniendo en cuenta que la Palabra de Dios no puede ser interpretada de manera particular, Cristo ha confiado esta función a los Apóstoles y a sus sucesores: al Magisterio de la Iglesia, quien en unión con el pueblo de Dios y bajo la luz del Espíritu Santo resguarda, interpreta y dicta las verdades de la fe cristiana.

El oficio de interpretar auténticamente la Palabra de Dios, oral o escrita, ha sido encomendado solo al Magisterio vivo de la Iglesia, el cual lo ejercita en nombre de Jesucristo, es decir, a los obispos en comunión con el sucesor de Pedro, el obispo de Roma. Catecismo de la Iglesia Católica, 85

Hemos sido llamados a dar razón de nuestra esperanza (cfr 1 Pedro 3, 15). La Iglesia, como custodia de la fe revelada por Dios a través de su Hijo Jesucristo, brinda al creyente un camino definido y claro para alcanzar la salvación; por eso su belleza está en ser Madre y Maestra: Madre, que con la belleza que resguarda a través de los siglos, da vida al pueblo de Dios, y Maestra que educa con amor en la fe y guía a sus hijos en la construcción del Reino de los Cielos.

La Escritura, la Tradición y el Magisterio se constituyen en el tesoro de la Iglesia Católica, son estas las fuentes vivas de la Verdad. Conocer la fe nos lleva a amarla y solo mediante el amor podemos hacer de la vida un servicio agradable a Dios, recordando que la fe individual se valida cuando se es coherente con lo que se conoce y predica. Que nuestra fe esté siempre acompañada de obras de amor al prójimo, así seremos muestra de una fe viva, en la que el Espíritu Santo sigue continuamente suscitando nuevos caminos de santificación, pues la fe es siempre actual.

María Paola Bertel

Publica desde mayo de 2019

Investigadora social en formación y misionera católica, llamada a servir por amor. Me apasiona escribir lo que Dios le dicta a mi corazón. Aprendí a amar en clave franciscana.