A todos nos puede pasar, en algún momento del curso de nuestra vida, que experimentemos una profunda desazón. Poco a poco, vamos perdiendo la motivación primera, caemos en la inamovible rutina, los encantos sencillos de la vida ya no nos agradan tanto, todo cae en un sinsentido, nos sentimos vacíos, con las razones y propósitos opacados y olvidados.

Algunos tienen la vaga expectativa que dicha situación cambiará mágicamente, sin hacer demasiados esfuerzos, y otros la pierden totalmente, ¿te ha sucedido?

No me refiero a un estado de depresión o ansiedad puntualmente, para lo que necesitamos ayuda externa; sino a ese malestar interior, esa intranquilidad o tristeza, sentimientos de pesadumbre, contrariedad, desagrado, que nos pueden acorralar durante cierto tiempo, y que al cabo de determinados días podemos hallar la solución con o sin terapia.

No es para nada agradable, la persona sufre, en mayor o menor medida. Y el demonio, como ángel caído astuto que es, nos va alimentando y acrecentando los pensamientos parásitos que nos hacen daño.

Dejamos de cuidar de nosotros, nuestra higiene (exterior como interior); quizá hacemos a un lado a las personas que nos rodean y nos quieren sinceramente, como familia y amigos, que buscan lo mejor para nosotros.

Vamos olvidando los talentos que nos fueron dados para administrar en vida; nuestros errores los agrandamos exageradamente, rozando el fatalismo y la desesperanza; y la vida se torna triste y egoísta… vamos hundiendo nuestro sentido de la vida.

Confía en el Señor de todo corazón, y no en tu propia inteligencia. Reconócelo en todos tus caminos, y él enderezará tus sendas.

Proverbios 3, 5-6

 Así llega fin de año, miramos hacia atrás y recordamos aquellos propósitos del año nuevo, que fuimos olvidando por la rutina diaria. Tantos proyectos, sueños, deseos y pequeñas buenas acciones que van siendo tragadas por la vorágine del día a día, y los vamos anestesiando.

Y como aquella dieta que reservamos para la próxima semana, los momentos de oración que postergamos, y las buenas obras que hacemos esperar, lanzamos nuestros planes para el año siguiente, y año tras año nuestro listado va siendo ignorado, dejado de lado. ¡Cuantos deseos de paz y vida nueva son tragados por la prisa y se pierden por el camino!

¿Por qué en el lugar de dejar la dieta para la siguiente semana, no empezamos ahora? ¿Por qué en el lugar de empezar a ir a Misa diariamente el próximo mes, no empezamos hoy? ¿Por qué no vivir una vida nueva ahora, en lugar de esperar un año nuevo?

Siempre es tiempo de recomenzar, el hacerlo nos devuelve la vida y con ella las esperanzas. ¡No permitas que tu alma se envejezca y apague, que su belleza se manifieste! ¡Aún puedes más, no te dejes abatir!

Hay demasiados motivos que podrían explicar el porqué de esto, aunque dos los podríamos colocar como raíz de otros tantos, por ser pecados capitales. Y lo que aquí sucede es que se crea un círculo vicioso entre el malestar (desgano, malhumor constante, tristeza, etc.) y lo que se sigue de este (no cuidar el orden, abandonar los buenos hábitos, etc.), que a su vez acrecienta tal situación por no darle remedio (mientras mayor sea el desorden, más desganados nos sentiremos para solucionarlo, por ejemplo).

Por un lado, la pereza que hace alusión a la desidia, negligencia, lentitud en actuar, también repugnancia, oposición o rechazo a colaborar. Las decisiones están inconclusas, postergamos asuntos, retrasamos actividades o situaciones que deben atenderse, sustituyéndolas por otras situaciones más irrelevantes o agradables por miedo o pereza a afrontarlas.

Pide al Señor la fuerza en esos momentos; hazte un posible horario, que sea flexible también; ordena las actividades según las prioridades y establece pequeñas metas, realizables. Descansa y aliméntate bien, hacer algo de actividad física te ayudará, pues somos alma y cuerpo.

No descuides la oración, esos momentos donde te encuentras con Dios para contarle tus miedos y sueños, tus proyectos y desafíos, que Él fortalezca tu voluntad.

Dedícale más tiempo a aquellas cosas que se corresponden con lo más profundo de tu persona, que son parte de tu esencia (escalar, visitar ancianos, escribir, tocar instrumentos, estar con niños, investigar, aprender idiomas, inventar algo, reparar, etc.) En eso también podemos dar honra y gloria a Dios, si lo hacemos por Él y para Él, como enseñan los santos.

Nos toca hacer todo lo que esté a nuestro alcance, como levantarnos apenas suena la alarma, sentarnos a estudiar, o llegar a tiempo al trabajo y cumplir, pero el resto dejémoslo confiados en las manos de nuestro Padre, atento y providente.

No hay nada en el mundo que capacite tanto a una persona para sobreponerse a las dificultades externas y a las limitaciones internas, como la consciencia de tener una tarea en la vida.

Victor Frankl

Y, por otro lado está la soberbia, la cual se define como el apetito desordenado de ser preferido a otros. El concepto puede asociarse a la altivez, el engreimiento, la presunción y la petulancia. Implica la satisfacción excesiva por la contemplación propia, menospreciando a los demás.

Pero cuando las cosas no funcionan como se esperaban, y se cae en el error una y otra vez, puede suceder que la soberbia nos genere ese malestar del que venimos tratando.

La humildad, en cambio, es la virtud que consiste en el conocimiento de las propias limitaciones y debilidades y en obrar de acuerdo con este conocimiento. Es la capacidad humana para darse cuenta, comprender y aceptar voluntariamente la vulnerabilidad intrínseca al ser humano en torno a no saberlo todo y no poder con todo.

Ser humilde no es ser un necio, al contrario, ahí radica toda sabiduría, debido a que se está en armonía con la realidad misma. Conozco las cosas como son, me conozco tal cual fui creado, considerando lo bueno y lo que no lo es en absoluto. Las virtudes, con las que el Señor me dotó, las tengo presentes para practicarlas y hacerlas fructificar, y los defectos para cambiarlos, trabajarlos y ofrecer toda mi persona por el Reino.

Muchas veces tenemos miedo a equivocarnos, pero mirándolo con otros ojos, lo mejor que nos puede pasar es dejarnos colapsar temporalmente, si Dios lo permite, y aceptar “voluntariamente” que no supimos hacer ciertas cosas, que eso es normal y que no hay que avergonzarse de ello. Para eso existe la capacidad de recomenzar.

Mi pasado, oh Señor, a tu misericordia; Mi presente, a tu amor; Mi futuro a Tu providencia.

Padre Pío de Pietrelcina

Comenzar de nuevo no es el fin del mundo, y es lo más necesario cuando necesitamos redireccionar nuestra vida. Es el final de una vida limitada, inconsciente, algo desordenada. Cada día es una oportunidad para hacer mejor las cosas, para tratar más amablemente, para hablar con paciencia y dulzura, para no juzgar a nuestros hermanos y perdonarlos.

Cada día podemos hacer un poco más de eso que nos gusta, ordenarnos mejor, crecer personalmente y ayudar a que otros también lo hagan, leer y formarnos, contemplar y rezar más, amar y vivir intensamente cada día, regalo de Dios. ¡No desperdiciemos la belleza y el valor de Eternidad del momento presente!

El primer paso es tener la humildad de aceptar que no sabemos todo y que está bien reparar las cosas en donde hemos fallado en nuestra vida. Necesitamos buenos ejemplos, además de dejar que nos enseñen y guíen.

El segundo paso es tener la valentía de enfrentarse a uno mismo, observarse y conocerse, como el Señor nos conoce. Hay tanta riqueza en cada uno, una belleza inigualable esperando ser descubierta para poner al servicio de los demás, y así encontrar la paz verdadera y la alegría profunda.

Aunque el cambio puede inquietar, no hay que tener miedo. No pongamos pretextos o excusas, pues corremos el riesgo de desaprovechar la única vida que tenemos. ¡Atrévete a comenzar de nuevo cada día, a cada momento! ¡Ave María y adelante!

Guadalupe Araya

Publica desde octubre de 2020

"Si de verdad vale la pena hacer algo, vale la pena hacerlo a toda costa", decía el gran Chesterton. Pienso que a eso estamos llamados, a hacer el Bien hasta dar la vida si es necesario; a buscar la Verdad, que nos hace verdaderamente libres; y a manifestar la Belleza a nuestros hermanos, si primero nos hemos dejamos encontrar por esta. ¡No hay tiempo que perder! ¡Ave María y adelante! Argentina, enamorada de la naturaleza, el mate amargo y las guitarreadas. Psicóloga en potencia. La Fe, ser esclava de María, y mi familia, son mis mayores regalos.