“Debes ser el mejor, sacar excelentes notas, escoger una carrera con futuro, ser una persona competente, para que así puedas encontrar un trabajo que te aporte estabilidad económica”, ¿cuántas veces hemos escuchado expresiones similares? ¡Tantas responsabilidades para tan corta edad! A primera impresión parece que la vida se resumiera a seguir estos “simples” pasos para alcanzar el éxito, pero muchas veces en ese proceso perdemos la esencia: la de ser humanos. Empezamos a correr detrás de una ambición, que en ciertas ocasiones nos roba la tranquilidad.

No es raro escuchar decir que la juventud está en crisis, lo que se conjuga con el hecho de que algunas realidades sociales como la falta de recursos económicos, el desempleo, las pocas oportunidades para estudiar, entre otras situaciones; limitan la posibilidad que tiene esta población de cumplir sus sueños. De un momento a otro nos vemos cargando sueños truncados, esperanzas rotas, que nos desmotivan y se llevan la belleza de la alegría juvenil, y ¿qué es un joven sin alegría? Dejemos que lo diga Juan Pablo II:

Un joven sin alegría y sin esperanza no es un joven auténtico, sino un hombre envejecido antes de tiempo. San Juan Pablo II.

Puede que por nuestros sueños nos llevemos un par de decepciones, pero soñar es inherente al ser humano y especialmente a los jóvenes. Soñar es una capacidad grandiosa con la que se ha dotado al corazón, nos moviliza a construir mejores realidades; como cristianos estamos invitados a anhelar esas realidades no exclusivamente para nuestro beneficio individual, sino también para el beneficio de nuestros semejantes.

Un gran soñador fue San Francisco de Asís, como joven de su época e hijo de una familia noble, Francisco soñaba con ser un gran caballero, pero en Espoleto fue interpelado por la voz del Señor, después de ese primer encuentro no pudo permanecer inmóvil al llamado del Señor; la escucha de Dios lo convirtió en un verdadero revolucionario de la Iglesia, porque su ejemplo de vida suscitó y sigue suscitando en la juventud anhelos de santidad.

Francisco, ¿a quién quieres servir, al amo o al siervo? Cristo a Francisco en la visión de Espoleto.

Al igual que con el joven de Asís, Cristo también quiere perfeccionar tus sueños; para ello es preciso que abras el corazón a su Santa Voluntad. Algunos medios de ayuda son la lectura orante de la Palabra de Dios, la vida de gracia ejercida a través de la práctica de los sacramentos y la lectura de libros espirituales, que fortalecen el ejercicio cotidiano de las virtudes; todo acompañado por el diálogo fecundo de la oración.

Para este camino de lucha en la construcción de los sueños tenemos al mejor compañero y protector: el Santo Espíritu de Dios; aprende a ser guiado por su luz; a encomendar a Él cada paso que des por muy pequeño o grande que sea; detente un momento, cierra los ojos y susurra: “Ven Santo Espíritu de Dios…”

En esta travesía habrán altos y bajos, pero desistir nunca será una opción para los hijos de Dios, estamos llamados a soñar con Cristo como medio y fin supremo. Sin embargo, ¡qué difícil se nos hace materializar todo eso que anhelamos! Y el problema empieza cuando no aprendemos a disfrutar de la belleza del camino, cuando queremos que nuestros sueños se realicen en la inmediatez, no damos espera por llegar a la cima y así descuidamos el ahora; en palabras sencillas: el sueño nos empieza a robar el sueño.

Los sueños más bellos se conquistan con esperanza, paciencia y empeño, renunciando a las prisas… Papa Francisco, Christus vivit 142.

Cuando estamos en camino a cumplir los sueños debemos esforzarnos más que en cualquier otra situación; ese esfuerzo no debe quitarnos la sonrisa del rostro, no debe ser motivo para sentirnos abrumados. Esfuérzate de tal manera que el esfuerzo te edifique, te humanice, te permita conocerte y de esa forma puedas proyectarte a trascender tus límites. Que el sueño no sea sinónimo de sacrificio doloroso, sino de sacrificio amoroso, semejante al de Dios por nosotros, al de Jesús en la Cruz. Para que los sueños nos configuren con el amor y nos hagan más cercanos a nuestros semejantes.

Ambicionad los carismas mayores. Y aún os voy a mostrar un camino más excelente. 1 Corintios 12, 31.

Además del sueño particular que Dios ha diseñado para ti, Él también tiene un sueño común para su pueblo: el de ser santos (Cfr. Mateo 5, 48), es necesario entonces preguntarnos si lo que anhelamos en realidad nos santifica, o nos aleja de ganar la corona que no se marchita (Cfr. 1 Corintios 9, 25).

Lo más maravilloso es que no existe una fórmula exclusiva para lograr la santidad, lo podemos evidenciar en los santos de nuestra Iglesia Católica, ninguno de ellos ha sido igual a otro. Parafraseando a Santa Teresa de Calcuta: la santidad no consiste en grandes actos; sino en cosas pequeñas hechas con extraordinario amor y prueba de ello es San Martín de Porres, quien no necesitó más que su escoba para lograrlo.

En algunas ocasiones nos parece una meta utópica alcanzar la santidad, pero quedarse mirando las miserias humanas nos lleva a despreciar la gracia que el Señor nos quiere brindar. Sentirnos excluidos del llamado a la santidad nos aparta del camino que Dios ha trazado desde siempre para nosotros, nos roba la belleza de la esperanza en la vida eterna, nos hace quedarnos en sueños humanos que no tienen más valor que en el aquí y el ahora.

Yo sé perfectamente cuales son tus sueños. Tu amigo Jesús.

Dios es nuestro creador, conoce el corazón humano de primera mano, sabe lo que habita en él, lo que lo anima y lo que lo preocupa. Ahora piensa un momento ¿quién más que Él podrá darte una mano en esta carrera de la vida? Ningún sueño, por más grande que sea, trasciende si no se conquista de la mano de Dios.

Que nuestro amado y dulcísimo Señor Jesús nos dé la gracia, por intercesión de su Santísima Madre, de permanecer fieles a su llamado; de caminar perseverantes hacia la conquista de los sueños, y su Santo Espíritu restablezca las fuerzas de aquellos que se encuentran cansados del camino, recordando siempre que Él no nos niega los sueños, los perfecciona en su infinita bondad, para tu plenitud y mayor gloria de Él.

María Paola Bertel Narváez

Publica desde mayo de 2019

Investigadora social en formación y misionera católica, llamada a servir por amor. Me apasiona escribir lo que Dios le dicta a mi corazón. Aprendí a amar en clave franciscana.