Resulta difícil en estos días alcanzar el silencio absoluto. En nuestro tiempo libre estamos constantemente evitando el silencio: la música, las redes sociales (chats vacíos), las películas, las series… entre tantos otros factores que han socavado este estado tan necesario para el alma. Hemos llegado a concebir el silencio como ausencia, y la ausencia en este mundo no tiene valor, no es más que pobreza, y actualmente nadie quiere ser pobre.

Cuando estamos en silencio llegamos a sentirnos solos, apartados y pretendemos llenar esos momentos con cualquier ruido que nos sacie por instantes, nos volvemos seres intrascendentes, sin eternidad, vendemos al mejor postor nuestros ratos de silencio. No obstante, debemos aprender que cada momento de nuestra vida es valiosísimo a los ojos de Dios, fuimos creados con un propósito, ejercerlo en todo tiempo y lugar es nuestra misión.

Sin embargo, para conocer ese propósito, debemos establecer un diálogo fecundo con el Señor, haciéndonos pobres de espíritu, algo que se ha vuelto tan difícil de encontrar en el mundo, donde las modas, las ansias de tener, de parecer y no de ser, son los verdaderos señores de nuestra realidad. De esta forma, para estar cercanos a su Corazón debemos hacernos pequeños, a semejanza de Él; ya en la Escritura nos dice:

El que se haga pequeño como este niño, ese es el más grande en el reino de los cielos Mateo 18, 4

Cuando me cuesta ser pequeña fijo los ojos en la Eucaristía, donde Nuestro Señor se hace tan minúsculo, frágil y tan omnipotente a la vez, es ahí donde el Señor, Rey del universo, se hace reflejo del corazón de un verdadero hijo suyo, Él quiere que seamos humildes, sencillos, para poder hacernos a la medida de todos (cfr. 1 Cor 9, 22) y así poder transmitir su amor a otros corazones.

Pero, ¿cómo puedo llegar a tener un corazón como me lo pide el Señor? La clave es el silencio. Muchas veces nos esforzamos porque nuestra oración sea elocuente y estructurada, hasta procuramos sacar versos con ella y desconocemos que un verdadero corazón orante no es el que dice muchas palabras bonitas; por el contrario, es aquel que deja que el alma entre en sintonía con el Amado. Una verdadera alma orante no solo recita, sino también contempla, como lo expresa el Catecismo de la Iglesia Católica:

La contemplación busca al “amado de mi alma”. Esto es, a Jesús y en Él, al Padre. Es buscado porque desearlo es siempre el comienzo del amor, y es buscado en la fe pura, esta fe que nos hace nacer de Él y vivir en Él… Catecismo de la Iglesia Católica, #2709

A semejanza de aquel campesino que llevaba largo rato frente al Sagrario, y al verlo, el Santo Cura de Ars le preguntó: “¿Qué haces aquí tanto tiempo, sin recitar ninguna oración?”, a lo que el campesino desde su pequeñez respondió: “Yo le miro, Él me mira, nada más”.

Sí, es importante que sintamos al Señor, pero también es importante dejar que Él nos sienta. Con esto no quiero decir que la oración vocal no sea importante para el creyente, al contrario, la una no es excluyente de la otra.

La oración vocal es la oración por excelencia de las multitudes por ser exterior y tan plenamente humana Catecismo de la Iglesia Católica, #2704

No obstante, cada una tiene su tiempo, o ¿no te pasa que para llegar a considerar a alguien como tu amigo cercano debes tener momentos de diálogo íntimo con esa persona? Lo mismo nos sucede con el Señor, Él quiere ser nuestro verdadero amigo, pero para serlo necesitamos estar en conversación constante con Él; esta conversación debe ser un proceso de escucha mutua y he aquí la belleza del silencio para el alma del cristiano, porque Dios no solo quiere escucharte, también quiere hablarte, y lo hará en la medida en que sepas guardar silencio, acallar todos aquellos ruidos que no te dejan escuchar lo que Él quiere para tu vida.

El silencio también es aplicado a la vida con nuestros semejantes, pues un alma que sabe escuchar a Dios es ante todo un alma que sabe escuchar la voz del hermano, que presta atención a su clamor, que es capaz de salir de sí mismo para atender la necesidad del otro, recordando las palabras del Papa Francisco: “La Iglesia crece en el silencio”.

Toda alma verdaderamente santa ha descubierto la belleza del silencio, miremos a San José, patrono de la vida interior y a su santísima esposa, la Virgen María, quienes pasaron sus años contemplando de cerca al Señor, ellos nos enseñan el santo silencio, un silencio activo que compromete la vida misma, que está en continua escucha de la voluntad del Señor, un silencio que conlleva a la obediencia y siempre sabe decir:

Hágase en mí según tu palabra Lucas 1, 38

Es entonces el silencio el creador de la vida interior. Santa Teresa de Jesús en su último libro Las Moradas y el Castillo Interior describe desde una narrativa mística el camino que debe seguir el alma hasta llegar a la morada séptima en la que se abandona la propia voluntad y se alcanza la unión perfecta con Dios.

Santa Teresa compara al alma con una casa, en la que se debe procurar siempre mantener un orden, originado desde la paz propia, pues no se puede pretender encontrar la paz en aspectos exteriores; así la paz es ante todo una conquista personal del alma. Aquí el silencio emerge como medio para alcanzar la tan anhelada paz del alma.

En silencio y esperanza procurar vivir siempre, que el Señor tendrá cuidado de sus almas Santa Teresa de Jesús, Terceras Moradas

Pidamos al Espíritu Santo por intercesión de Nuestra Madre, la siempre Virgen María, que la gracia de una vida de silencio orante nos sea concedida, para que nuestras almas sean como esa planta que crece sin hacer ruido, pero que será conocida por sus frutos de amor y de fe (cfr. Mateo 7, 16-20).

María Paola Bertel

Publica desde mayo de 2019

Investigadora social en formación y misionera católica, llamada a servir por amor. Me apasiona escribir lo que Dios le dicta a mi corazón. Aprendí a amar en clave franciscana.