Era entrada la noche. El fuego de la hoguera tenía la especial capacidad de unir dos calores: el de la intimidad de la familia y el calor físico, ambos necesarios para pasar el invierno. Lucía, sentada junto a su madre, la observaba con ojos atentos cómo acunaba con dulzura y suavidad a su hermanito Tomás para hacerlo dormir. La observaba con total admiración y en especial le intrigaba cómo podía “adivinar” lo que el bebé quería solo con escucharlo llorar. Ella también sostenía en sus brazos un bebote, como todas las niñas de esa edad que juegan a ser mamás, y ella con tan solo cinco años, ya se había comprometido a ser una excelente ama de casa. Con ojos grandes le pregunta bien bajito, para no despertar al bebé recién dormido: “Ma, cómo le entendés a Tomi si él no habla?”. La mamá se sonríe ante la pregunta tan inteligente de su hijita, y contesta serena: “Tomi es chiquito y aún no aprende a hablar, entonces expresa lo que necesita o siente llorando, hasta que pueda hablar como nosotros. Mira, la palabra es algo tan importante que lleva tiempo aprenderla; ya lo entenderás cuando crezcas: las cosas más valiosas requieren esfuerzo y tiempo.. hay que ser pacientes”.

Esa mamá tiene razón. Hablar, aprender a hacerlo y hacerlo bien, es algo que nos lleva un buen tiempo adquirir y asimilar. Somos expuestos desde pequeños a una serie infinita de estímulos, correcciones, intercambios con nuestros padres que tratan de enseñarnos cómo hacerlo, y teniéndolos como modelo, aprendemos a comunicarnos.

Psicólogos, psicopedagogos, neurólogos y médicos coinciden en afirmar que la palabra es la base y sustento del pensamiento. Es, además, la cualidad que más nos distingue de los demás seres vivos: la razón y el lenguaje oral. Así de importante y enorme es su función, y saberlo, nos prepara para saber enseñarla y aprenderla de la mejor manera posible.

¿Alguna vez pudiste sacar una sonrisa, dar consuelo, levantar el ánimo a alguien, sólo con unas cuantas palabras? De seguro que sí. Y en contrasentido, ¿Lastimaste, hiciste daño, alejaste personas de tu lado por decir cosas de las que hoy te arrepentís? En mayor o menor medida, todos lo hemos pasado.

“Una palabra no dice nada, y al mismo tiempo lo esconde todo”, así empieza una canción que amo. Hace alusión al valor que tiene decir o dejar de decir algo. Sobre todo por el efecto que producimos en nuestro alrededor. Es más que sabido, pero bien viene recordarlo: la palabra “es un arma de doble filo”. Con ella podemos construir o destruir autoestimas, amistades, matrimonios, negocios… todo por elegir bien o mal qué decir en qué momento, de qué manera y con qué objetivo.

Entonces no es sólo el qué decimos, si no el cómo, dónde, para qué decimos lo que decimos. Eso es lo que tiene peso eterno, la intención del corazón. Si con lo que digo, busco iluminar, dar calor, ser luz, mis palabras y silencios serán eso, serán lámpara encendida. Si, por el contrario, cegado por la ira y enojo, uso la palabra como recurso para herir, lastimar, pisar al otro, ya mi hablar se torna oscuro, triste, pobre.

Debemos aprender y re-aprender a hablar. Comunicarnos es parte esencial de nuestra existencia. Sería bueno buscar personas que sepan iluminar con sus palabras, e imitarlas. Pero ¿Quién sino Dios puede darnos ejemplo de cómo hablar, en qué momento, y de qué manera? ¡Si Él es el Verbo hecho carne! En griego, palabra se dice “logos”, y se repite varias veces en este himno del apóstol:

Al principio existía la Palabra,
y la Palabra estaba con Dios,
y la Palabra era Dios.
Al principio estaba junto a Dios.
Todas las cosas fueron hechas por medio de la Palabra
y sin ella no se hizo nada de todo lo que existe.
En ella estaba la vida,
y la vida, era la luz de los hombres. Juan 1, 1-4

Este pasaje del Evangelio de San Juan encierra, en lo personal, una belleza inabarcable. Alude básicamente a Jesucristo, Hijo del Padre, segunda persona de la Santísima Trinidad. Jesucristo es el “Verbo de Dios” porque es la Palabra, la expresión de Dios Padre, la manifestación de Su Ser hecho carne. “Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1, 14), es eso, Dios Hijo que se hace hombre; la Palabra, el Logos por el cual fueron hechas todas las cosas, se encarna, baja a la tierra, o mejor dicho, se rebaja.

¡Pero no por eso deja de ser Dios! Al contrario, más se ensalza, más de manifiesto queda su omnipotencia y perfección, más amables son sus mandatos y más oídas sus enseñanzas, porque siendo Todo, se hizo nada, siendo Dios se hizo hombre, siendo inmortal aceptó morir, siendo infinito quiso tener fin. La Palabra es Cristo, y sin Él, nada de lo que comienza, puede subsistir.

Fue por medio de la Palabra que todo lo que existe tuvo un inicio:

Y dijo Dios “Haya luz”, y hubo luz. Génesis 1-3

Y así con todas las demás cosas creadas de la nada. ¿Por qué este énfasis de Dios en que veamos que toda la creación fue primero “dicha” y después hecha? El poder que Dios otorga al hecho de “pronunciar palabra” es innegable. Es más, es por la Palabra que todas las cosas comenzaron a llamarse de una manera:

Formados pues de la tierra, todos los animales del campo, y todas las aves del cielo, los hizo Dios desfilar ante el hombre, para ver cómo los llamaba, y para que el nombre de todos los seres vivientes fuese aquel que les pusiera el hombre. Génesis 2-19

En otro pasaje vemos la emoción pronunciada por Adán al ver a Eva “¡Esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne! Será llamada varona, porque del varón ha sido tomada” (Gn 2-23). Otra vez, la Palabra está presente en los momentos más importantes, se activa para ayudarnos a expresar eso tan inmenso que sentimos y queremos compartir, partir-con el otro.

La Palabra abarca todo. Estuvo presente desde el principio y mientras el ser humano habite esta tierra, seguirá acompañándolo. Cristo lo dijo: “El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán” (Mt 24, 35). Sus enseñanzas, su testimonio, su vida dicha y hecha en perfecta armonía y coherencia debe ser nuestro más anhelado y amado deseo.

Es necesario que mis hechos sean conforme a lo que digo, y que lo que digo, al decirlo, quede hecho. La palabra sola, es estéril, pero acompañada de actos virtuosos, brilla y transforma. Que nuestras palabras sean luz, y que siempre anuncien nuestras acciones, y que nuestros actos confirmen lo que proclamamos.

Pidamos a María Santísima que nos enseñe a pronunciar las palabras justas en el momento indicado y de la manera correcta. Como ella, deseamos cantar nuestro propio “Magnificat”, y que ése canto hecho palabra, se haga carne en nuestros actos de amor por Dios y por el prójimo.

María Florencia Haddad

Publica desde agosto de 2020

Me ha sido un regalo vivir, crecer, y conocer a Quien me ha dado todo esto: Dios Padre. Yo solo le correspondo a tanto amor, amando. Aprendo cada día algo nuevo, soy curiosa, me apasiona cantar, la montaña y los domingos.