En ciencias sociales existe un paradigma llamado “el paradigma de la complejidad”, desarrollado inicialmente por Edgar Morin en el siglo XX. Este se basa fundamentalmente en la necesidad de abandonar el pensamiento simplista y lineal con el que se trataba de abordar la realidad, debido a que no es posible llegar a la completa comprensión de los fenómenos si estos se analizan exclusivamente desde una disciplina, desde una esquina del conocimiento.

De esta forma, la realidad se comporta como un gran sistema en el que se entrecruzan diversos factores ya no de forma lineal, sino circular, en el que el comportamiento no sigue un patrón claramente establecido. Otros conceptos relacionados con el paradigma de la complejidad son los de orden y/o caos originados por las interacciones de los elementos que componen el sistema, siendo el segundo el más frecuente.

Es así como el hombre, a mi parecer, también se constituye en un sistema complejo, en el que los hilos que conforman nuestra historia entretejen de manera única el ser, la forma de percibir, sentir, amar y configuran la belleza que subyace en cada uno. Lo que somos hoy es resultado de nuestra construcción histórica; la vida nunca ha sido una serie de momentos sucesivos, ordenados según una racionalidad.

Hemos tenido que atravesar por altos y bajos, momentos que han dejado huella en el corazón. Algunos de esos momentos no han sido agradables y han producido profundas heridas en nuestro ser; esas heridas, si no son sanadas, pueden afectar el presente, y lo peor, en ocasiones no somos conscientes de ello.

La primera vez que me encontré de frente con mis heridas fue cuando comencé el proceso de consagración a la Santísima Virgen María. No sabía que estaban ahí, sin embargo seguían sangrando, había sentimientos en mí que no me explicaba, pero todos tenían raíz en mi corazón herido; basta con mirar hacia atrás y hacia adentro, para comprender el sistema complejo y en caos en que se convierte nuestro corazón: por eso es necesario empezar a cuidarlo, blindarlo de malos sentimientos.

Porque donde está tu tesoro, allí estará tu corazón. Mateo 6, 21

No puedo decir que hoy todas las heridas estén sanas, pero he decidido que no determinan mi futuro, ni pueden afectar las relaciones con los demás; es un ejercicio diario de la voluntad que a veces cuesta, pero que es posible con un poco de amor. También es fundamental aprender a ver las heridas en el hermano, no como excusa para juzgarlo, sino para establecer caminos de diálogo y de entendimiento mutuo. Hoy en día se ha hecho tan normal calificar a las personas como “tóxicas”; de esta forma les negamos el derecho a ser objeto de nuestro amor y misericordia, como tanto nos lo pide Jesús en los Evangelios, teniendo siempre presente que estas personas no pueden robarnos la paz. Recuerda, no es una persona tóxica, es un alma herida.

Una herida no es más que la incapacidad de amar: solo se puede ser sano cuando recibimos y damos amor; para ello es imprescindible dejar nuestro corazón a los pies del Señor, Él que es el Amor mismo sabrá restaurarlo.

Todos tenemos un corazón herido. Lo que más me sorprende es cómo el Señor hace de estos su instrumento, los transforma para su gloria, los hace partícipes de su Belleza. Debemos aprender a entregarle las heridas a Él, teniendo presente que su Sagrado Corazón también está herido, repetir aquella frase que dice:

Destrúyeme Señor y sobre mis ruinas levanta un monumento para tu gloria. Santa Laura Montoya

En medio del caos en que se convierte nuestra vida, el orden solo puede ser provisto por Dios, la criatura es verdaderamente transformada en las manos de su Creador, como el barro en las manos del alfarero (cf. Jeremías 18, 1-6). Para ello es fundamental el abandono, aprender a confiar, pedir la gracia del perdón personal y hacia nuestros semejantes; es un error creer que podemos sanarnos por nuestra propia fuerza, la sanación es ante todo una gracia, un don otorgado a aquellos corazones orantes, que saben permanecer fieles.

Por otra parte, puede parecernos que Dios tarda en responder cuando le suplicamos que sane las heridas interiores; sin embargo, es preciso recordar que Él no actúa en nuestro tiempo y como buen alfarero no quiere dejar ningún detalle imperfectamente elaborado, se toma el corazón como un asunto serio; por tu parte, ofrece como mortificación todas esas cruces, como sacrificio expiatorio que se une a la Cruz de Cristo, descubre la belleza del que todo lo espera por amor.

«Miles» —soldado, llama el Apóstol al cristiano. Pues, en esta bendita y cristiana pelea de amor y de paz por la felicidad de las almas todas, hay, dentro de las filas de Dios, soldados cansados, hambrientos, rotos por las heridas…, pero alegres: llevan en el corazón las luces seguras de la victoria. Surco 75, San Josemaría Escrivá de Balaguer.

En el entorno complejo y lleno de incertidumbre que nos representa el mundo, Jesús nos ofrece la seguridad que trasciende la vida terrena, un amor inamovible y eterno. Él es nuestro refugio y la paz que tanto espera encontrar el alma, sigue ahí con sus brazos abiertos, llenos de misericordia esperando por ti y por mí. Que Santa María, quien soportó siete dolores por amor a su Hijo, nos enseñé a ser más dóciles frente a nuestras heridas, pues solo los corazones verdaderamente encendidos de amor saben soportar el peso de la Cruz.

María Paola Bertel

Publica desde mayo de 2019

Investigadora social en formación y misionera católica, llamada a servir por amor. Me apasiona escribir lo que Dios le dicta a mi corazón. Aprendí a amar en clave franciscana. ¡A Jesús por María!