Se ha hablado mucho de que la misión de todo cristiano empieza con un llamado particular, pero a la vez inmerso en el corazón de la comunidad. Cuando decidimos responder con un “sí” a este llamado o vocación, nos abandonamos en las manos de Quien nos ha convocado, y es Él a través de Su gracia, el que nos hace hombres nuevos, nos moldea a Su antojo, y así empezamos a transitar en la vida según el Espíritu.

Sin embargo, durante este camino de conversión, encontramos situaciones que nos hacen darnos cuenta de que nuestras debilidades siguen con nosotros, que no se han ido; es un error creer que por ser de Cristo ya no sufriremos más, que nuestros defectos desaparecerán. Ello sucede porque, aunque se nos ha dado una vida nueva, seguimos siendo humanos, y por lo tanto, sufrimos las consecuencias de la concupiscencia, aquella herida provocada por el pecado original.

La concupiscencia no es más que la tendencia natural que tiene el hombre al pecado. Sufrimos y somos débiles por la concupiscencia, que se convierte en el principal enemigo del crecimiento espiritual. La carne, el mundo y el demonio conocen esta herida y siempre querrán sacar provecho de ella.

No obstante, en las Sagradas Escrituras encontramos un sinfín de testimonios que demuestran que el Señor siempre elige lo débil: Jonás, el descreído; la mujer sorprendida en adulterio; Zaqueo, el publicano rico; Pablo, perseguidor de cristianos; Pedro, quien negó a Cristo tres veces; Mateo, el recaudador de impuestos, por citar algunos casos. En los santos también se evidencia esta realidad, por ejemplo, la lucha de san Agustín y san Francisco contra la carne o san Camilo de Lelis y su problema con la ludopatía. Verdaderamente Dios escoge aquello que el mundo tiene por necio y desechable.

La belleza del llamado de Dios está en que necesita un “sí” continuo de nuestra parte, pues somos para Él un proyecto inacabado que se va perfeccionando con renuncias constantes, con la práctica de las virtudes y la búsqueda cotidiana de la gracia. Pero, ¿de dónde sacamos las fuerzas para emprender esta lucha hacia la santidad?

Seguro que muchas veces te habrás enfrentado con todas las fuerzas humanas contra la tentación, y ha resultado un desastre. Ese pretender ganarnos la salvación con las propias fuerzas se llama pelagianismo, y es considerado una herejía desde los siglos IV y V. Pelagio era un monje irlandés que aseguraba no necesitar de la gracia para llegar a ser salvo, pues le bastaba el ejercicio de sus facultades humanas para llegar a la virtud, lo que fue refutado fuertemente por san Agustín.

Pues la misma voluntad, si no la libra la gracia divina de la servidumbre por la cual se hizo esclava del pecado y si no recibe socorro para evitar los vicios, esta voluntad no puede ser vivida recta y piadosamente por los mortales. San Agustín, Retractationes, I, 9, 4

Contra esta forma nociva de concebir la vida en el Espíritu es necesario recordar que es Cristo Quien hace toda obra en nosotros, no es por mérito propio, pues todo fruto que damos en la vida espiritual es exclusivamente para gloria de Dios; teniendo presente las palabras del apóstol san Pablo: “Vivo, pero no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí” (Gálatas 2, 20).

Así, la verdadera fortaleza para vencer la debilidad la encontramos siendo dóciles al Espíritu Santo, dejándonos transformar por Su fuego que nos santifica y estando atentos a Sus susurros de amor. El Santo Espíritu siempre sabrá conducirnos por los caminos de la gracia, aun en medio de nuestras flaquezas, pues eso que hoy consideras que te aleja de reflejar al Creador, puede convertirse en lo que más te haga santo: transforma tu debilidad en virtud.

…Sin Mí no podéis hacer nada. Juan 15, 5

El llamado de Dios también nos revela la belleza de ser amados por Él, pues ya no somos Sus siervos, sino Sus amigos (cfr. Juan 15, 15). Ser amigos implica ir más allá, no somos Sus amigos por el simple hecho de cumplir con una serie de exigencias, lo somos porque ha conocido a profundidad nuestra realidad, ha visto nuestro pecado y aun así ha decidido hacernos sus instrumentos. Sin embargo, debemos tener siempre en mente sus palabras: “Vete y no peques más” (Juan 8, 11), evitando en todo momento las ocasiones de tentación, a través de Su gracia santificante.

La debilidad es una oportunidad para ejercitarnos en el amor de Cristo, no una excusa para abandonar el camino al que Él nos ha llamado. Puede que el mundo solo vea lo malo que hay en nosotros, con la finalidad de hacernos creer que no somos dignos de servirle; pese a esto, Él sigue creyendo en nosotros, dotándonos de lo necesario para dar a conocer Su mensaje de salvación al mundo entero.

Que el ejemplo de tantos santos que han logrado vencer las debilidades humanas, y la luz del Espíritu Santo, nos alienten, nos ayuden a santificar el día a día. Hagamos nuestro lema de vida aquel versículo que dice: “Te basta mi gracia: la fuerza se realiza en la debilidad” (2 Corintios 12, 9). Seamos como esas almas sencillas, que aprenden a abandonarse a la belleza de la voluntad de Su Señor.

María Paola Bertel

Publica desde mayo de 2019

Investigadora social en formación y misionera católica, llamada a servir por amor. Me apasiona escribir lo que Dios le dicta a mi corazón. Aprendí a amar en clave franciscana. ¡A Jesús por María!