Estamos a menos de dos días para finalizar el año, y comenzar uno nuevo. ¡Qué dicha y qué bendición!

Con ello siempre se acercan nuevas metas, nuevos propósitos y nuevos proyectos, en donde comenzamos a incluir a aquellos seres queridos, nuestras familias, nuestros amigos, nuestra pareja.

Aunque, a veces, no nos damos cuenta de lo que realmente implica incluir a esas personas que tanto queremos y amamos.

Muy a menudo, pasamos por alto que cuando comenzamos a amar a aquellos que nos rodean, no solo se trata de hacerlo por sus buenas cualidades y por sus virtudes, sino también por aquellos defectos que al mismo tiempo los caracterizan y los hacen únicos.

Y creó Dios al hombre; a su imagen y semejanza los creó; varón y mujer los creó. Génesis 1, 27

Es cierto que Dios nos creó a imagen y semejanza suya, lo que significaba sin defecto alguno; pero por medio del pecado original se originaron los defectos del hombre, pues fue la soberbia de querer ser más que Dios y la falta de humildad de reconocerse hechos a su imagen lo que alejó a Adán y a Eva, y a nosotros por consecuencia y herencia.

Pero es la belleza del amor divino que nos acepta incluso con nuestros defectos y por medio del cual Dios nos hace hijos suyos, pues Él es quien nos conoce plenamente.

Y así como Dios nos ama y nos acepta tal y como somos, es así como nos pide amar a aquellos que nos rodean. Aceptando su esencia, sus virtudes y sus defectos. Porque, ¿realmente podríamos amar algo que no conocemos de verdad? ¿Podríamos amar con sinceridad sin realmente aceptar lo bueno y lo malo de los demás? Pero sobre todo, ¿seríamos capaces de amar las virtudes y defectos de alguien más, sin antes aceptar los nuestros?

Pero hay otro muy parecido: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. San Mateo 22, 38

Cuando nos aceptamos a nosotros mismos, nos humillamos ante Dios y nos reconocemos necesitados de Él y de su infinito amor, es cuando somos realmente capaces de amar con sinceridad, cuando podemos transformar aquellos defectos propios en virtudes que nos permitan llegar a los demás.

Aceptar a nuestro prójimo como tal, es un acto puro de misericordia, pero no solo porque sea necesario, sino además porque Dios también es misericordioso con nosotros. Es por medio de este acto de aceptación que podemos practicar las virtudes que Jesús mismo practicó con todos los que lo rodeaban.

Estamos llamados a vivir de misericordia, porque a nosotros en primer lugar se nos ha aplicado misericordia. Papa Francisco, Misericordiae Vultus, Nº 9

¡Cuánta paciencia podemos cultivar con los defectos de quienes nos rodean, sabiendo que ellos también en su momento nos han aceptado y han sido pacientes con nosotros!

¡Qué belleza y qué alegría poder ser capaces de perdonar sabiendo que no es la imperfección la que define por completo a nuestro hermano!

¡Cuánto amor podemos ser capaces de dar en obras y en oración al saber que también nosotros no hemos sido dignos del amor de Dios por nuestros pecados, pero que aun así, nos amó y nos ama hasta el extremo!

El amor es paciente, es bondadoso. 1 Carta los Corintios 13, 4

Cuán comprensivos y humildes podemos ser sabiendo que nosotros también somos imperfectos de nacimiento, pero que es eso lo que nos unifica también con nuestro prójimo y nos hace buscar un solo camino a la salvación, que es Cristo Jesús.

Son todas estas las virtudes que nos permiten crecer al ponerlas en práctica con quienes nos rodean y poder ser reflejo de Jesús y llevar luz a quien lo necesita. Porque es importante dedicarnos a conocer el corazón de nuestros hermanos, para poder entenderlos y aceptarlos, tal como Cristo lo hizo con nosotros.

Y no es que sean inalcanzables, sino más bien todo lo contrario, pues están a disposición nuestra por medio de los sacramentos de la Eucaristía y la Confesión, y solicitándolas al Espíritu Santo, dispensador de amor, entrega, paciencia, misericordia, perdón y humildad. Son las mismas virtudes que encontramos en la belleza de la Bienaventurada y siempre Virgen María, en quien podemos ver un modelo a imitar.

Bienaventurados los misericordiosos, porque alcanzarán misericordia. San Mateo 5, 7

César Retana

Publica desde septiembre de 2019

Salesiado desde la cuna. Le canto a Dios por vocación y por amor. Soy Licenciado en Diseño Gráfico, tengo 26 años, y 20 de ellos en el caminar espiritual con la Iglesia. Me gusta el café bien cargado y los libros.