“Recuerda que polvo eres y en polvo te convertirás” (Gen 3,19). Quizá recuerdes que todos los años, el Miércoles de Ceniza, comenzamos un tiempo muy especial, de abundantes gracias para quienes se abren a recibirlas, quienes disponen el corazón para oír lo que el Espíritu Santo quiere comunicar.

Este tiempo no es otro que la Cuaresma, estos cuarenta días en preparación para la Semana Santa donde conmemoramos la Pasión y muerte de Nuestro Salvador, es decir, vivimos nuevamente el mayor acto de Amor de la historia: el Hijo de Dios, la segunda persona de la Santísima Trinidad, hecho hombre para reconciliarnos con el Padre, librarnos de la muerte eterna merecida por nuestros pecados, y abrirnos nuevamente las puertas del Cielo.

Y habiendo amado a los suyos, que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo.

Juan 13, 1-15

Respecto al modo de vivir este tiempo cuaresmal, la misma palabra “conmemorar” nos puede dar la pauta. Según un diccionario etimológico, este vocablo con origen en el latín, significa “meter en la mente completamente, recordar a alguien públicamente”. Por tanto, nuestra atención debe estar puesta en Jesús, de modo especial; en lo que quiere mostrarnos o nos está pidiendo, para que nos preparemos del mejor modo posible para vivir una fructífera Semana Santa y así gozar de la Pascua de Resurrección. Y también dar testimonio de eso a mis hermanos, anunciar a Jesús, para que otros se preparen igualmente.

Aquí quisiera plantear dos preguntas: la primera, ¿por qué es necesaria la Cuaresma?

Un gran obispo decía: “La Cuaresma nos ofrece la oportunidad de examinarnos a fondo. Examinemos nuestra fidelidad a Dios a través del compromiso bautismal. Empleemos menos palabras en nuestro favor y presentemos nuestra vida como prueba, aval.”

Es tiempo, por tanto, de examen, de reflexión, de sinceridad y humildad. Es un tiempo que nos recuerda verdades fundamentales y nos enseña la práctica de las virtudes necesarias para lograr nuestra eterna felicidad. Es, además, un período penitencial en que la Iglesia considera la necesidad de la mortificación (ser capaces de renunciar a cosas que me gustan, a mi comodidad para salir al encuentro de mi hermano, ofrecer para enmendar, en definitiva, morir un poco a nosotros para vivir con Él, por Él, para Él).

Hemos sido creados para conocer, amar y servir a Dios en este mundo, y luego gozar de Él en la vida eterna. Ese es nuestro fin, la meta final, el objetivo primordial, la razón fundamental de nuestra existencia: gozar eternamente del Creador.

Considerar el fin, meditarlo, rumiar tal realidad, esclarece el camino y nos hace ver que el resto son modos, formas y medios para llegar a esa meta. El Cielo es un premio, este se da al que se esfuerza, al que lucha con valentía y perseverancia, al que no sucumbe por el desaliento, al que sabe reemprender el combate constantemente en procura de la meta que se ha señalado.

Al que, con ayuda de la gracia, es fiel a lo que el Santificador, que no es otro que el Espíritu Santo, le va manifestando en lo cotidiano, en el día a día, en lo sencillo del deber.

La Cuaresma nos pone cara a cara con el fin, es tiempo de orar más y mejor, de hacer penitencia, y dar limosna (aquí proponernos algo concreto es lo ideal, para que no sea sólo una idea bonita). Esto es sumamente importante, pues el sentido de estas prácticas es una conversión verdadera, por tanto, duradera.

El Señor siempre nos está esperando, pronto a recibirnos con los brazos abiertos, pero la condición es que tengamos un firme propósito de no volver a ofenderle, evitar las ocasiones de pecado y pedirle perdón si, por desgracia, caemos.

Para redondear, la Cuaresma es tiempo de conversión: volver completamente, dar una vuelta. Volvamos la mirada al Amor, que el temor o la vergüenza no nos abrumen. Este tiempo es propicio para arrepentirse y emprender el regreso, como el hijo pródigo, a la casa del Padre, quien está deseoso de salvarnos, de sanarnos, de perdonarnos, de darnos su gozo y paz, devolvernos la belleza original, de hacernos felices…

Y aquí viene en la segunda pregunta: ¿podemos vivir de “modo cuaresmal” todo el año? La Iglesia, como Madre y Maestra, guiada por el Espíritu Santo, ha dispuesto un tiempo específico para cada misterio de la vida de nuestro Señor.

Pero con “modo cuaresmal” me refiero a vivir siempre, los 365 días del año, con un espíritu de “conversión”, de “penitencia”, de “oración”, de “generosidad”. Es necesario convertirse diariamente, enmendarse y presentarse cada mañana como ofrenda agradable al Padre, ¡y que mejor que hacerlo por medio de Nuestra Madre Santísima!

El hombre, cada uno de nosotros, requiere permanentes reajustes, sacudidas. Con las prácticas cuaresmales se nos ofrece eso justamente, un volver a empezar para poder avanzar. ¡Y podemos seguir poniéndolas por obra durante todo el año! Pero expliquemos un poco mejor esto:

  1. Oración: es momento de llenarnos de Dios, de lo sobrenatural. Leamos más la Sagrada Escritura, encontremos al Señor en su Palabra “viva y eficaz”, que no engaña ni falla, que produce efectos reales, que nos hace mejores cristianos. ¿Cuántos minutos al día dedicas a nutrirte del alimento de la Escritura?, no podemos amar a Dios si no lo conocemos… ¡anímate a dejarte encontrar y sorprender por la Verdad, por la Belleza! Puedes orar, también, mientras vas a tu trabajo, mientras cocinas o sales a hacer actividad física, Dios está en todo, esperándonos. ¡Pídele encontrarle en cada cosa que hagas, que te salga al paso minuto a minuto! ¡Que toda nuestra vida sea oración!
  2. Ayuno: mortificación, poder “negarnos a nosotros mismos”. El que no es capaz de negarse a un gusto, aun bueno y legítimo (una juntada con amigos si sé que debo estudiar para un examen, una película buena si en casa necesitan que ayude en ese momento, etc.), no es capaz de ser libre, pues algo lo sujeta, lo maneja.Ahí la necesidad de dominar el cuerpo, los gustos, para obtener la verdadera libertad. Nos dice Lucas 16:10: “El que es fiel en lo poco, será fiel en lo mucho”, quien no es capaz de renunciar a cosas buenas y nobles, por causas más importantes, ¿no le será mucho más difícil a la hora de la tentación?
  3. Limosna: ser generosos, tanto con nuestro dinero como con nuestro tiempo, nuestra atención y cariño, nuestra persona. No dar por compromiso sino con un amor desinteresado, auténtico, porque sé que todo cuanto tengo es regalo de lo alto, y la belleza de un alma generosa y desprendida no se compara con nada.

Los días buenos te dan felicidad, los días malos te dan experiencia, los intentos te mantienen fuerte, las caídas te mantienen humilde, pero solo Dios ¡te mantiene de pie! San Juan Pablo II

Entonces, volviendo a la pregunta, podemos decir que es posible tratar de vivir siempre en “modo cuaresmal”, pues es el modo de irnos haciendo uno con el Maestro y Modelo.

Esto no debe confundirse bajo ningún aspecto con estar todos los días con cara larga, para que el resto note que hago ayuno o penitencia, o que se entere medio mundo de mis limosnas. Recordemos que el Padre que ve en lo secreto, recompensa a su debido momento. No se trata de vivir la Cuaresma de modo exhibicionista, querido hermano.

La conversión es interior, pero se traduce luego en un cambio de conducta necesariamente. Es un cambio de mentalidad: la inteligencia iluminada por la Verdad, que mueve a la Voluntad. Poco a poco se va produciendo un cambio de vida.

Todo esto requiere de cada uno un gran sacrificio: “renunciarse a sí mismo”. Es un despojarse del hombre viejo para ser revestidos del hombre nuevo, y esto lo manifestamos con obras concretas.

Vivamos el día a día reconfortados con la gracia, esforzándonos por vivir como verdaderos cristianos, practicando las virtudes, siendo otros Cristo en la tierra. Aprovechemos la Cuaresma al máximo (empecemos con el sacramento de la Reconciliación, una confesión bien preparada) y continuémosla durante los meses siguientes. No hay tiempo para dejar de hacer el bien, la vida es un soplo. Vivamos de cara a Dios, sin desesperar.

Es tiempo de gracia, de renovación, de humildad, de cuestionarnos, de examinarnos, de indagar en nuestro corazón ¡es tiempo de dejarse encontrar, cautivar y transformar!

¡Es tiempo de volver a empezar! No olvidemos las alentadoras palabras de San Francisco de Asís: “Comienza haciendo lo que es necesario, después lo que es posible y de repente estarás haciendo lo imposible.”

¡Ave María y adelante!

Guadalupe Araya

Publica desde octubre de 2020

"Si de verdad vale la pena hacer algo, vale la pena hacerlo a toda costa", decía el gran Chesterton. Pienso que a eso estamos llamados, a hacer el Bien hasta dar la vida si es necesario; a buscar la Verdad, que nos hace verdaderamente libres; y a manifestar la Belleza a nuestros hermanos, si primero nos hemos dejamos encontrar por esta. ¡No hay tiempo que perder! ¡Ave María y adelante! Argentina, enamorada de la naturaleza, el mate amargo y las guitarreadas. Psicóloga en potencia. La Fe, ser esclava de María, y mi familia, son mis mayores regalos.