Es normal que al final del día nos sintamos cansados, cargados de tanto estrés, por todo lo que ha ocurrido durante la jornada y por aquellas cosas que nos han quedado pendientes. Siempre al finalizar mis labores diarias trato de sacar unos minutos para irme a encontrar con Cristo Sacramentado, dejar a sus pies mis pesos, mis debilidades, todas aquellas cosas que no me siento capaz de realizar; y aunque algunas veces quiera irme directo a la casa a descansar, al rato caigo en la cuenta de que mi alma también necesita su reposo y solo ahí encuentra el silencio que la reconforta y la anima a continuar, en el contexto de un mundo que siempre estará entre ruidos y prisas.

En alguna ocasión me dijeron que es necesario aprender a “aquietar el alma”, dejar que vaya al encuentro de su Creador, acallarla para comprenderla, mirándola de frente; alejándose de esos distractores que nos roban lo esencial de la belleza de la vida. Justo eso es la Cuaresma, ejercitar el alma en la contemplación, así como lo hizo Nuestro Señor durante cuarenta días en el desierto (cfr. Mateo 4, 1).

La Cuaresma es alistarnos para lo que vendrá y de esta forma cumplir con cabalidad lo que Dios Padre espera de nosotros. Solo el alma fuerte y formada en el amor es capaz de dar un sí sostenido a los designios de Dios, como lo hizo nuestra Madre María Santísima y su Hijo Jesucristo, desde la Cruz.

Nuestra alma siempre necesitará de un tiempo, como la Cuaresma, para reflexionar, reconocer lo que se ha hecho mal y volver al camino. Es el tiempo propicio para la preparación y la conversión. ¡Cuánto nos esforzamos en preparar eventos humanos! Más debemos esforzarnos en aprovechar estos cuarenta días para dar frutos de eternidad: para ello contamos con la oración, la penitencia, el ayuno y la caridad.

Aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra. Porque habéis muerto; y vuestra vida está con Cristo escondida en Dios. Colosenses 3, 2-3

Es fácil que el corazón se enfríe cuando no tenemos por centro a Jesucristo, cuando no comprendemos que la plenitud de los ritos religiosos se encuentra únicamente en la Revelación de Dios Padre, a través de Su amadísimo Hijo, Nuestro Señor Jesucristo; que la auténtica belleza del culto reside en el encuentro de lo humano con lo divino, no exclusivamente en el cumplimiento vacío de la Ley, pues Él vino a dar plenitud a la Ley (cfr. Mateo 5, 17).

Multitud de veces se nos ha dicho que para dar plenitud a los mandatos de Dios debemos amar, pero, ¡qué difícil se nos hace! Especialmente cuando traemos heridas sin sanar, cuando a diario vemos todo, menos amor, cuando no nos han amado como lo esperábamos. No obstante, el primer paso para amar es dejarse amar, y, ¿quién puede amarnos mejor, que Aquel que nos ama con amor eterno?

De lejos Yavé se le apareció: “Con amor eterno te he amado, por eso prolongaré mi cariño hacia ti”. Jeremías 31, 3

Para ello no necesitas nada: ni ser el mejor estudiante, ni el más piadoso, ni escribir la oración más bonita, ni estar a la moda, ni poseer todos los dones y carismas. Solo necesitas ser tú; parece difícil de creer, cuando tanto nos esmeramos en que nos amen por lo que hacemos y no por lo que somos. La belleza de la Cruz de Cristo está en que es la escuela perfecta del amor, la mejor medicina del mendigo de amor; pues el amor puro y verdadero pide a gritos entrega, sacrificio, no pompas, ni hermosas palabras. 

La Cruz es la escuela del amor. San Maximiliano Kolbe   

La Cruz nos enseña el amor maduro, que no se queda exclusivamente en sentimentalismos; es un amor con honda raíz, que trasciende y se convierte en carne: a semejanza de Cristo, que se encarnó por nosotros en el vientre de su virginal Madre. Un amor capaz de salir de la comodidad, de ir al encuentro del otro, tanto del que me ama, como del enemigo (cfr. Mateo 5, 38 -48); es un amor que no hace cálculos, pues se da por completo. Procuremos que todas nuestras relaciones imiten al amor de Cristo en la Cruz.

Por eso en esta Cuaresma vacíanos por completo, Señor, para llenarnos de Ti. Que te busquemos sin descanso, porque el único descanso real está junto a Ti. Que te miremos sin cansancio, hasta que nuestros ojos solo te vean a Ti. Que entendamos que en nuestras guerras no habrá paz, si no nos rendimos ante Ti.

Que sepamos que nuestras heridas no son más que minúsculas gotas, que se pierden en el océano de dolor que has soportado por nosotros, que te pertenecen completas, que desean unirse a Ti. Que te lo ofrezcamos todo, pues todo ocurre para el bien de los que amas (cfr. Romanos 8, 28).

Mediante estos párrafos quiero motivarte a vivir la Cuaresma con una fuerte devoción interior, saliendo del conformismo que nos produce la devoción exterior, pues esta debe ser, ante todo, el reflejo de la vida interna. Pidamos al Señor nos inflame el corazón de amor en este tiempo, para poder sentir, pensar y actuar como Él lo haría. Dejando de lado aquello que nos aliena y nos desvía de nuestro verdadero propósito: ser otros Cristos en medio del mundo.

María Paola Bertel

Publica desde mayo de 2019

Investigadora social en formación y misionera católica, llamada a servir por amor. Me apasiona escribir lo que Dios le dicta a mi corazón. Aprendí a amar en clave franciscana. ¡A Jesús por María!