Seguramente te has preguntado alguna vez qué quiere el Señor de ti, a qué te sientes verdaderamente llamado. En momentos importantes como elegir una carrera, empezar a salir con alguien, en ejercicios espirituales o escuchando un testimonio de vida entregada, surge la pregunta de la vocación.

La respuesta es, ante todo, que Dios te quiere feliz. Repítetelo cuanto haga falta. Dios te conoce, le costó más crear tu alma y tu belleza que las profundidades del mar o las leyes de la naturaleza. Dios te quiere feliz, y para ello quiere que seas santo.

La felicidad es la consecuencia de haberse entregado a un ideal que merece la pena. José Ignacio Munilla

La felicidad coincide al milímetro con lo que Dios tiene pensado para nosotros. No podemos pensar que “lo de ser santos” es para hacerle un favor a Dios, igual que un niño que piensa que sacar buenas notas es para contentar a sus padres.

La vocación es una llamada a la santidad, y es el medio para alcanzar la felicidad. Dios tiene un plan para ti, cuando te creó no se desentendió de ti sino que está a tu lado actuando de manera providente en tu vida. Solo tienes que escuchar y fiarte, pues Él es quien más te conoce y te quiere.

Somos descubridores de nuestra vocación, de nuestra felicidad, pero no inventores de ella. El cristiano es como aquel hombre que encuentra el Tesoro escondido (Mt 13, 44), que para conseguirlo vende todo cuanto tiene y compra el terreno.

En eso consiste la vocación, en renunciar a algo para obtener un bien mayor. En la vocación al matrimonio uno renuncia a poder “disfrutar” de más mujeres, a poder vivir preocupándose solo de uno mismo… En la vida consagrada renuncias a casarte, a disponer de tu vida, a los bienes materiales… Todas las vocaciones en el fondo tienen una promesa de felicidad y belleza tan grande que hace que valga la pena luchar por ellas. Ante los planes de Dios, sueña y te quedarás corto.

Vuestra soy, para Vos nací, ¿qué mandáis hacer de mí?. Santa Teresa de Jesús

Quien escoge corre el riesgo de equivocarse, pero quién acoge la voluntad de quien le ama, no. Por ello para discernir la vocación hacen falta tres cosas: tener un corazón humilde, disposición de escucha y amar por encima de todo la voluntad de Dios.

Es normal en los años de juventud andar inquieto y lleno de aspiraciones, pensar más en sacarle provecho a las capacidades que uno tiene, que poner la existencia al servicio de Dios.

He aquí la esclava del Señor. Hágase en mí según tu palabra. Lc 1, 38

Nuestra vida debe dirigirla Él, sí, como la vida de María. Por su sí vino la salvación al mundo, por fiarse de quien la amaba. Nosotros hemos de decir sí en cada pequeño paso que nos vaya llevando al descubrimiento de la vocación.

Primero digamos sí a tener una vida de oración, de ahí se seguirá el poder decir sí a una vida de renuncia, y luego podremos entregarnos libremente a Dios, a través de la persona con quien nos casemos o a través de una vida consagrada.

No meditemos la vocación de acuerdo con nuestras capacidades, si pensamos solo en nuestras fuerzas veremos que pocas cosas podemos hacer (por no decir ninguna). Dios está deseando llenarte de Gracia para que hagas aquello para lo que has sido creado.

Da lo que mandes y manda lo que quieras. San Agustín, Obispo de Hipona. Confesiones

Somos débiles, indecisos, pecadores… Pero también somos hijos de Dios, no solo nos ha creado sino que es nuestro Padre. Él transformará nuestra vida en algo grande, nos dará las gracias y dones necesarios para que nuestra vida sea una ofrenda. Quien se ofrece en sacrificio es feliz porque ama con todas sus fuerzas.

Que Él nos transforme en ofrenda permanente,
para que gocemos de tu heredad junto con tus elegidos:
con María, la Virgen Madre de Dios, su esposo san José, los apóstoles y los mártires (…). Plegaria eucarística

Hay santos de muchas clases y temperamentos, no pienses que para ser santo hay que ser un monje eremita del siglo III. Puedes ser como Santa Gianna Beretta, madre de familia; o Santa Edith Stein, filósofa carmelita, o San Pedro Poveda, sacerdote profesor.

¡Pregúntale a Jesús! Reza para que te dé la fuerza para ser un santo sacerdote, aunque creas que eso es demasiado para ti; reza por ser una madre santa, aunque te veas incapaz y creas que no vales para eso.

La vocación matrimonial es una ofrenda, un acto de entrega en alma y cuerpo entre el hombre y la mujer. Es reflejo del amor trinitario, unifica dos caminos personales de santidad y trae al mundo nuevas vidas, nuevas vocaciones, nuevos santos que también se ofrecerán a Dios.

Si dejarlo todo por Dios es lo que más te atrae y sientes una gran paz y alegría aun sabiendo lo costoso que resulta, puede que tu vocación sea la entrega total a Cristo, siendo sacerdote, fraile, misionero, monja de clausura, etc.

La vocación es una llamada que pide respuesta día a día. El Señor va mostrando matices de su voluntad lentamente, en la vida cotidiana, normalmente sin grandes espectáculos. Una vez ya te hayas casado, ordenado o consagrado, seguirá habiendo momentos en los que deberás discernir. Ya sea en la familia, en la contemplación de la belleza, en el día a día del trabajo… se irá aclarando la misión que Dios pensó para ti en las cosas sencillas, en la obediencia, en el sacrificio, etc.

¿Quieres saber que quiere Dios de ti? Sé santo. Busca la verdadera felicidad, déjate acompañar espiritualmente y valora todas las vocaciones, que todas son caminos personales de unión con Cristo hacia la santidad.

G. Belmonte

Publica desde marzo de 2019

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De mayor quiero ser juglar, para contar historias, declamar poemas épicos, cantar en las plazas, vivir aventuras... Era broma, solo soy aspirante a directora de cine, mientas estudio Humanidades y disfruto con todo aquello que me lleva Dios.