Cuando era chiquita, me encantaba el helado de chocolate (más que ahora) y el de menta con granizado de chocolate. Siempre que íbamos a la heladería pedía esos sabores, eran fijos. Hasta ahí todo en orden. El gran problema estaba cuando tenía que decidir un tercer sabor. Me ponía a leer la cartelera varios minutos y no podía elegir. Pero… ¿qué es lo peor que podía pasar?, que me arrepintiese de haber pedido cereza en lugar de limón. Nada grave, y mucho menos de vida o muerte. pero a los siete u ocho años esa elección tan insignificante me ponía algo nerviosa. Confío que a más de uno le ha ocurrido.

Conforme vamos creciendo, tomando más consciencia y madurando progresivamente, nos enfrentamos a otro tipo de decisiones, de mayor relevancia que los sabores del helado, con más peso. Influyen en nosotros enormemente, en nuestra manera de pensar, de actuar, en la cosmovisión que está en formación.

Elegir los amigos con lo que pasamos horas de nuestra vida, la música que escuchamos, los lugares de recreación que frecuentamos, ir a tal fiesta o no, ponerme tal o cual ropa, tener redes sociales y cómo vamos a usarlas.

Hay otras, como seguir estudios universitarios o aprender un oficio, conocer la misión que se nos ha encomendado, nuestra vocación, tener algunos apostolados, organizar y ordenar nuestro día, leer libros de formación y determinada literatura que me aporte. En fin, más allá de la decisiones particulares, el punto es que hay elecciones que puedo y debo hacer.

Hay otras decisiones, que son más relevantes aún, como jerarquizar proyectos, los tiempos que dedicamos a las cosas más importantes, ir a la Santa Misa los domingos, confesarnos con frecuencia, hacernos momentos de oración y recogimiento en el día, ponernos en contacto con la Palabra del Buen Dios, rezar el Rosario todos los días como lo pide Nuestra Madre, vivir en gracia, etcétera.

Los que estuvimos en campos de concentración recordamos a los hombres que iban de barracón en barracón consolando a los demás, dándoles el último trozo de pan que les quedaba. Puede que fueran pocos en número, pero ofrecían pruebas suficientes de que al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa: la última de las libertades humanas —la elección de la actitud personal ante un conjunto de circunstancias— para decidir su propio camino.

Viktor Frankl, neurólogo, psiquiatra y filósofo.

El hombre es el único ser que disfruta de la libertad. Según la RAE (Real Academia Española), libertad (del latín: libertas, -ātis), es la “facultad natural que tiene el hombre de obrar de una manera o de otra, y de no obrar, por lo que es responsable de sus actos.”

El ser humano tiene la capacidad única de elegir entre el bien y el mal, por tanto, al poder escoger una cosa o la otra, es responsable de lo que suceda luego de la decisión. Según la RAE, elegir (del latín. eligĕre) es “escoger, preferir a alguien o algo para un fin.”

Esta libertad propia del ser humano hace que pueda orientar su vida hacia un fin: hace que con los actos que realiza, pueda dirigirse hacia la felicidad a la que está llamado para la eternidad. Esta libertad muestra que la existencia del hombre tiene un sentido. Papa Benedicto XVI. Discurso, 28 de enero, 2008

Actualmente está muy desvirtuado el concepto de libertad, y se lo toma como si fuese “hacer todo lo que uno quiera, sin límite alguno y sin condicionantes”. Pero eso va haciendo a la persona esclava de deseos desordenados, de pasiones que debieran estar encauzadas, encaminadas hacia un buen fin. Sabemos que el pecado original trastornó el orden primario que el Creador había dispuesto para nosotros: con la razón o la inteligencia a la cabecera, luego la voluntad y seguidamente las pasiones o afectos.

La inteligencia tiene la capacidad de conocer la verdad, impera sobre la voluntad que es la que posee o busca el bien. Las pasiones influyen sobre la inteligencia a través de la imaginación y el pensamiento, y por medio de la razón ejercen su influjo sobre la voluntad. Desde el punto de vista de su moralidad, los afectos o pasiones no son ni buenos ni malos, su calificación moral dependerá del influjo que ejerzan sobre ellas las potencias superiores de la inteligencia y la voluntad.

Estimado lector, todos los días, y a lo largo de la jornada, se nos presentan diversos caminos para escoger; podemos elegir pensar, decir, hacer u omitir muchas cosas. Aunque tengamos actos reflejos, como gritar si nos asustamos, o el hábito de poner una intención perversa en el otro “inmediatamente” cuando nos hacen algo malo, tenemos la capacidad de continuar dicha acción, pensamiento, que puede haber sido “automático”.

El Espíritu Santo nunca obra sin la colaboración de mi libertad. Y si no me acepto como soy, impido que el Espíritu Santo me haga mejor. Jacques Philippe, “La libertad interior”

Negar la capacidad de elegir de las personas, es reducirlas a una esclavitud contraria al plan divino. Si bien las libertades individuales deben apuntar al bien común, por tanto, no se trata de “hacer absolutamente lo que yo quiero a costa de todo”, es un don verdaderamente bello. Movidos por la gracia, y mediante nuestro libre albedrío (potestad de obrar libremente, tras reflexión y elección, según el Diccionario panhispánico del español jurídico- RAE) podemos decidir qué hacer en función de nuestro bien y el de nuestros hermanos, cómo actuar, buscar la Belleza, el Bien y la Verdad en todo momento, en lo que sea que hagamos.

La libertad de un ser humano es la libertad de un ser limitado y, por tanto, es limitada ella misma. Sólo podemos poseerla como libertad compartida, en la comunión de las libertades: la libertad sólo puede desarrollarse si vivimos, como debemos, unos con otros y unos para otros. Papa Benedicto XVI. Homilía, 8 de diciembre, 2005

Dios no quiere robots, por eso nos regala esta capacidad de elegirlo, cada día, a cada momento. Hay situaciones y circunstancias que ciertamente pueden condicionar nuestras elecciones (condiciones orgánicas, el temperamento, contexto social, entre otras cosas), pero jamás determinarlas, y mucho menos con la gracia divina. Tal vez no podamos cambiar todo el barrio donde vivimos, a nuestra familia, o al país entero, por ejemplo. Pero sí podemos ser luz ahí, manifestar el Amor; empezar por nosotros, marcar una diferencia viviendo en la libertad de los hijos de Dios.

Ser plenamente libre implica educar la libertad, por medio de la virtud. Vivir las virtudes día a día, haciendo ese esfuerzo, consciente y deliberadamente, de vencernos en lo que nos esclaviza, de morir a algunas comodidades y debilidades, de ser un poco mejor que ayer, eso… ser nuestra mejor versión, con ayuda de la gracia, ser nosotros mismos en plenitud, es elegir ser libre; es escoger a Dios primero, la salvación de mi alma antes que placeres momentáneos, que nos dejan más vacíos.

Nada sale de un día para otro, es una retroalimentación armoniosa y bella, que con calma se vive. Entonces, la virtud nos hace plenamente libres, y mientras más libres seamos, buscaremos la virtud. Entonces, ya que podemos elegir tantas cosas… ¡elijamos bien, lo mejor, lo que nos sea de mayor provecho! Disfrutemos todo lo bueno y todo lo bello, pero siempre con los ojos en el Cielo, sabiendo que la verdadera vida empieza cuando morimos… estamos de paso, esta vida es un soplo.

¿Qué vamos a escoger? ¿Cómo elegimos vivir?

Hace poco vi un video que planteaba la frase de San Luis Gonzaga: ¿Y esto de cara a la Eternidad… qué? https://www.youtube.com/watch?v=JCPMsIbtCwk

Vivir la virtud, ser libre, implica aprender a jerarquizar, dar a cada cosa el valor que le corresponde de cara al cielo. Así, hay decisiones de más peso que otras, que implican toda nuestra persona: el cuerpo y el alma.

Nuestra madre Iglesia, hermosamente, nos dice:

En lo más profundo de su conciencia descubre el hombre la existencia de una ley que él no se dicta a sí mismo, pero a la cual debe obedecer, y cuya voz resuena, cuando es necesario, en los oídos de su corazón, advirtiéndole que debe amar y practicar el bien y que debe evitar el mal: haz esto, evita aquello. Porque el hombre tiene una ley escrita por Dios en su corazón, en cuya obediencia consiste la dignidad humana y por la cual será juzgado personalmente. La conciencia es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que éste se siente a solas con Dios, cuya voz resuena en el recinto más íntimo de aquélla. Es la conciencia la que de modo admirable da a conocer esa ley cuyo cumplimiento consiste en el amor de Dios y del prójimo. La fidelidad a esta conciencia une a los cristianos con los demás hombres para buscar la verdad y resolver con acierto los numerosos problemas morales que se presentan al individuo y a la sociedad. Cuanto mayor es el predominio de la recta conciencia, tanto mayor seguridad tienen las personas y las sociedades para apartarse del ciego capricho y para someterse a las normas objetivas de la moralidad. No rara vez, sin embargo, ocurre que yerra la conciencia por ignorancia invencible, sin que ello suponga la pérdida de su dignidad. Cosa que no puede afirmarse cuando el hombre se despreocupa de buscar la verdad y el bien y la conciencia se va progresivamente entenebreciendo por el hábito del pecado.

La orientación del hombre hacia el bien sólo se logra con el uso de la libertad, la cual posee un valor que nuestros contemporáneos ensalzan con entusiasmo. Y con toda razón. Con frecuencia, sin embargo, la fomentan de forma depravada, como si fuera pura licencia para hacer cualquier cosa, con tal que deleite, aunque sea mala. La verdadera libertad es signo eminente de la imagen divina en el hombre. Dios ha querido dejar al hombre en manos de su propia decisión para que así busque espontáneamente a su Creador y, adhiriéndose libremente a éste, alcance la plena y bienaventurada perfección. La dignidad humana requiere, por tanto, que el hombre actúe según su conciencia y libre elección, es decir, movido e inducido por convicción interna personal y no bajo la presión de un ciego impulso interior o de la mera coacción externa. El hombre logra esta dignidad cuando, liberado totalmente de la cautividad de las pasiones, tiende a su fin con la libre elección del bien y se procura medios adecuados para ello con eficacia y esfuerzo crecientes. La libertad humana, herida por el pecado, para dar la máxima eficacia a esta ordenación a Dios, ha de apoyarse necesariamente en la gracia de Dios. Cada cual tendrá que dar cuenta de su vida ante el tribunal de Dios según la conducta buena o mala que haya observado. “Gaudium et spes” Constitución Pastoral del Concilio Vaticano II 

¿Queremos ser protagonistas libres en nuestra historia, o esclavos de los vaivenes que propone el mundo y el demonio?

No sabemos cuánto tiempo ha dispuesto el Señor para nosotros, no sabemos el día ni la hora, pero lo que sí sabemos es que Dios anhela ese Cielo para nosotros, la felicidad. Y cuando ese día llegue, el día en que estemos cara a cara con el Señor, si fuimos fieles, si nunca dejamos de intentarlo, él nos recibirá con las palabras bellísimas, «¡Bien, siervo bueno y fiel!; en lo poco has sido fiel, al frente de lo mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor» (Mt 25,14-30)

¡Ave María y adelante!

Guadalupe Araya

Publica desde octubre de 2020

"Si de verdad vale la pena hacer algo, vale la pena hacerlo a toda costa", decía el gran Chesterton. Pienso que a eso estamos llamados, a hacer el Bien hasta dar la vida si es necesario; a buscar la Verdad, que nos hace verdaderamente libres; y a manifestar la Belleza a nuestros hermanos, si primero nos hemos dejamos encontrar por esta. ¡No hay tiempo que perder! ¡Ave María y adelante! Argentina, enamorada de la naturaleza, el mate amargo y las guitarreadas. Psicóloga en potencia. La Fe, ser esclava de María, y mi familia, son mis mayores regalos.