¿Qué es el desierto para el cristiano? En ciertas ocasiones nos es fácil asociar el desierto con algo negativo, un lugar donde todo escasea y la vida se torna compleja. No obstante, sin desiertos nuestro crecimiento espiritual se ralentiza, se acomoda al momento, se vuelve soso, sin sentido; sin desierto es fácil creer que vivimos nada más para este mundo, y no para la vida eterna.

Hasta el mismo Jesucristo lo entendió así, el desierto fue la antesala que lo preparó para la prueba más grande de amor que jamás haya conocido la humanidad. 

Hace unos días un amigo me decía “el desierto revela donde tengo el corazón”, justo ahí lo entendí todo, pues es en el desierto donde descubrimos lo esencial de la vida, donde las cosas que creíamos realmente trascendentes pierden su apariencia y se vuelven efímeras. Fue en la belleza del camino al desierto donde José redescubrió que lo esencial para él era Jesús y María

Es en el desierto donde podemos escuchar con más fuerza aquello que grita por dentro, y que por el ruido y las distracciones del mundo no logramos escuchar. Pero transitar por el desierto no es algo sencillo, por ello considero que el camino se vuelve más llevadero si invitamos a un buen amigo a nuestro desierto, como San José.

Cuando se acerca el desierto, me gusta imaginar a Jesús, María y José en la huida a Egipto, sin mayor posesión que la confianza puesta en Dios. 

“Prepárate, toma contigo al niño y a su madre y huye a Egipto; y estate allí hasta que yo te diga. Porque Herodes va a buscar al niño para matarlo”. Él se preparó, tomó de noche al niño y a su madre, y se retiró a Egipto. Mateo 2, 13-15

Entrar al desierto es un acto de fe y de obediencia. ¡Qué gran responsabilidad la de San José! Pues se le encargó ser custodio de los dos más grandes tesoros de Dios: Jesús y María.

No era un viaje sencillo, citando al Padre Donald Calloway: “A Egipto se le conocía por ser tierra de ladrones, rituales, paganos, ídolos y hechiceros. San José no le tuvo miedo a ningún hombre porque Dios estaba con él” agregando a esto, las 40 millas aproximadas de distancia a Egipto y el clima inclemente, entre noches heladas y días con elevadas temperaturas.

En medio del desierto debemos pedir a nuestro amigo y padre San José que nos ayude a custodiar la belleza de Cristo en nuestras vidas, a mantenernos en gracia, a través del terreno difícil de la vida espiritual, a no dejarnos robar a Jesús por las tentaciones cotidianas; a imitar su fortaleza que supo sobreponerse a todo obstáculo humano, tales características son propias solo de un hombre de gran virtud.

Un hombre de prudencia humana jamás se habría levantado de su descanso para huir a Egipto con su esposa e hijo como respuesta a un sueño […] Por el poder del Espíritu Santo, él es un hombre de prudencia sobrenatural que pondera, reza, discierne y actúa; la prudencia lo guía. Con San José, también a ti te guiará la virtud de la prudencia sobrenatural. P. Donald Calloway, Consagración a San José

San José nos invita a vivir la belleza del tiempo de Cuaresma en el silencio, que consiste no en hacer muchas prácticas, sino en hacer cosas pequeñas con un infinito amor, a semejanza del humilde carpintero de Nazaret. Estamos llamados a hacer lo que nos corresponde, de una forma extraordinaria, de tal manera que en ello se evidencie la presencia del Señor.

San José ponía tanto amor en sus labores que el demonio no se atrevía ni asomarse a su taller, pues todo en el justo José hablaba de obediencia a los planes de Dios.

El demonio jamás franqueaba la puerta de su taller. Se sentía confundido y desarmado frente a este hombre humilde. Por listo que fuese, no era capaz de comprender el misterio de quien le parecía a la vez indefenso e inexpugnable. No sabía por dónde atacarle, por donde tentarle. Para tener éxito con un alma, necesita encontrar en ella un mínimo de rebelión, un esbozo del non serviam! Pero este misterioso carpintero parecía tan feliz aserrando troncos de árboles y dando forma a las ruedas de 17 las carretas, que Satanás odiaba hasta el ruido de su martillo y de su sierra, que, a sus oídos, sonaba como una música religiosa. El espectáculo de aquel hombre justo era una tortura para él. Fr Henri -Michel Gasnier, O.P, Treinta visitas al silencioso San José 

Justo así debe encontrarnos el enemigo en medio del desierto, poniendo infinito amor en cada paso, aunque muchas veces nos cueste sangre, sudor y lágrimas.

Al final del camino, con la ayuda de Jesús, José y María, veremos caer los ídolos que hay en nuestro corazón (cfr. Isaías 19, 1). No hay dolor que se quede sin su gozo y de eso sabe mucho nuestro padre San José. San José custodie nuestras virtudes en medio del desierto y las incremente, acercándolas a los corazones de Jesús y María. 

María Paola Bertel

Publica desde mayo de 2019

Investigadora social en formación, pero lo más importante: soy un alma militante, aspirando a ser triunfante. Me apasiona escribir lo que Dios le dicta a mi corazón. Aprendí a amar en clave franciscana. Toda de José, como lo fue Jesús y María.