Del mismo modo que María reflexionó en Su corazón sobre todos los primeros eventos que rodearon a Jesús (cfr. Lucas 2, 19), estamos invitados a contemplar lo que el Espíritu Santo eligió para inspirar y compartir con nosotros con respecto a María, no solo como la Madre de Cristo, sino como Madre nuestra.

María es verdaderamente Madre de Dios porque es la Madre de Jesucristo, Hijo eterno de Dios hecho hombre, que es Dios mismo, como nos dice la Sagrada Escritura. Una verdad de fe vivida por todos los cristianos, desde los primeros tiempos. Las Escrituras pueden pintar el retrato, pero el pincel le pertenece a Dios.

El Espíritu Santo mueve la inspiración más íntima. Una mujer creada, una mujer apartada. Ella se presenta como modelo de castidad, de belleza interior, de humildad y de pureza; la vasija dorada, elegida para llevar la vida más importante que el mundo jamás conocerá.

La Virgen María es nuestra Madre, por voluntad expresa del Señor, pues Él nos la entregó, cuando estaba en la cruz. La maternidad espiritual de María es la relación más sublime de la Virgen con nosotros; por esa relación somos Sus hijos y, por Ella nos sentimos protegidos y amparados. Como nuestra Madre, ¿nos abandonaría alguna vez? Dios la creó. Él la conservó. El la escogió. Él descendió sobre ella. Él creció dentro de ella. Nunca nos abandonaría.

Ella es un ejemplo de lo que es ser discípulo de Jesucristo que escucha la palabra de Dios, la acepta y la pone en práctica; es un modelo perfecto para nosotros, para vivir nuestro discipulado y nuestra apertura al plan de Dios. Ella se abrió a Su voluntad y, aunque no la conocía enteramente, confió en Su providencia y se puso en Sus manos sabiendo que Dios la iba a guiar, la iba a ayudar y a sostener en todos los momentos de Su vida, y por eso para nosotros, que estamos llamados a seguir a Jesús, Ella es un ejemplo claro y vivo de una persona que supo abrirse a este plan de Dios y lo aceptó completamente sin importar las consecuencias.

La Virgen María confió en Dios plenamente, confió en la providencia de Dios; igualmente nosotros como discípulos estamos llamados a eso, estamos llamados a caminar de la mano de Dios, sabiendo que Él nos dirige, que Él nos conduce, que Él va a revelarnos lo que tiene que revelarnos en la medida que vamos caminando por los diferentes momentos de nuestra vida. Y Ella para mí es eso, ese claro ejemplo de cómo debemos vivir nuestra vida cristiana; por eso ella fue el primer discípulo del Señor, la portadora de la Palabra de Dios.

Jesús la escuchó, la amó y la honró por encima de cualquier otro ser. Fue Su ‘sí’ a Dios lo que puso a Sus hermanos y hermanas en el camino correcto. Fue Su ‘fiat’, Su sí, lo que cambió para siempre el mundo. “Hágase en mí según tu voluntad” (Lucas 1, 38). Un ‘sí’ abrió la puerta a la esperanza: esperanza en la salvación, esperanza para la vida después de la muerte y esperanza incluso para los pecadores más miserables.

Personalmente, le he pedido protección a nuestra Madre y Ella ha respondido a mis súplicas. En ocasiones en las que me siento solo o desesperado, Ella viene a mí y me toma en Sus brazos de amor, me consuela y me da las fuerzas necesarias para seguir adelante. Soy Su hijo querido y sé que siempre estará conmigo, en mis oraciones y en mi corazón. La Virgen María me ha ayudado a acércame más a Jesús. La belleza de Su corazón hace que cualquier hijo Suyo, por más lejos que haya estado de la Iglesia, vuelva de nuevo.

Durante años he participado de un grupo mariano en mi parroquia llamado Compañía de la Inmaculada Concepción. Los domingos nos reunimos para rezar el Santo Rosario y compartir en familia. Debido a que ahora me he mudado a la ciudad para estudiar en la universidad, me ha sido difícil seguir participando en el grupo, pero ahora más que nunca siento la presencia de nuestra Madre. Ella acompaña mi caminar y siento que de Su mano las cosas siempre van bien. Ha hecho tantas cosas por mí. Y no solo conmigo, sino también con mi familia, mis amigos y conocidos.

Un buen cristiano también debe ser un buen mariano. Si Dios quiso que Su Madre haya sido llena de gracia, es porque quiso que Su ejemplo de vida prevalezca con el paso del tiempo. Ella fue la esclava del Señor, lo que le hizo merecedora de ser la Reina del Cielo.

Y Cristo nos muestra cómo amarla. Él quiere que la conozcamos, que la admiremos y que la respetemos, así que nos confió a Ella y luego nos la dio a cada uno de nosotros. Él quiere que sepamos y experimentemos el amor que solo una Madre puede dar, que solo Su Madre, la Madre de Dios, creada y elegida por Dios, puede dar.

Así como nuestra Santísima Madre refleja la luz de Jesús más radiante y más plenamente que cualquier otro ser humano en la historia, también estamos llamados, como hijos de nuestra Santísima Madre, como hijos de la luz, a reflejar e irradiar el amor, la belleza y el Corazón de Cristo para todo el mundo.

Y es bajo esta la luz que realmente nos convertimos en hermanos y hermanas, hijos e hijas, que nos convertimos en la familia de Dios. Fuimos formados, diseñados y creados para ser una familia santa, agradable y perfecta, encontrando el amor del Bendito Padre, Su Bendito Hijo y de nuestra Bendita Madre.

La Virgen María es luz. En Sus manos de amor, la Virgen María nos enseña el camino correcto para llegar a su hijo Jesucristo, la belleza de Su corazón nos ayuda a seguir los pasos del Señor. Su súplica constante y sincera es el remedio para los enfermos y pecadores arrepentidos, consuelo para los afligidos. Ella nos lleva de las manos hasta el Señor, Su vida guía nuestra vida a su Hijo Amado. Por María somos dignos del perdón de Dios. A Jesús se llega por María.

Abner Xocop Chacach

Publica desde septiembre de 2019

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Joven guatemalteco estudiante de Computer Science. Soy mariano de corazón. Me gusta mucho perderme en Google y jugar con el dinosaurio cuando me quedo sin internet.