Es imposible concebir al hombre como ser creado para vivir en soledad. Ya en los albores del pensamiento filosófico se comprendía al hombre como un ser que se desarrolla en sociedad, tal y como se expresa en la frase atribuida a Aristóteles “El hombre es un ser social por naturaleza”, pues la formación integral del ser humano se da gracias a la interrelación con sus semejantes. Desde las labores más básicas, hasta en las más complejas, necesitamos a los otros para coexistir.

No obstante, la belleza de la vida en sociedad, a través de la historia, se ha visto permanentemente mancillada por los intereses individuales y los deseos desordenados del corazón del hombre, pues la concupiscencia es una compañera de vida que debemos aprender a someter para evitar que los deseos de poder y de tener corrompan nuestras relaciones interpersonales.

Así, al ser un ser social, el hombre está en continuo contacto con su entorno inmediato y con las personas insertas en éste. Y aunque, como se ha expuesto en los párrafos anteriores, el ser humano debe parte de su desarrollo como persona a ciertas dinámicas sociales, corre el riesgo de considerar este aspecto como lo único relevante en su vida, descuidando de esta forma otros aspectos inherentes a su naturaleza espiritual, como la vida interior.

Cuando vivimos netamente para dar rienda suelta a nuestra cualidad social, nos olvidamos de la belleza que reside en nuestro interior, de nuestro valor como criaturas pensadas desde la eternidad. Por lo tanto, al creer que somos seres exclusivamente sociales, le damos más preponderancia a lo exterior, a lo que se ve, lo que nos lleva a compararnos con los demás, a la tendencia de ver aquello que nos falta y lo que el otro tiene.

Las redes sociales son el instrumento que ha agudizado este fenómeno, pues son el espacio propicio para mostrar “vidas perfectas y felices”, sin tacha de imperfección. Hemos idealizado las vidas ajenas, y descuidado la belleza del tesoro que se nos ha dado a cada uno, como seres únicos e irrepetibles. Gastamos tiempo valioso, mirando y soñando lo que queremos: esa pareja “goals”, la casa de los sueños, el trabajo estable, el viaje a Europa, entre muchas otras cosas, desconectándonos así de lo que somos, de nuestra realidad.

Para el hombre postmoderno es más fácil mirar hacia afuera que parar un momento y apreciar todo aquello con lo que ha sido dotado interiormente, pues fue educado para  mirar con desdén su naturaleza espiritual. “El mundo de las ideas” del que habla Platón toma vigencia con este fenómeno de la idealización.

Vivir vidas inventadas, como mecanismo de escape de la realidad, produce una profunda ruptura con lo que somos y con las personas cercanas. Y es que el estado constante de comparación produce frustración, ansiedad y depresión ante la imposibilidad de conseguir lo que el otro presume.

Ante esta problemática social tan común en nuestros días debemos adoptar una posición crítica acerca de lo que consumimos, cuestionarnos para reconocer si nos edifica o nos hace caer en comparaciones odiosas. Debemos tener presente que todo aquello que denominamos problema social es primero un problema de la persona, pues todo pensamiento, discurso o acto tiene fundamento en lo que cargamos en el corazón.

Llamar sociales a los problemas que dependen de la naturaleza del hombre, sólo sirven para fingir que podemos resolverlos. Nicolás Gómez Dávila, Escolios para un texto implícito

La idealización nos roba nuestra propia belleza e identidad, queriéndola reemplazar por lo que el mundo considera como bueno e ideal. El concepto de éxito muchas veces no es más que una trampa del mundo para distraernos de lo que verdaderamente vale la pena y la vida misma: gastar la vida por el Reino de los Cielos. Pidámosle al Señor la gracia de un corazón agradecido y conforme con lo que nos regala día tras días, pues todo lo ha dispuesto para nuestra salvación.

María Paola Bertel

Publica desde mayo de 2019

Investigadora social en formación, pero lo más importante: soy un alma militante, aspirando a ser triunfante. Me apasiona escribir lo que Dios le dicta a mi corazón. Aprendí a amar en clave franciscana. Toda de José, como lo fue Jesús y María.