Todos en algún momento de nuestras vidas, atravesamos momentos difíciles. Momentos que se tornan tan oscuros que nos nublan. Y nos preguntamos: ¿qué hago?

La respuesta puede ser sencilla y a la vez compleja: tener esperanza.

Si hablamos en lenguaje técnico, la palabra “esperanza” se deriva de la palabra “esperar”, que viene del latín “sperare”.

La esperanza es la aceptación de los bienes futuros. San Antonio de Padua

Pero, ¿qué es realmente entonces lo que esperamos?

Cuando las situaciones que nos rodean se complican y las cosas se salen de nuestro control por completo, tendemos a entrar en un estado de tristeza, desolación y desanimo; pero es justamente en esos momentos donde la esperanza puede manifestarse.

Con todo, la belleza de la esperanza no solo se manifiesta en momentos difíciles, sino también cuando, como seres humanos que somos, nos planteamos metas que esperamos cumplir; siempre es la que nos impulsa a seguir caminando y no desfallecer.

Aun así, como cristianos, debemos preguntarnos realmente: ¿dónde tengo puesta mi esperanza?

¿Por qué estoy desconsolado? ¿Por qué me siento angustiado? Esperaré en Dios y le daré gracias de nuevo porque Él es mi salvador y mi Dios. Salmo 42, 12

Nuestra esperanza nace siempre de nuestra relación con Dios, y esta misma se fortalece por medio de la fe y de la confianza a pesar de las circunstancias adversas, pues es cuando debemos creer fervientemente que Dios obra siempre para nuestro bien.

Empezar a nutrir realmente nuestra esperanza, es confiar día con día en que Dios es capaz de hacer nuevas todas las cosas independientemente de las circunstancias o de nuestro pasado.

La sobrenaturalidad y belleza de esta virtud teologal es la que nos hace realmente anhelar los bienes del Cielo, y por consiguiente nuestra propia salvación por los méritos de Cristo Jesús.

La fe se refiere a las cosas que no se ven, y la esperanza a las cosas que no están al alcance de la mano. Santo Tomás de Aquino

Pero un mundo donde la vanidad y el egocentrismo se promueven libremente, incluso a nosotros como cristianos, nos puede hacer caer en el error de creernos autosuficientes y tener más fija nuestra esperanza en nuestras capacidades que en Dios.

No es que sea malo sabernos capaces de muchas cosas, pero hay que tener claro que realmente lo que tenemos y lo que somos es dado por la gracia divina del Espíritu Santo, quien es Dios, uno y trino.

Sin embargo, ¿cómo es que podemos mantener la esperanza aun en la calamidad? Para entender esto un poco más, quiero invitarte a leer el artículo de mi colega Diego Quijano.

“Mirar a Cristo en tiempos hostiles”

Centrando nuestra esperanza en Cristo, es como la mantenemos firme e invencible aun cuando el mundo se mantenga en apagar su belleza. Es entonces cuando la oscuridad que se propaga camuflada de desanimo, depresión y desolación, se ve disuelta con la luz de esta virtud que se manifiesta con Jesús.

¿Difícil? Puede serlo muchas veces. Pero también es gracias a Jesús y el amor eterno de Dios que encontramos en María la luz de la esperanza para mantenernos firmes en la tempestad.

Debemos aprender a no tener miedo, recuperando un espíritu de esperanza y confianza. La esperanza no es un vano optimismo, dictado por la confianza ingenua de que el futuro es necesariamente mejor que el pasado. Esperanza y confianza son la premisa de una actuación responsable y tienen su apoyo en el íntimo santuario de la conciencia, donde el hombre está solo con Dios. San Juan Pablo II — Discurso ante la ONU, 5 de octubre de 1995

Hemos de orar y pedir al Espíritu Divino, para realmente no confundir esta virtud teologal con la necesidad de alcanzar las cosas terrenales, sino para siempre anhelar la vida eterna.

Porque aun cuando vivimos en una sociedad donde tener fe y esperanza puestas en Dios es considerado como algo sin sentido, es también lo que nos mueve día a día para iluminar el mundo, como Cristo mismo nos mandó.

César Retana

Publica desde septiembre de 2019

Canto para Dios por vocación. Licenciado en Diseño Gráfico. Tengo 26 años y 18 siguiendo a Jesús. Me gusta compartir el amor que Dios me tiene con los que me rodean. Soy salesiano y me gusta sonreír.