¿Qué es lo bueno y lo bello? Parece que en nuestros días la respuesta a esta cuestión está dada por aspectos subjetivos. La belleza y la bondad han pasado a depender de la percepción de quien lo mira, de su propia construcción histórica, psicológica o social, más que de parámetros dados o previamente establecidos.

El culto a lo feo es lo de hoy, como queda evidenciado en las modas, en el cine, en la música, en el arte, en todas partes, desfigurando de esta manera nuestras relaciones sociales e interpersonales, aunque a simple vista no encontremos correlación.

Es un problema con raíces claramente antropológicas, que se remite a los inicios de la historia del hombre, por más que hoy se perciba como un problema posmoderno. Es sencillo: el hombre se ha alejado de su belleza y de su bondad original, y a medida que avanza su historial esta ruptura se hace más exterior, más palpable.

Por la Sagrada Escritura conocemos que el hombre fue hecho a imagen y semejanza de Dios (cfr. Génesis 1, 26), y que, por lo tanto, el hombre original participa de las virtudes de su Creador, Quien es la Bondad y la Belleza misma. No obstante, al alejarse de Dios por el pecado, el hombre ha perdido el resplandor original con el que fue creado, ha sido despojado de la belleza y la bondad. 

Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza. Que tenga autoridad sobre los peces del mar y sobre las aves del cielo, sobre los animales del campo, las fieras salvajes y los reptiles que se arrastran por el suelo. Génesis 1, 26

Así, por analogía comprendemos que los pecados deforman la naturaleza del hombre, lo alejan de su propósito, haciéndolo una criatura diferente. Pero Dios, en Su inmensa misericordia y como manifestación de Su amor por la humanidad, quiso restituir la belleza y la bondad original del hombre, enviando para ello al Hombre más bello que la creación entera ha visto, Nuestro Señor Jesucristo.

Sin embargo, la belleza de Jesucristo no se queda en un mero sentido estético o exterior. El Hijo de Dios es bello porque participa plenamente de la belleza de Su Padre, Él es también la Belleza y la Bondad misma.

De este modo, el arte cristiano se encuentra hoy (y quizás en todos los tiempos) entre dos fuegos: debe oponerse al culto de lo feo, que nos induce a pensar que todo, que toda belleza es un engaño y que solamente la representación de lo que es cruel, bajo y vulgar, sería verdad y auténtica iluminación del conocimiento; y debe contrarrestar la belleza falaz que empequeñece al hombre en lugar de enaltecerlo y que, precisamente por este motivo, es mentira. La contemplación de la belleza, Papa Emerito Benedicto XVI

Resulta paradójico meditar acerca de cómo la Belleza misma se encarnó para salvar al hombre de la fealdad del pecado, como incluso Él estuvo dispuesto a despojarse por completo de su belleza física para restituirnos la belleza original: sólo mediante la Cruz el hombre recobra la belleza y la bondad original, pues el sacrificio de Jesús en la Cruz ha borrado la inmensidad de nuestros pecados. 

Así, la Cruz también nos invita a encontrar la Belleza en la entrega por el hermano, en el sacrificio que nos une a la Cruz de Cristo, que eleva el concepto de amor, que, más que un mero romanticismo, es hacerse don para el otro.

El corazón del cristiano debe tener presente siempre esta gran realidad espiritual: nuestros pecados desfiguran a Jesús, le roban Su belleza, deforman Su Santa Faz. Por el contrario, mediante la práctica de las virtudes somos partícipes de la belleza de Cristo, que nos lleva a la contemplación de la Verdad.

[…] no sólo la belleza exterior con la que aparece el Redentor es digna de ser glorificada, sino que en él, sobre todo, se encarna la belleza de la Verdad, la belleza de Dios mismo, que nos atrae hacia sí y a la vez abre en nosotros la herida del Amor, la santa pasión («eros») que nos hace caminar, en la Iglesia esposa y junto con ella, al encuentro del Amor que nos llama. La contemplación de la belleza, Papa Emerito Benedicto XVI

La auténtica belleza, lo auténticamente bueno nos remite a Dios, nos eleva a buscar los bienes eternos, a no quedarnos en lo pasajero. La Belleza es objetiva, la Belleza es una persona, la Belleza es Cristo. Demos gracias a Dios por habernos restituido nuestra belleza.

María Paola Bertel

Publica desde mayo de 2019

Investigadora social en formación, pero lo más importante: soy un alma militante, aspirando a ser triunfante. Me apasiona escribir lo que Dios le dicta a mi corazón. Aprendí a amar en clave franciscana. Toda de José, como lo fue Jesús y María.