El amor verdadero es heroico y bello, pero difícil. El amor casto es estar entero, estar de verdad en todo lo que hacemos, meta difícil. Nadie se queda en lo bajo de una montaña pudiendo subir hasta la cima, nadie construye una catedral sin esfuerzo, nadie espera tener el trabajo de sus sueños sin sacrificio; son caminos cuidados, pasos pensados… Si vemos tan claro estas dificultades y las valoramos, ¿por qué debe ser distinto respecto al amor?

La castidad es tener mirada pura, es una vida en la que los gestos no mienten y todo es auténtico. Porque nuestros gestos tienen mucha importancia, no sólo son impulsos La gracia sobrenaturaliza nuestros gestos para que sean portadores de la presencia personal, que cada uno esté implicado de verdad en ellos. La lujuria, por el contrario, es una sustracción de la presencia personal, pues solo es soporte de sensaciones que queremos vivir.

La mirada casta nos devuelve al Paraíso, nos libera de la ceguera, nos retorna a los tiempos anteriores al pecado original y vemos al otro tal y como es, todo él como rostro y persona, creado a imagen y semejanza de Dios.
El cuerpo es templo del Espíritu Santo, es el amor subsistente de Dios en el hombre. Por lo tanto debo glorificar a Dios a través de él. Sólo cuando Cristo entrega a los esposos son dignos de entrar en el templo del otro, ya que Él es nuestro dueño, no nosotros.

Glorificad a Dios con vuestro cuerpo. 1 Corintios, 6 20

Cuando el cuerpo es un templo y se utiliza con santidad y honor, se vive en él un misterio que refleja el amor de Dios por el hombre. Por ello no está el asunto en que uno quiera entregarse al otro, pues uno mismo no es dueño de sí, somos de Dios, que protege nuestra entrega. Él nos hace portadores de su misterio, regalándonos la capacidad de crear vida, un don que ni los ángeles tienen.
El ángel es imagen de Dios en su unidad, y el hombre es imagen de Dios en su unitrinidad, en el reconocimiento de la alteridad.
Dios es comunión, establece una alianza con el hombre, una alianza significa caminar juntos, siempre. La alianza es fiel, espiritual y corporal, indisoluble y fecunda. La unión conyugal es reflejo de esto, pues son dos seres personales que entran en relación y se unen en el diálogo, la palabra, la vida, la misión, las ilusiones, los deseos, los proyectos…

Como un joven se casa con su novia,
así te desposa el que te construyó;
la alegría que encuentra el marido con su esposa,
la encontrará tu Dios contigo.

Is 62,5

La moral cristiana solo tiene sentido vivirla si sabemos lo que Cristo ha hecho por nosotros. Su amor de donación, su entrega incondicional por amor, su sentido eucarístico de permanecer en una forma corpórea para que materialmente lo tengamos en nuestro interior. El amor debemos entenderlo como caridad, como ágape, como entrega. Es decir, la caridad purifica el deseo erótico, lo sobrenaturaliza.

Ser casto no es ser puritano, no censurar, es saber mirar. Los limpios de corazón no son los que siguen unas normas represoras sino aquellos que en cuanto que entienden realmente el sentido del amor, sienten mucha mayor atracción hacia una sexualidad casta, porque se corresponde más con su alma.

Muchos se pueden preguntar cuáles actividades concretamente forman parte de un noviazgo casto y cuales no. La verdad es que una mirada pura no necesita normas concretas. Pensar en un límite es como pensar hasta donde puedo exponer a la persona amada en el borde de un precipicio sin matarla. Todo lo que ayuda a la espera es bienvenido, pero aquello que no, necesita tiempo. Si hay amor, nos protegeremos el uno al otro de nuestras debilidades. Es acompañarse en seguir un tipo de mirada, no una lista de normas.

Es evidente que nuestra sociedad no favorece que tengamos una mirada limpia, y continuamente se nos dan imágenes contradictorias sobre qué es el sexo, pues a la vez que lo ensalzan lo humillan. La sexualidad no es un regalo para tenernos entretenidos, es un don para darse al otro. Es realizador del ser humano, para que dentro del matrimonio, donde van a ser educados nuevos hijos, nueva humanidad, haya realmente la unión entre los dos esposos.

El amor es elegir un corazón, no un repertorio de prestaciones sensoriales, es elegir a un ser único, personal e irrepetible, que está ante Dios, ante la vida, ante los demás de una manera única y determinada. Es decirle a alguien “Yo quiero hacer alianza contigo por el carácter único que intuyo en ti y la alianza que quiero establecer contigo para llegar a Dios. Por ello un noviazgo casto es guardián de un matrimonio feliz, porque fortalece a las dos partes y somete sus deseos a un ideal mayor. El amor puede esperar para dar, pero la lujuria no sabe esperar para tomar. 

Amad a vuestras mujeres como Cristo amo su Iglesia y entregó su vida por ellas, para consagrarla. Efesios 5, 25-26

En el matrimonio se entregan libremente el corazón y la vida. La castidad implica reconocer la debilidad, no es que haya que creerse ángeles, hay que confiar en la misericordia de Dios.

Debemos ver el reflejo de la eternidad en el encuentro conyugal, el sentido metafísico de la unión de dos misterios. La belleza hay que custordiarla, hay que apreciarla conforme a su dignidad ya que la admiración hacia la belleza humana es reflejo del misterio del logos, pues como aparece en San Juan, ‘la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros’ (Jn 1, 14).
Por otra parte, hay dos tipos de atractivos, la mujer que logra que un chico gire su cabeza o la que logra que de la vuelta a su corazón.
Recomiendo leer la Carta Apostólica de Juan Pablo II, Mulieris Dignitatem, sobre la dignidad y la vocación de la mujer; la obra de Gertrud Von Le Fort La mujer eterna y escuchar el testimonio de Eduardo Verástegui.

El corazón no es de quien lo rompe sino de quien lo repara. Mons. José Ignacio Munilla

La grandeza de la castidad la cuida la Misericordia, pues solos no podemos conservar limpio el corazón, necesitamos confesión, Eucaristía y a la Virgen María. Mayo del 68 y el puritanismo vitoriano caen en el mismo error, un dualismo que no entiende que Dios nos ha dado una naturaleza de alma y cuerpo, y que Él se encarga de redimirnos. La Eucaristía en su entrega a nosotros, es un encuentro personal de donación, entra en nuestro corazón y nosotros lo recogemos con reverencia. Pues igual se ha de vivir el acto conyugal, conscientes del misterio y la grandeza de la donación, la entrega y la unión.

G. Belmonte

Publica desde marzo de 2019

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De mayor quiero ser juglar, para contar historias, declamar poemas épicos, cantar en las plazas, vivir aventuras... Era broma, solo soy aspirante a directora de cine mientas estudio Humanidades y disfruto con todo aquello que me lleva Dios.