La siguiente frase sencilla, de una película que veía de chica, guarda muchas aplicaciones, realmente esconde bellezas: “Ohana Significa familia. Y la familia nunca te abandona, Ni te olvida.”

Todos sabemos de antemano que no existen, ni lo han hecho, ni existirán jamás familias perfectas. Hay momentos de gozo, de compartir, de abrir el corazón, y otros de comentarios hirientes, de malas caras, de rencores, pero eso no quiere decir que “la familia sea mala”, como institución, como proyecto, como obra de amor; todo eso que nombramos sólo evidencia que “las familias están compuestas, conformadas, por humanos: seres perfectamente imperfectos

Esto no debemos usarlo de excusa, concientizarnos de nuestros errores no sirve para justificarnos con la típica “yo soy así, y no voy a cambiar, no me importa si lastimo”, sino para saber dónde hay que esforzarse o trabajar un poco más, porque ahí “aprieta el zapato” y caemos con más facilidad.

Todo radica en el “Nosce te ipsum”, “conócete a ti mismo” (que estaba inscrito en el pronaos del templo de Apolo en Delfos, Grecia) para poder ser comprensivo y misericordioso con los demás, simplemente porque sabemos que a nosotros también nos cuestan ciertas virtudes más que otras, y sólo conociéndolas podemos poner remedio con ayuda de la gracia. Y claro, todo lo bueno acrecentarlo con la gracia igualmente.

Todos necesitamos que nos tengan paciencia, que nos perdonen, que nos amen a pesar de todo, que nos den un buen consejo, una ayuda, una palabra de aliento, un abrazo donde sentirnos seguros, protección, escucha, una compañía consoladora, y tantas cosas más; lo mismo que esperamos y requerimos, de nuestra familia en este caso, podemos y debemos brindarlo. ¡El ejemplo contagia y enseña más que las palabras y reproches!

Muchas veces miramos únicamente cómo son los demás con nosotros, para bien o para mal, como nos tratan, miran, etc. Pero… ¿reflexionamos en cómo estamos siendo en nuestra familia, con sus integrantes, en lo que estamos aportando?, ¿ponemos nuestra persona, con todo lo que le es propio, por el bien y el crecimiento integral de los que forman parte de nuestra familia, por esa comunidad que formamos?

En el año 1994, un gran Papa, santo, escribía en una carta llamada “Gratissimam sane”, introduciendo con una alusión a otro escrito donde trataba sobre los diferentes caminos del hombre: “Entre los numerosos caminos, la familia es el primero y el más importante. Es un camino común, aunque particular, único e irrepetible, como irrepetible es todo hombre; un camino del cual no puede alejarse el ser humano. En efecto, él viene al mundo en el seno de una familia, por lo cual puede decirse que debe a ella el hecho mismo de existir como hombre.

Cuando falta la familia, se crea en la persona que viene al mundo una carencia preocupante y dolorosa que pesará posteriormente durante toda la vida. La Iglesia, con afectuosa solicitud, está junto a quienes viven semejantes situaciones, porque conoce bien el papel fundamental que la familia está llamada a desempeñar. Sabe, además, que normalmente el hombre sale de la familia para realizar, a su vez, la propia vocación de vida en un nuevo núcleo familiar.

Incluso cuando decide permanecer solo, la familia continúa siendo, por así decirlo, su horizonte existencial como comunidad fundamental sobre la que se apoya toda la gama de sus relaciones sociales, desde las más inmediatas y cercanas hasta las más lejanas. ¿No hablamos acaso de «familia humana» al referirnos al conjunto de los hombres que viven en el mundo?

Mantener una familia feliz requiere mucho tanto de los padres como de los hijos. Cada miembro de la familia tiene que convertirse, de una manera especial, en siervo de los demás. San Juan Pablo II

La familia tiene su origen en el mismo amor con que el Creador abraza al mundo creado, como está expresado «al principio», en el libro del Génesis (1, 1). Jesús ofrece una prueba suprema de ello en el evangelio: «Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único» (Jn 3, 16). El Hijo unigénito, consustancial al Padre, «Dios de Dios, Luz de Luz», entró en la historia de los hombres a través de una familia: «El Hijo de Dios, con su encarnación, se ha unido, en cierto modo, con todo hombre. Trabajó con manos de hombre, …amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de nosotros, en todo semejante a nosotros excepto en el pecado».

Por tanto, si Cristo «manifiesta plenamente el hombre al propio hombre» lo hace empezando por la familia en la que eligió nacer y crecer. Se sabe que el Redentor pasó gran parte de su vida oculta en Nazaret: «sujeto» (Lc 2, 51) como «Hijo del hombre» a María, su Madre, y a José, el carpintero. Esta «obediencia» filial, ¿no es ya la primera expresión de aquella obediencia suya al Padre «hasta la muerte» (Flp 2, 8), mediante la cual redimió al mundo?

El misterio divino de la Encarnación del Verbo está, pues, en estrecha relación con la familia humana. No sólo con una, la de Nazaret, sino, de alguna manera, con cada familia, análogamente a cuanto el concilio Vaticano II afirma del Hijo de Dios, que en la Encarnación «se ha unido, en cierto modo, con todo hombre».” 

Vemos que las relaciones familiares se lastiman o rompen, los hijos van contra los padres, o los padres desatienden a sus hijos; lo triste es que hay egoísmo, muchas veces orgullo, y renuncia a perdonar o disculparse.

En el designio de Dios Creador y Redentor, la familia descubre no sólo su «identidad», lo que «es», sino también su «misión», lo que puede y debe «hacer». El cometido, que ella por vocación de Dios está llamada a desempeñar en la historia, brota de su mismo ser y representa su desarrollo dinámico y existencial. Toda familia descubre y encuentra en sí misma la llamada imborrable, que define a la vez su dignidad y su responsabilidad: familia, ¡«sé» lo que «eres»! San Juan Pablo II. Exhortación Apostólica “Familiaris consortio”

Algo increíble de estos escritos del Papa es que llenan de esperanza, de ánimo, de luz. Enseñan que no tenemos que repetir historias, que el cambio es posible, paso a paso, y con ayuda. Las directrices son concretas, para que podamos seguirlas. La contemplación de la Sagrada Familia de Nazaret nos enseña que el silencio, el servicio, el amor genuino, la humildad, la escucha, entre otras acciones y actitudes, son pilares en esta obra.

El lugar donde nacen los niños y mueren los hombres, donde la libertad y el amor florecen, no es una oficina ni un comercio ni una fábrica. Ahí veo yo la importancia de la familia. Gilbert Keith Chesterton

A veces podemos temerle a esta gran empresa, que es la familia; allí los desafíos son constantes, pero la paz que se puede alcanzar es verdaderamente profunda, allí puede haber momentos difíciles, como dijimos, pero nos respalda un buen equipo, allí podemos experimentar roces y tensiones, carcajadas y silencios.

Allí, el amor es posible, es real, aunque se manifieste en gestos pequeños, como el hecho de que alguien te ayude a lavar los platos o te limpie el cuarto, haga unas galletas o corte el césped. La belleza de esto radica en que no tienen que ser siempre grandes cosas, sino pequeñas, cotidianas, sencillas, pero con el mayor amor posible, siempre buscando el bien.

Estimados lectores, dispongámonos a manifestar el Amor, el Bien a nuestra familia, a comunicar la Verdad y a transmitir la Belleza, a esa pequeña comunidad que es nuestro primer apostolado, el “primer prójimo” como escuché a alguien decir. ¡Ave María y adelante!

Guadalupe Araya

Publica desde octubre de 2020

"Si de verdad vale la pena hacer algo, vale la pena hacerlo a toda costa", decía el gran Chesterton. Pienso que a eso estamos llamados, a hacer el Bien hasta dar la vida si es necesario; a buscar la Verdad, que nos hace verdaderamente libres; y a manifestar la Belleza a nuestros hermanos, si primero nos hemos dejamos encontrar por esta. ¡No hay tiempo que perder! ¡Ave María y adelante! Argentina, enamorada de la naturaleza, el mate amargo y las guitarreadas. Psicóloga en potencia. La Fe, ser esclava de María, y mi familia, son mis mayores regalos.