Recuerdo que de pequeña no era la más sociable de mi grupo, en realidad ni medianamente sociable, me costaba mucho entablar una relación de amistad con mis compañeritos del colegio, parecía que no encajaba con ellos, pues eran muy diferentes a la niña callada que siempre estaba quieta y nunca generaba problemas, cosa extraña a esa edad.

Fui creciendo y con el tiempo las cosas no cambiaron mucho, los que en ese entonces podía considerar amigos eran contadas dos personas. Veía a otros chicos de mi edad y de cierta forma me daban ganas de ser como ellos, socializar fácilmente, tener un montón de amigos con los que hacer planes, pero no era así, mi temperamento calmado parecía alejarlos.

Entre más crecía más anhelaba la belleza de una amistad verdadera, que buscara algo más allá de copiarse de mi tarea, o algún otro interés. Le pedía a Dios desde lo más profundo de mi ser que ese amigo llegara, esa persona que realmente me quisiera por lo soy, más que por lo que tengo o por lo que pueda llegar a hacer.

Nunca me di cuenta que para lograrlo, primero tenía que aprender a ser una amiga; y para ello no hay mejor modelo que Jesucristo. Fue hasta hace pocos años que descubrí que siendo reflejo de ese Dios-amigo, que se hace humano por amor a mí, yo podía llegar a ser también ese amigo que buscaba en otros y no encontraba; debía crecer en la relación con Jesús, nuestro primer mejor amigo.

Así fue como descubrí que la amistad es servicio, pero no un servicio como lo comprende el mundo, del que obtienes un interés; es ante un servicio que nace de la caridad con el hermano, un refugio en los momentos de tribulación, un alma que se alegra con tu felicidad.

San Agustín decía que no hay amor más santo que el de un auténtico amigo, quienes gozamos en la tierra de ese amor sabemos que poseemos una gran fortuna, incomparable con las grandes riquezas materiales.

La amistad es tan verdadera y tan vital que en el mundo no se puede desear nada más santo y ventajoso San Agustín de Hipona

La belleza de la amistad resplandece tan fuerte que hasta el mismo Dios hecho hombre se conmovió hasta las lágrimas frente a la muerte de uno de sus más cercanos amigos, dolor que se transforma en milagro, cuando Cristo resucita a su amigo Lázaro. Justo así es el don de la amistad, capaz de hacer milagros en nuestra cotidianidad, cambiando de un segundo a otro la tristeza en alegría.

Jesús se conmovió entre lágrimas. Los judíos comentaron entonces: «¡Mirad cómo le quería!» Juan 11, 35-36

Pero ser amigo va más allá de ser condescendiente en todo momento con el otro, pues quien ama de verdad corrige, a semejanza del Señor (Hebreos 12, 6).

El buen amigo te ayuda a crecer, especialmente en lo espiritual, y es custodio de tu corazón, te reprende cuando te ve cerca al abismo del pecado: el buen amigo comprende que ahí donde está tu tesoro está tu corazón (Mateo 6, 21), te acompaña a vendar tus heridas, evitando a toda costa lastimar tu corazón. El amigo que te ama desinteresadamente te acompaña al pie de tu cruz, como Juan acompañó a Jesús.

En el mundo es necesario que quienes se dedican a la práctica de la virtud se unan con una santa amistad, para exhortarse mutuamente y mantenerse en estos santos ejercicios San Francisco de Sales

Conectar de tal manera con las almas es, en definitiva, un don de Dios, un regalo del cielo. Pues la belleza de la fe se mantiene ardiente en comunidad, aún más cuando creamos fuertes vínculos de amistad con el hermano, sosteniéndose mutuamente firmes a través de la oración.

Te invito a que compartas este artículo con esas almas amigas que consideras un tesoro de Dios en tu vida, de seguro les sacarás una sonrisa y también ellas agradecerán este don hermoso y sublime que nos hace al regalarnos la amistad con nuestros hermanos.

María Paola Bertel

Publica desde mayo de 2019

Investigadora social en formación, alma militante, llamada a servir por amor. Me apasiona escribir lo que Dios le dicta a mi corazón. Aprendí a amar en clave franciscana. ¡A Jesús por María y José!