Los tiempos cambian, para nadie es un secreto. ¿Pero qué es realmente lo que cambia? O mejor, ¿habrá algo que permanezca inamovible con el paso del tiempo? Nuestra forma de concebir el mundo y la manera en que nos relacionamos con los demás de seguro es muy distante de la que tenían los hombres de unos siglos atrás.

Tal parece que el hombre se ha vuelto producto de su tiempo o de las ideologías del momento, asunto peligroso, si nos detenemos a pensar que nuestra identidad de seres humanos está exclusivamente determinada por una construcción histórica, social o cultural.

En nuestros días, cuando la verdad aparece como una utopía o una antigüedad sin valor, el ser humano camina sin rumbo hacía su propia destrucción, alejándose cada vez de su belleza original, de su identidad como criatura amada y pensada desde la eternidad.  

Sólo la Iglesia Católica puede salvar al hombre ante la destructora y humillante esclavitud de ser hijo de su tiempo. G. K. Chesterton

Y aunque somos seres inmersos en una compleja realidad cambiante, o eso nos quieren hacer creer, las preguntas que interpelan la existencia del hombre siempre han sido las mismas.

Me llama mucho la atención la escena de Jesús frente a Poncio Pilato cuando éste lanza la pregunta “¿Qué es la verdad?” (cfr. Juan 18, 38). Después de más de 2000 años seguimos haciéndonos la misma pregunta, y al no encontrar más que silencio frente a esta cuestión, como Pilato ante Jesús, el hombre ha decidido ser creador de su propia “verdad”.  

Tal vez la única respuesta que necesitamos para resolver este interrogante ya está dada: el silencio. Pero no tenemos el corazón dispuesto para adentrarnos en la belleza de este misterio.

El sumo bien del hombre es el conocimiento de la verdad suma. Santo Tomás de Aquino

La verdad no es algo circunstancial o acomodado al interés individual. Volviendo a la discusión inicial, el hombre ha convertido su existencia en una suma de eventos que no lo hacen trascender en la identidad de su ser. ¿No será que el hombre está para algo más que la mera vivencia de eventos consecutivos? 

Lo mismo sucede en la vivencia de la fe. Vivimos los tiempos litúrgicos sin profundizar en lo que realmente significan, sin renunciar a aquello que nos impide la auténtica conversión.

Quizá uno de los tiempos más preponderantes para la vida del cristiano, y que debe recuperar su belleza, es la Semana Santa. En la época del pensamiento líquido, hace falta volver la mirada hacia lo eterno, hacia aquello que realmente da sentido y plenitud a nuestra existencia, pues el camino de la Cruz es el mismo camino de la existencia humana. El hombre no puede ser encontrado por la verdad si no se atreve a andar por el sendero recorrido por la Verdad hecha Hombre: Jesucristo (cfr, Juan 14, 6).

La pasión, muerte y resurrección de Jesús no es un asunto ajeno; éstas son también las realidades a las que como hijos de Dios estamos llamados. En el mundo de la comodidad, de la verdad a medias, de lo instantáneo, el camino de la Cruz es revolución, en palabras del Papa Francisco:

¿Qué es lo que más sorprende del Señor y de su Pascua? El hecho de que Él llegue a la gloria por el camino de la humillación. Él triunfa acogiendo el dolor y la muerte, que nosotros, rehenes de la admiración y del éxito, evitaríamos. Papa Francisco, Homilía domingo de ramos 2021

Así, la Semana Santa nos recuerda nuestra llamada e identidad como persona. Que este tiempo especialísimo trascienda en nuestro corazón para que en todo momento tengamos presente la pasión, muerte y resurrección de Quien nos amó primero y nos espera desde la eternidad.

María Paola Bertel

Publica desde mayo de 2019

Investigadora social en formación, pero lo más importante: soy un alma militante, aspirando a ser triunfante. Me apasiona escribir lo que Dios le dicta a mi corazón. Aprendí a amar en clave franciscana. Toda de José, como lo fue Jesús y María.