El libro de los Hechos de los Apóstoles en el capítulo 4, versículo 32, dice que aquella comunidad cristiana tenía “un solo corazón y una sola alma”; los primeros cristianos entendían y vivían a plenitud la belleza del mandamiento del amor, eran uno con Cristo, un mismo cuerpo.

En nuestros días, llegar a tal unidad parece utópico; la división, incluso dentro de la Iglesia, es demasiado evidente. El semejante ya no es visto como aquel miembro necesario para garantizar la integralidad del cuerpo, más bien es percibido como algo distinto, como una amenaza, como enemigo. Al notar esta realidad, y meditando el pasaje de los Hechos de los Apóstoles, surge la inquietud: ¿cómo podemos los cristianos volver a tener un solo corazón y una sola alma? Las pistas que dan respuesta a esta pregunta se encuentran en las palabras y acciones de Nuestro Señor, en la tradición legada a los Apóstoles.

La copa de bendición que bendecimos, ¿no es comunión con la sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es comunión con el cuerpo de Cristo? Así, siendo muchos formamos un solo cuerpo, porque el pan es uno y todos participamos del mismo pan. 1 Corintios 10, 16-17

De acuerdo al Catecismo de la Iglesia Católica, la Comunión es el sacramento por medio del cual “nos unimos a Cristo que nos hace partícipes de su Cuerpo y de su Sangre para formar un solo cuerpo” (CCE # 1331). En un principio, hasta a los discípulos les fue difícil creer esta realidad (cfr Juan 6, 52-60); no obstante, fue el deseo de Cristo hacerse alimento, sabiendo la necesidad existente de Él en el corazón humano.

La Comunión Eucarística de la que participa el pueblo de Dios no es un signo, una representación o un símbolo de que Dios se ha quedado con nosotros; es en realidad un banquete, por medio del cual se nos preserva para la vida eterna, es el mismo Cuerpo y Sangre de Cristo el que se hace presente sobre el altar. Solo con los ojos del alma podemos contemplar la belleza de este misterio, que nos congrega, nos une y nos llena de paz.

 La Eucaristía es fuente y culmen de toda la vida cristiana. Lumen gentium 11

Así como el cuerpo requiere ser alimentado, el alma necesita saciar su sed de vida eterna, su hambre de Dios. Cristo nos manifiesta en Su Palabra que participar del Banquete Eucarístico nos guarda para la vida eterna; también expresa que aquel quien no coma de Su Cuerpo no tendrá vida eterna. Este mandato del Señor no es una alegoría o una expresión en sentido figurado, lo que se hace evidente en la forma enfática en que lo dice Jesús en la Sagrada Escritura (cfr. Jn 6, 55; Mt 26, 27-28; Mc 14, 22-24; Lc 22, 19-20).

Entonces Jesús les dijo: En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y Yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en Mí y Yo en él. Juan 6, 53-56

El creyente alimenta la vida en el Espíritu principalmente de dos fuentes: del Banquete de la Palabra y del Banquete Eucarístico; de ellos obtenemos las fuerzas para hacer frente a la batalla espiritual contra el mal.

No obstante, para comulgar con el Cuerpo y la Sangre de Cristo, primero debemos estar limpios del pecado, pues para ser uno con Él, debemos en todo asemejarnos a Él: ser santos, como el Padre es santo (cfr. Levítico 19, 2). Estar invitamos al Banquete de la Salvación implica dejar que Dios, a través de su Gracia, nos haga hombres nuevos, que ya no viven según la carne, pues han encontrado la vida verdadera, según el Espíritu (cfr. Romanos 8, 1-4). El Sacramento de la Reconciliación nos prepara y purifica para vivir dignamente la Comunión Eucarística.

[…] en este Sacramento el Señor se hace comida para el hombre hambriento de verdad y libertad. Puesto que solo la verdad nos hace auténticamente libres (cf. Jn 8,36), Cristo se convierte para nosotros en alimento de la Verdad. Benedicto XVI, Sacramentum Caritatis 2

Tener una sola alma y un solo corazón, como los primeros cristianos, nos compromete a hacernos Eucaristía: ser puros de corazón, hacernos pequeños y acoger al hermano; teniendo la mirada fija en la belleza del Cordero Pascual, que se inmoló por nosotros una vez y para siempre, por la redención de nuestros pecados. La Comunión del pueblo de Dios la encontramos en Cristo, Cabeza del cuerpo que conforma la Iglesia (cfr 1 Cor 12, 27); frente a Él todos somos iguales, hijos de un mismo Padre que nos ama. Todos estamos invitados a participar de este Banquete, pero solo aquellos que lo reconocen al partir el pan recibirán los frutos de la vida eterna (cfr. 1 Cor 11, 28).

María Paola Bertel

Publica desde mayo de 2019

Investigadora social en formación, alma militante, llamada a servir por amor. Me apasiona escribir lo que Dios le dicta a mi corazón. Aprendí a amar en clave franciscana. ¡A Jesús por María y José!