No se nos hace difícil percibir el trabajo como un yugo, del cual queremos librarnos en ocasiones, tampoco voy a negar que algunas veces he querido salir corriendo de mi oficina. Creo que el problema está en pretender desligarlo de lo divino, al verlo como un mero esfuerzo humano, que no tiene mayor retribución que la económica, al establecer como único factor de motivación laboral aquellos aspectos materiales que podamos obtener al entregar aproximadamente ocho horas del día a una misión organizacional.

Más aún hoy, donde todos quieren ser independientes, tener un trabajo desde casa con un horario laboral más flexible, en el que puedas ser tu propio jefe… ¡daría todo mi reino por ello! Pero ya basta de ser desagradecidos con lo que Dios nos ha dado.

Entrando en contexto, a través de los años el concepto de trabajo se ha transformado. Antiguamente el trabajo estaba más asociado a la explotación de la mano de obra, dándole preeminencia a la fuerza y la destreza física; al llegar la revolución industrial el panorama cambió un poco, ganando terreno el trabajo manual; ya en la edad contemporánea el capital intelectual desplazó en gran medida a las previas formas de trabajo.

Por su parte, en la Palabra de Dios desde el Antiguo Testamento encontramos referencias que dan cuenta de la importancia del trabajo para la vida del hombre y su misión en la tierra. En el capítulo 3 del libro del Génesis el trabajo aparece como medio otorgado por Dios a Adán para garantizar su subsistencia:

A Adán le dijo: Por haber hecho caso a tu mujer y haber comido del árbol del que te prohibí,  maldito el suelo por tu culpa: comerás de él con fatiga mientras vivas; brotará para ti cardos y espinas, y comerás hierba del campo. Comerás el pan con sudor de tu frente, hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste sacado; pues eres polvo y al polvo volverás. Génesis 3, 17-19

A primera instancia parece que el trabajo fuera meramente un castigo, sin embargo el trabajo en el Génesis emerge como instrumento para restituir la desobediencia del hombre en el pecado original. Otra referencia importante sobre el trabajo en el Antiguo Testamento se encuentra en el Salmo 128, donde se le da nuevo sentido, denotando su belleza como medio de dignificación del hombre temeroso de Dios:

Dichoso el que teme al Señor y sigue sus caminos. Comerás del fruto de tu trabajo, serás dichoso, te irá bien. Salmo 128, 1-2

Algunos autores hacen distinción entre el concepto católico y el concepto protestante del trabajo, al afirmar que el trabajo para los católicos está arraigado en la noción del castigo, mientras que para los protestantes el trabajo se asocia con bendición y abundancia. Esta creencia se fundamenta en la forma en que cada grupo comprende las Sagradas Escrituras. La teología de la prosperidad, propia de los protestantes, conduce a considerar el trabajo como un fin en sí mismo: “entre más tenga, más bendecido soy”; llevando incluso a mirar al pobre como un excluido de la gracia de Dios, lo que se distancia en gran medida de lo que predica la fe católica.

Por su parte, la Iglesia Católica considera al trabajo como un medio más para la santificación del hombre, la Iglesia peregrina tiene como único fin el Reino de los Cielos, para lo cual se nos han dado unos talentos (cfr. Mateo 25, 14-30): estos talentos o dones no se constituyen en un medio de explotación económica, son ante todo una vocación al servicio.

Elemento esencial de esta mística del trabajo es comprender que cada profesión no es solo un medio de ganar la vida sino también el ejercicio de una misión social. San Alberto Hurtado. 

Así, ningún miembro del cuerpo místico de Cristo se ha quedado sin dones ni misión en la construcción del Reino; debemos poner nuestras manos en obra, para no ser llamados como ese siervo que por miedo escondió lo que se le había dado: “Eres un siervo negligente y holgazán” (Mateo 25, 26).

La belleza del trabajo está en la capacidad de dotarlo de sentido divino, de hacerlo servicio y oración, como lo decía San Benito de Nursia: “Ora et labora”. No obstante, la rutina puede llevarnos a ver el trabajo como un simple esfuerzo humano, que nos desgasta; para no caer en ello es necesario tener alma de niño, dejándonos sorprender con lo que trae el día a día, haciéndolo todo con amor y por amor.

Invitemos a Cristo a nuestro trabajo, ofreciéndole lo que nos agrada y lo que no, lo que hacemos con pasión y también aquello para lo que nos falta motivación, Él sabrá plenificar cada uno de nuestros esfuerzos, aportando la auténtica belleza a nuestras labores.

Santifiquemos nuestro lugar de trabajo de tal manera que se asemeje a aquel humilde taller de San José, en donde todo se hacía oración. Que nuestro trabajo sea una ofrenda agradable al Señor para que al final de nuestras vidas podamos decir: “Somos siervos inútiles, hemos hecho lo que teníamos que hacer” (Lucas 17, 10).

María Paola Bertel

Publica desde mayo de 2019

Investigadora social en formación y misionera católica, llamada a servir por amor. Me apasiona escribir lo que Dios le dicta a mi corazón. Aprendí a amar en clave franciscana.