¿Te valoras por el hacer o por tu ser? A continuación te contaré desde mi experiencia lo que he aprendido al respecto. No pretendo darte una serie de pasos, pues las fórmulas no funcionan igual con todos; mejor aún, quiero invitarte a no perder de vista lo esencial, a dotar de nuevo sentido a tus labores.

Muchas veces me he reprochado por haber desperdiciado el día sin hacer algo “productivo”, la impotencia me carcome y las responsabilidades se acumulan. Admito que no soy la mejor administrando el tiempo, y lo de poner en práctica consejos motivacionales poco se me da, a lo que se le suman las distracciones, que se abalanzan por todas partes. Todo este complejo entramado de obstáculos se constituyen en la batalla del día a día.

Soy investigadora social, trabajo en un área en el que el número de producciones académicas determinan tu valía: en este campo entre más artículos, capítulos y libros produzcas, mejor “categorización” obtendrás como investigador. Los deadlines acechan por todas partes. Ya he normalizado el hecho de que me digan que debo ser más productiva; y no es que sea un mal trabajo, más bien exige de ciertas capacidades y de un nivel de organización mayor, lo que he tenido que desarrollar con el tiempo.

Pero, ¡un momento! No somos máquinas que producen sin parar, somos la creación predilecta de Dios. De cierta forma, he encontrado en mi fe una fuente para asumir mis responsabilidades y humanizar mi trabajo. Ningún día es perdido, si lo ofreces todo al Señor. Me llama poderosamente la atención el capítulo 3 del libro del Eclesiastés, de él he sacado tantas veces inspiración para saber cuándo parar y descansar, porque hasta el Padre Creador lo hizo al séptimo día:

Todo tiene su momento, y cada cosa su tiempo bajo el cielo: Tiempo de nacer, tiempo de morir; tiempo de plantar, tiempo de arrancar; tiempo de matar, tiempo de sanar; tiempo de destruir, tiempo de construir; tiempo de llorar, tiempo de reír; tiempo de hacer duelo, tiempo de bailar; tiempo de arrojar piedras, tiempo de recogerlas; tiempo de abrazar, tiempo de desprenderse; tiempo de buscar, tiempo de perder; tiempo de guardar, tiempo de arrojar; tiempo de rasgar, tiempo de coser; tiempo de callar, tiempo de hablar; tiempo de amar, tiempo de odiar; tiempo de guerra, tiempo de paz. ¿Qué saca el obrero de sus fatigas? Eclesiastés 3, 1-9

Para el cristiano un día perdido es aquel en el que no se saca tiempo para hablar con Dios, en el que no se acude a la belleza de la oración. Descubrir que Dios me ama por lo que soy, y no por lo que hago, ha resultado toda una sorpresa para mí.

Por otra parte, es común que en el campo social se cuelen todo tipo de ideologías y formas de pensar, que atentan contra la dignidad del hombre. He tenido también que aprender a lidiar con esto, sin dejar que mi fe ceda ante posturas que puedan debilitarla. Sí, admito que me he visto fuertemente confrontada por mis creencias, pero esto me ha enseñado a no caer en el juego de contestar por contestar; he aprendido que, en algunas situaciones, el silencio habla más que una respuesta salida de tono, a ofrecer todo ataque al Señor, a dejarlo a sus pies.

Todo esta situación me ha volcado a la necesidad de reflexionar sobre la fe, a dejar la sobrevalorada concepción de que la fe se opone a la razón; los cuestionamientos me han llevado a indagar y nutrir mi fe. Recordemos, nuestra fe cristiana tiene por naturaleza y origen al Logos (Cfr. Juan 1, 1: “En el principio ya existía el Logos”), por lo cual esta no puede ser separada de la razón.

No actuar según la razón, no actuar con el Logos es contrario a la naturaleza de Dios. Manuel II, citado por Benedicto XVI en Fe y razón

Es posible seguir siendo un cristiano convencido, en medio del mundo tan secularizado; la clave está en no perder de vista la belleza de la fe. Me asombró encontrar un pequeño libro de dos autores bastante disímiles: Jürgen Habermas y Joseph Ratzinger, titulado “Dialéctica de la secularización”; Habermas, un filósofo y sociólogo alemán, figura del pensamiento laico e ilustrado y el Papa Emérito Benedicto XVI, quien en ese momento era prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe.

Quiero hacer mención especialmente de la parte en que Habermas discute la necesidad de dejar de ver como de menor valor la ética y la moral religiosa; para ello propone que el mundo secularizado y moderno debe alimentarse de las tradiciones religiosas, y no simplemente desecharlas.

Los ciudadanos secularizados, en cuanto que actúan en su papel de ciudadanos de Estado, no pueden negar por principio a los conceptos religiosos su potencial de verdad, ni pueden negar a los conciudadanos creyentes su derecho a realizar aportaciones en el lenguaje religioso a las discusiones públicas. Jürgen Habermas, Dialéctica de la secularización

Mis ojos, mi mente y mi corazón están fijos en el Logos, que se nos reveló a través de la Segunda Persona de la Trinidad. Él es el Amor mismo. La decisión más razonable que he tomado, ha sido creer en Él; pues junto a Él toda acción, por pequeña que parezca, se ordena a la eternidad, haciendo que cada esfuerzo cuente para la vida eterna. Atrévete a descubrir la belleza de ser productivo para el Reino de los cielos. Te invito a escuchar esta canción: Pasión de Dios.

María Paola Bertel

Publica desde mayo de 2019

Investigadora social en formación, alma militante, llamada a servir por amor. Me apasiona escribir lo que Dios le dicta a mi corazón. Aprendí a amar en clave franciscana. ¡A Jesús por María y José!