Nos acercamos a una época del año en la que numerosos estudiantes cerrarán una etapa educativa, bien para comenzar otra distinta después del verano, bien para incorporarse (o intentar hacerlo) al mundo laboral. Hay quienes están siguiendo ya un camino claro pero, para muchos, es un tiempo de toma de decisiones. También hay quien en su momento emprendió con paso seguro ese “camino claro”, pero hoy ve que tiene que hacer un cambio.

Talentos y carismas

A la hora de hacer un discernimiento a este respecto, tendemos a comenzar mirando hacia fuera, hacia todas las opciones que hay. Pero primero deberíamos mirar hacia dentro. Una manera de comenzar es haciéndonos conscientes de cuáles son nuestros talentos y carismas. Estos dos conceptos tienen matices distintos. Tus talentos son tus habilidades naturales, aquellas cosas que se te dan bien, y pueden ser solo para ti. Tus carismas son dones específicos que te ha dado Dios para otros. Toda persona bautizada tiene por lo menos un carisma. Como piedras vivas, a todo cristiano se le han dado una o varias herramientas para construir el Reino de Dios. Este inventario de carismas es un buen recurso para ayudarte a descubrirlos si ninguno te viene a la mente como obvio.

Muchas veces se te dan carismas que apoyan tus talentos naturales. Por ejemplo, si alguien tiene un talento natural para la creatividad artística, normalmente un carisma que podrá poner al servicio de la Iglesia y el mundo será el de sus habilidades creativas. Así, esos talentos son elevados a algo que ya no puede ser para ti. Si solo tuvieras el talento, estaría bien hacer las cosas solamente para ti, pero con los carismas viene una misión. No está bien que te los guardes. Es tu responsabilidad usarlos para extender el Reino. Para llenar el mundo de belleza.

Un obstáculo que a veces encontramos para cumplir esto es la falsa humildad. No creemos que nuestro carisma es especial, o pensamos que no es para tanto. Tenemos miedo de reivindicar un papel para nosotros utilizando esos dones, porque no nos creemos con derecho a proclamar que somos buenos para algo. Sin embargo, como dijo Santa Teresa de Jesús, “la humildad es andar en verdad” (Las Moradas 6, 10, 11). No tiene sentido negar un carisma que tienes, y acabar no cumpliendo la voluntad de Dios, no realizando el plan para el que Él te llama, bajo pretexto de humildad.

Otra tentación es la de la comparación, que lleva a la envidia y al desánimo. Miras a otros y piensas que en comparación lo tuyo es muy poca cosa. No podrás encontrar tus verdaderos carismas si pasas el tiempo lamentándote por no tener los de otros. Hay que tener una mentalidad de abundancia, no de escasez. Dios es un Dios de abundancia, cuando da a otros cualidades y cosas buenas, no es como que estuviera quitando de tu campo para agregarlo al suyo. No hay un espacio finito a repartir. Hay de sobra para todos.

Nuestra voluntad y la voluntad de Dios

Más allá del tema de los carismas, existe otro problema en la vida espiritual que nos puede llevar a tomar decisiones erróneas sobre nuestro camino vital. Se trata de la falsa dicotomía entre nuestra voluntad y la voluntad de Dios. El pensar que, si deseamos algo, automáticamente queda descalificado y no puede ser la voluntad de Dios. La teoría no carece de fundamento: es cierto que los caminos del Señor no son nuestros caminos, y que muchas veces deseamos cosas que nos convienen. La trampa está en creer que entonces lo que hay que hacer es descartar esa opción, o incluso elegir lo contrario.

Quien deseas ser en lo más profundo de tu corazón es quien Dios te está llamando a ser. Distinto es que en demasiadas ocasiones ese verdadero deseo que Él ha puesto en nosotros se confunda con otros deseos más superficiales o con creencias limitantes motivadas por el miedo. Dado que a veces es difícil separar unos de otros, vale que lo que deseamos (o creemos que deseamos) no sea el único factor decisivo. Pero sí es uno a tener en cuenta.

Puedes rezar esta jaculatoria de San Agustín: “Da lo que mandas y manda lo que quieras” (Confesiones, 10, XXIX). Es decir, Señor, dame el desear lo que Tú deseas y luego mándame lo que Tú deseas.

No te preocupes por el mandato de cargar tu cruz de cada día. En el camino que elijas porque percibas como mejor, más feliz, más pleno, más lleno de belleza y de oportunidades para servir al Señor, allí estará también tu cruz esperándote. La tuya, tu cruz específica con la que te vas a santificar, en medio de todas esas cosas buenas.

El viento del Espíritu

Como mencioné al principio, una circunstancia particular en la que nos podemos encontrar cuando queremos tomar una decisión sobre nuestro rumbo profesional es la del cambio voluntario. Quizá una de las más difíciles, ya que cuando somos forzados a cambiar (como al terminar el Bachillerato), al menos sabemos que el cambio es la única opción, mientras que cuando nos lo planteamos sin que las circunstancias nos obliguen el propio cambio es el que está en cuestionamiento, no solo la dirección del mismo.

Cambiar da vergüenza, tememos dar imagen de personas inconstantes, o caprichosas, o poco realistas, o directamente tontas. Y si estábamos seguros de que lo anterior era la voluntad de Dios, y de pronto creemos que es otra cosa, es todavía más complicado, porque entonces, ¿qué es serle fiel? ¿Perseverar o cambiar? Unas veces tocará lo primero, otras lo segundo. Tenemos que cultivar ese equilibrio entre permanecer con una voluntad firme ante las dificultades, pero sin pretender adueñarnos del timón de nuestra vida para que Dios no nos vuelva a mover los planes.

Creo de nuevo que con frecuencia caemos en un dualismo innecesario. La voluntad de Dios no cambia, no es primero una cosa y luego otra; pero sí puede ser que tú primero hagas una cosa y luego otra. Elegir una carrera no significa que tenga que ser la misma toda la vida. Hacer un cambio no significa necesariamente que te hubieras equivocado en lo anterior. Cuando reflexiono sobre estos temas, me viene siempre esta frase del Evangelio: “El viento sopla donde quiere y oyes su ruido, pero no sabes ni de dónde viene ni adónde va. Así es todo el que ha nacido del Espíritu” (Jn 3, 8).

En definitiva, si en este momento de tu vida tienes que plantearte cuál será el siguiente paso en tu devenir profesional, afronta esa decisión como un discernimiento desde Dios. ¿Qué carismas te ha dado? ¿Qué pueden construir? ¿Cuáles son los deseos más profundos que Él ha sembrado en tu corazón? ¿Hacia donde sopla el Espíritu? Si meditas sobre eso y evitas todas las trampas y obstáculos (falsa humildad, envidia, una idea errónea sobre la voluntad divina, los miedos y respetos humanos), podrás dar un buen paso en tu camino, uno para la gloria del Señor, la santidad de tu alma y la belleza del mundo.

Paola Petri Ortiz

Publica desde junio de 2019

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Historiadora reconvertida en emprendedora, entrenadora personal y nutricionista. Apasionada de la salud espiritual, mental y física. Enseñando a cuidar de nuestro cuerpo como Dios cuida de nuestra alma. Aprendiendo a dejarme amar por el Corazón de Jesús.