Si escuchas la palabra trabajo, ¿qué es lo primero que te viene a la mente?

Seguramente todos hayamos oído alguna vez a alguien quejarse de su trabajo (o nosotros lo hemos hecho), y decir que está muy cansado, que quisiera irse de vacaciones, y tantas cosas así. La queja puede ser ocasional, todos nos agotamos, y no es ese el verdadero problema. El punto es que si constantemente nos encontramos disconformes con lo que hacemos, con nuestro trabajo, con nuestras ocupaciones y vivimos descontentos, siempre lamentándonos sin un motivo de peso considerable… tal vez sea momento de cambiar nuestra mirada.

Según la RAE, trabajar significa “ocuparse en cualquier actividad física o intelectual”, que puede ser remunerada económicamente o no, pero que implica toda nuestra persona. Cuando somos estudiantes de primaria, secundaria o de universidad, es ese nuestro principal trabajo. Pero a medida que crecemos, ingresamos formalmente al mundo laboral y el trabajo pasa a ser algo de mucha importancia en la vida, a lo cual le dedicamos horas y horas.

La santidad consiste, propia y exclusivamente, en la conformidad con el divino querer, manifestada en el constante y exacto cumplimiento de los deberes del propio estado. Benedicto XV

Esta fórmula confirma que la santidad no consiste en cosas extraordinarias, y que, por lo tanto, está a nuestro alcance. He aquí la belleza de la santidad: también incluye el trabajo. 

La ociosidad es enemiga del alma, y el estar largo tiempo inactivo abre las puertas a la pereza. Sin embargo, el trabajo no es simplemente un refugio, algo que hacemos para no meternos en líos. El trabajo tiene un poder santificador, un valor de eternidad.

Nuestra relación con las labores cotidianas debe ser moderada y ordenada, no una relación disfuncional. Puede ocurrir que nos definamos con nuestro empleo y nos demos a él sin medida, en detrimento o descuido de otras áreas de nuestra persona que también necesitan ser trabajadas. Otros, en cambio, ven el trabajo como algo que hay que hacer para pagar las facturas y nada más, sin conexión alguna con el resto de la vida, especialmente con la vida espiritual.

Ambas posturas coinciden en que el centro es uno, el hombre, y no Dios, y ahí está el error. Deberíamos trabajar para Dios, dándole todo de nosotros, viendo nuestras tareas como una oportunidad de glorificarle. Así también, ver el trabajo como una expresión de amor y de servicio a la comunidad y como forma de reordenar el mundo natural en armonía con la voluntad del Creador.

Podemos coincidir en que, visto así, el trabajo adquiere una nueva dimensión, se torna bello el quehacer diario. 

San Josemaría Escrivá, en Es Cristo que pasa, decía: “Vuestra vocación humana es parte, y parte importante, de vuestra vocación divina. Esta es la razón por la cual os tenéis que santificar, contribuyendo al mismo tiempo a la santificación de los demás, de vuestros iguales, precisamente santificando vuestro trabajo y vuestro ambiente: esa profesión u oficio que llena vuestros días, que da fisonomía peculiar a vuestra personalidad humana, que es vuestra manera de estar en el mundo; ese hogar, esa familia vuestra; y esa nación, en la que habéis nacido y a la que amáis.

El buen trabajo hunde sus raíces en una fecunda vida de oración. Rod Dreher. La opción benedictina: una estrategia para los cristianos en una sociedad postcristiana

El trabajo acompaña inevitablemente la vida del hombre sobre la tierra. Con él aparecen el esfuerzo, la fatiga, el cansancio: manifestaciones del dolor y de la lucha que forman parte de nuestra existencia humana actual, y que son signos de la realidad del pecado y de la necesidad de la redención. Pero el trabajo en sí mismo no es una pena, ni una maldición o un castigo: quienes hablan así no han leído bien la Escritura Santa.

Es hora de que los cristianos digamos muy alto que el trabajo es un don de Dios, y que no tiene ningún sentido dividir a los hombres en diversas categorías según los tipos de trabajo, considerando unas tareas más nobles que otras. El trabajo, todo trabajo, es testimonio de la dignidad del hombre, de su dominio sobre la creación. Es ocasión de desarrollo de la propia personalidad. Es vínculo de unión con los demás seres, fuente de recursos para sostener a la propia familia; medio de contribuir a la mejora de la sociedad, en la que se vive, y al progreso de toda la humanidad.

Para un cristiano, esas perspectivas se alargan y se amplían. Porque el trabajo aparece como participación en la obra creadora de Dios, que, al crear al hombre, lo bendijo diciéndole: Procread y multiplicaos y henchid la tierra y sojuzgadla, y dominad en los peces del mar, y en las aves del cielo, y en todo animal que se mueve sobre la tierra (Gen 1, 28). Porque, además, al haber sido asumido por Cristo, el trabajo se nos presenta como realidad redimida y redentora: no sólo es el ámbito en el que el hombre vive, sino medio y camino de santidad, realidad santificable y santificadora.

Conviene no olvidar, por tanto, que esta dignidad del trabajo está fundada en el Amor. El gran privilegio del hombre es poder amar, trascendiendo así lo efímero y lo transitorio.

Para el cristiano el trabajo tiene un valor sacramental. Rod Dreher. La opción benedictina: una estrategia para los cristianos en una sociedad postcristiana

Por eso el hombre no debe limitarse a hacer cosas, a construir objetos. El trabajo nace del amor, manifiesta el amor, se ordena al amor. Reconocemos a Dios no sólo en el espectáculo de la naturaleza, sino también en la experiencia de nuestra propia labor, de nuestro esfuerzo. El trabajo es así oración, acción de gracias, porque nos sabemos colocados por Dios en la tierra, amados por Él, herederos de sus promesas. Es justo que se nos diga: ora comáis, ora bebáis, o hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo a gloria de Dios (1 Cor 10, 31).

El trabajo profesional es también apostolado, ocasión de entrega a los demás hombres, para revelarles a Cristo y llevarles hacia Dios Padre, consecuencia de la caridad que el Espíritu Santo derrama en las almas. Los hombres tienen necesidad del pan de la tierra que sostenga sus vidas, y también del pan del cielo que ilumine y dé calor a sus corazones.

Con vuestro trabajo mismo, con las iniciativas que se promuevan a partir de esa tarea, en vuestras conversaciones, en vuestro trato, podéis y debéis concretar ese precepto apostólico.

Si trabajamos con este espíritu, nuestra vida, en medio de las limitaciones propias de la condición terrena, será un anticipo de la gloria del cielo, de esa comunidad con Dios y con los santos, en la que sólo reinará el amor, la entrega, la fidelidad, la amistad, la alegría. – En vuestra ocupación profesional, ordinaria y corriente, encontraréis la materia -real, consistente, valiosa para realizar toda la vida cristiana, para actualizar la gracia que nos viene de Cristo.

En esa tarea profesional vuestra, hecha cara a Dios, se pondrán en juego la fe, la esperanza y la caridad. Sus incidencias, las relaciones y problemas que trae consigo vuestra labor, alimentarán vuestra oración. El esfuerzo para sacar adelante la propia ocupación ordinaria, será ocasión de vivir esa Cruz que es esencial para el cristiano.

La experiencia de vuestra debilidad, los fracasos que existen siempre en todo esfuerzo humano, os darán más realismo, más humildad, más comprensión con los demás.

Los éxitos y las alegrías os invitarán a dar gracias, y a pensar que no vivís para vosotros mismos, sino para el servicio de los demás y de Dios.”

Hagámonos la siguiente pregunta: para nosotros, el trabajo, ¿es don o castigo?

¡Ave María y adelante!

Guadalupe Araya

Publica desde octubre de 2020

"Si de verdad vale la pena hacer algo, vale la pena hacerlo a toda costa", decía el gran Chesterton. Pienso que a eso estamos llamados, a hacer el Bien hasta dar la vida si es necesario; a buscar la Verdad, que nos hace verdaderamente libres; y a manifestar la Belleza a nuestros hermanos, si primero nos hemos dejamos encontrar por esta. ¡No hay tiempo que perder! ¡Ave María y adelante! Argentina, enamorada de la naturaleza, el mate amargo y las guitarreadas. Psicóloga en potencia. La Fe, ser esclava de María, y mi familia, son mis mayores regalos.